Mientras el hospital amanecía agitado, el teléfono tampoco dejaba de sonar en casa de Zeus. Con unos veinte siete años, el joven reportero de TV CBS acababa de empezar a desayunar. Delgado, alto, de piel oscura, Zeus le pide a su hermano que atienda el teléfono mientras él unta el pan con mermelada:
—¡Claudio, levanta la llamada, hombre! Estás más cerca que yo…
—¡Hola! Es su casa, sí. ¿Quién es? Espera… ¡Es para ti, hermano! Tu jefe. – Claudio, de diecinueve años, estudiante del tercer año en el Washington School, le pasó el teléfono a su hermano.
—¡Hola! – Zeus se apresuró en responder, sabiendo que si su jefe Antón, ni siquiera había esperado a que llegara el personal de redacción, era porque había un grave problema que resolver. —¡Habla, jefe! –Zeus siempre estaba de buen humor.
—Héroe griego, hay una gran banana para que peles en ese amanecer… – Antón Filmourt, el experimentada jefe de información, dijo a modo de saludo. Siempre se refirió a Zeus como su tocayo mitológico. —Un bebé acaba de ser secuestrado en la guardería de uno de los hospitales más grandes del país, Nicolau y Freud ya están allí con la barca…
Barca. Así es como todos los reporteros se refirieron a la furgoneta Caravan de los equipos de reporteros.
—Ni siquiera tienes que venir a la oficina de redacción, ¿vale? Ve directo allí, que te esperan…
—¿Qué otra información tienes, Antón? – Zeus se puso en la piel del intrépido reportero, limpiando el resto de lagaña de sus ojos.
Antón informó el nombre del hospital y de las circunstancias del secuestro:
—Alguien disfrazado de enfermera ingresó al hospital y secuestró a un recién nacido de la habitación 015. La madre se llama María y el padre, Felipe Calderón. Entrevista a la madre, a la enfermera de la guardería, a la directora, a todos los que puedas – Antón estaba planeando la historia.—Quiero un informe muy largo. Debe de ser el hecho, la noticia más importante en las noticias de la noche.
— ¡Muy bien, Antón! Déjalo todo en mis manos…
En cuanto Zeus colgó el teléfono, Roxana, su madre, le preguntó:
—¿Algún problemas grave, hijo?
—De hecho, si, madre, acaban de secuestrar a un bebé del Hospital General de Massachusetts, dónde nació Claudio.
—¿Secuestraron a un bebé de allí?¡Oh, por Dios! – Roxana reveló su asombro.
—¡Eso mismo, madre! – Zeus se tragó el café a toda prisa. —La gente del equipo de televisión pasará a buscarme por aquí…
—¡Pero, qué absurdo es secuestrar a un recién nacido! ¿Quién haría tal cosa?
— Hasta no hace mucho tiempo, cuestión de unos pocos meses, un niño fue secuestrado en África… – Claudio también estaba aturdido, y se refirió a un rumoreado secuestro, que tuvo momentos cinematográficos. —Si esta ola se pone de moda, las madres saldrán con sus hijos encadenados al cuello…
Mientras sus hijos comentaban la noticia, Roxana, retrocedió rápidamente en el tiempo, hasta la época en que se casó con Fabián Pertutti, su vecino adolescente. Poco después de la boda, quiso quedarse embarazada, pero fue en vano.
Realizaron varios exámenes, pero no se encontró nada anormal. Los niños, había dicho el médico, llegarían con el tiempo, así que no había que preocuparse.
Pero los niños no vinieron. Después de cuatro años, cansados de esperar, Roxana y Fabián tomaron la decisión de adoptar a un niño.
Ocho años después, en una mañana como aquella, mediante una cesárea, Roxana dio a luz a un niño fuerte. Ella, que ya había asumido una posible esterilidad, se convirtió en madre por segunda vez. Claudio había llegado con tres kilos, doscientos gramos, con cuarenta y nueve y un centímetros de largo. Aunque nació por cesárea, estaba arrugado como una hoja de papel. La comparación la hizo sonreír momentáneamente.
