Quedé sorprendida y paralizada a la vez. No entendía que sucedía allí, en ese preciso momento, sentía su dolor y me hacía doler a mí también. Habremos estado así, por un plazo de veinte minutos, Immanuel sollozando sin parar, aleja su cuerpo del mío, avergonzado pone ambas manos en su rostro. Lo observo por un instante y quitó sus manos de su rostro, él, me mira, sus ojos azules están rojos de tanto llorar. Paso mis manos secando su rostro empapado en lágrimas, él cierra sus ojos cómo quién disfruta una caricia, aún que sí bien, además de secar sus lágrimas también lo acariciaba. Él respira hondo y me mira a los ojos, le hago una sonrisa cómo quién pregunta si está mejor. No sé en qué momento sucedió pero; sus manos se ponen en mi cintura, me alza poniéndome encima de la mesa de la c

