Luis Díaz estaba sentado en el borde de su cama, con la mirada fija en el desgastado suelo de la celda. Su mente seguía atrapada en el torbellino que había desatado la visita de Dafne Duque. Intentaba apartar el recuerdo, pero las imágenes regresaban una y otra vez: su mirada desafiante, su actitud altiva y, sobre todo, aquel beso que había encendido una chispa que lo desorientaba profundamente. Su compañero de celda, Ramiro, un hombre robusto de risa fácil, entró con una expresión burlona. Se dejó caer en su litera con un movimiento despreocupado. —Oye, Díaz, ¿cómo te fue en esa visita conyugal sorpresa? —preguntó, mordiéndose el labio para contener una carcajada—. ¿Te sorprendió alguna ex arrepentida o qué? Luis levantó la mirada, frunciendo el ceño con evidente molestia. Soltó un res

