17 años más tarde

903 Words
Después de diecisiete años como dueño y líder corporativo en la empresa Bayer de la familia, yo Immanuel Schwarz, viudo a temprana edad, no soy el típico bastardo bajo el traje más caro de Armani. El tiempo que pase junto a mi amada esposa, fueron suficientes para que ella me hiciera ver con mis propios ojos, que la maldad no es justa, ni buena para nadie, mucho menos para mí, creo que con ella aprendí a amar y cuidar todo lo que se me cruzará por el camino, y, estaré eternamente agradecido por su enseñanza. Pasado esos años, me quedó mucho tiempo libre para dedicarme a la empresa familiar, estudiar y aprender varios idiomas, se puede decir que ahora soy un políglota de los mejores en el país, hablando así, 13 idiomas, junto a ellos algunos dialectos. Además de mi inteligencia y fortuna, tenía muchos otros atractivos, contaba con una muy buena salud, un buen porte físico, el cual le dedicaba buena alimentación y ejercicios diarios, también tenía un excelente carísima, por ejemplo, nunca entrarían a trabajar a mí empresa y encontrarme llegando tarde o de mal humor, siempre estoy contentó, cantando y haciendo chistes a los empleados que trabajan en mí entorno. Se podría decir que, trabajar en una de las empresas de la familia Bayer, era la fortuna de todos los que estaban allí, y, el deseo de otro muchos que estudiaban muchas horas para poder aún que sea, trabajar limpiando los baños de cada piso del edificio. Como en toda empresa grande, dónde hay un hombre joven y exitoso; siempre encontrarás a una secretaria joven y hermosa que pasa la lengua al piso para que su jefe pase, que se muere por él y nunca lo hace esperar, siempre con todo listo en tiempo y forma. Solo que conmigo, todo era diferente, mí secretaria era una señora muy mayor, pudiéndose decir que, con la edad que aparentaba, fácilmente se hubiera jubilado tres veces o quizás más también. Era una señora muy agradable, por supuesto, Emilia Thomson se llama, la conocí por un accidente; de su parte y no del mío. Una mañana bajando de auto para entrar a al edificio Bayer, la señora Thompson, chocó contra mi cuerpo con todo afuera, la principio me asusté, pensé que me robaban, luego la ayude a recomponerse y sonreí al recordar cómo chocó Alicia una tarde, cuando aún íbamos al instituto juntos. Mi ahora secretaria personal, tiene un caminar… bastante lento, pero muy preciso y muy seguro, más bien, es un ballet a patín, camina a pasitos seguros, sin doblar las rodillas o levantar sus pies pequeños del suelo, vive abrazada de mi agenda personal. Es un tanto cómico verla cada mañana, allí parada en la entrada a mí despacho, abrazada a mí agenda y con mí café en su mano derecha, largando humo y aroma, recién preparado; Thomson siempre llegaba unos minutos antes que yo para abrir mis ventanas, airear el despacho y esperarme con una taza de café recién echa por ella. Después del día de nuestro pequeño accidente, la invite al edificio a tomar un café conmigo en el buffet del lugar; ella me contó que era viuda hacia treinta y cinco años, y desde allí trabaja limpiando casas, me apena por la historia y ofrecí el puesto de secretaria sin dudarlo, ella aceptó con gran alegría y eso me hizo muy contento, sabía que la ayudaría, y el trabajo en sí no es la gran cosa, talvez una o dos veces al mes, se debe agendarme una que otra entrevista, todo lo hago yo, sin dar ningún tipo de información a nadie, sin ayuda. Creo que jamás tendré quejas sobre su trabajo, para que no se aburra tanto, la hago leer algunos libros de mi biblioteca, o quizás comprar algún postre o algún almuerzo para que comamos juntos, pero la mayoría de los días, la mando a su casa a descansar. —Bueno días, madame Thomson. –Le doy un beso en la mejilla de buenos días mientras agarró mí taza de café. —Buenos días señor Schwarz. Ella siempre espera unos tres minutos a que me acomode en mí despacho, luego ingresa para darme el informe del día. —Con permiso señor. –se aclara la garganta con un ronquido sonoro y prosigue— A las nueve y quince minutos, tiene una entrevista con una pareja joven de italianos recién llegados al país. —Bien, pero, ¿desde cuándo está prevista está tal entrevista a esa tal pareja? —Desde hace… – se mira el reloj de pulso por unas milésimas de segundo y… — Hace exactamente diecisiete minutos mí señor. —¿Pero, ese tipo de entrevistas le corresponden a Bayer? —De hecho, no lo sé mí señor. La pareja Morello, insistió que ese asunto solo se podría hablar con usted de forma muy confidencial. —Muy bien entonces. Muchas gracias Thomson. Diles que ingresen a mí despacho apenas lleguen al piso. —¡No! No, mí señor. Mandé preparar la sala de reuniones del segundo piso para la reunión, ya que la pareja pidió total discreción y confidencia. —Eres un sol madame. Bajaré hasta el segundo piso entonces. Mientras la reunión se concluía con los recién llegados, la empresa funcionaba de forma normal como cada día. Era mucho el trabajo por hacerse y casi no había tiempo para que los empleados estén de chismorreo.
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