―Primero, no fue fácil saber lo que ocurría ―comenzó a contar mi padre―. Lo último que recuerdo es que luchábamos contra Marina. Yo vi a tu madre luchando con esa bruja del demonio y quise ir a defenderla, no obstante, la muy maldita me quemó vivo. El dolor, inexplicable en principio, pasó muy rápido, pues al segundo siguiente, desperté en el mismo lugar, pero estaba solo. Nadie más estaba allí. Me sentí perdido. Poco rato después, apareció Franco; minutos más tarde, Julius, y finalmente, su madre. Ninguno de los cuatro sabía bien dónde nos encontrábamos. Según su madre, era imposible que nos hubiera enviado a nuestro infierno, pues casi siempre es algo del pasado. Solo nos dimos cuenta más adelante, la semana siguiente a la que llegamos allí. Ese era el último día de nuestras vidas. Debo