—Mamá, ¿ Yo tengo mucha prisa y tú te pones a reir de la nada? –Zeus insistió en que le pasara el café.
—¡Oooh, perdona hijo! De repente, me distraje… –Roxana, volvió en sí, asombrada por el pasado lejano.
—Claudio, perdóname, pero no podré llevarte a la escuela… –Zeus se disculpó, ya que su hermano se quedaría sin transporte.
—¡Qué aburrimiento! – Se quejó Claudio. – Hoy encima, tengo un examen en la primera clase…
—¡Tu padre te llevará Claudio! – su madre se adelantó a él. – Antes de ir a Bay Village, me dejará en la floristería y te llevará al instituto luego.
—Cuidado con las pruebas, ¿eh?
—Biología es fácil, hermano, puedo hacerlo de ojos cerrados… Biología, Física y Química me van muy bien… Lo difícil es geografía y historia. – Claudio probó un bocado de pan. — El profesor es terrible… Incluso hizo que un compañero mío, hiciera el pendiente que llevaba del curso anterior.
—¿A tu colega también le gustan dejar materias pendientes? – Zeus se levantó apresuradamente de la mesa.
—Todos los jóvenes están en la misma, hermano! – el padre de los jóvenes se acercó a la mesa, imitando la forma despreocupada de hablar de Claudio.
Profesor de la Bay Village City School District, Fabián, con sus cuarenta y seis años, era muy querido por sus hijos. Comprensivo, era el tipo de padre que todo joven querría tener. Su único defecto, según Claudio, era que a veces hablaba demasiado, utilizando términos que escapaban a la comprensión de su pequeño vocabulario. Eso era cuando no estaba inmerso en la mitología, cuyos personajes se sabía de memoria, citando a los dioses griegos con la misma facilidad con la que conocía la alineación de Los Oakland Athletics, su equipo de béisbol del corazón.
—¡Papá, deja de bromear! La juventud, como sabes, busca expresar su inconformismo y su rebeldía…
—…con el comportamiento más extraño posible… – añadió Fabián.
—¿Y qué es ¿ – Claudio no sabía qué era lo raro.
—¿Lo ves? Quiere ser un filósofo de guardia, pero ni siquiera conoce el significado de las palabras… –su padre sonrió bromoso.
—Además, sacaste esa del baúl… Suenas como mi profesor de escritura. B… B… B… Bi… Biz… Biz… Bizarro… Indudablemente, inexorable, y así sigue su verborrea…
—¡Eso es! Necesitas aumentar tu vocabulario.
—¿Cómo puedes entrar en medicina, en una carrera tan competitiva, si no estás familiarizado con las palabras?
—De acuerdo, papá, lo pensaré. Pero no te quejes si la gente empieza a llamarme Aquiles.– Desde la puerta de la calle, Zeus se despidió.
—¡Adiós, mamá! ¡Adiós, papá! Mí equipo, ya vino por mí…
—¡A ver si consigues el Premio Pulitzer de Periodismo con este reportaje, hermano! – bromeó Claudio.
—¡Ve con Dios, Zeus! –Roxana bendijo a su hijo. Preocupada por lo ocurrido, comentó, más para sí misma:
—¡Qué absurdo! Que secuestren a un bebé…
—¿Secuestraron a quién? – preguntó Fabián, sin saber por qué su hijo mayor tenía tanta prisa.
En cuanto Roxana le contó lo sucedido, Fabián también se quedó perplejo.
—¡Qué cosa tan espantosa! Madre de Dios.
Ambos quedaron pensativos, tratando de entender la maldad del ser human, ¿Cómo podrían hacer algo así?
—Padre, ¿me llevarás verdad? –Claudio, que se había levantado de la mesa para buscar los libros, estaba listo.
—¡Vamos, hombre! – Fabián volvió a imitar a Claudio, levantándose y apurando a su mujer. —Démonos prisa, Roxana, no puedo llegar tarde a Bay Village. Está a sólo cincuenta kilómetros, pero tengo una reunión importante con los candidatos al puesto de Maestro.