Al día siguiente, después de despedir a Micky en la escuela, María Elena se dirigió a la casa de sus padres. El suave aroma a café recién hecho y el calor familiar de la cocina la recibieron al entrar. Miguel y Luciana, siempre atentos, la saludaron con cariño y la invitaron a sentarse a la mesa para desayunar. —¡Hija! Qué bueno verte tan temprano —dijo Luciana, llenando su taza con café—. ¿Cómo te ha ido? María Elena esbozó una sonrisa tímida y aceptó el café que su madre le ofrecía. Tomó un sorbo y respiró hondo, como si tratara de reunir fuerzas. —Quería hablar con ustedes… —comenzó, sin apartar la vista de su taza. Miguel, siempre observador, notó la seriedad en su expresión y dejó de leer el periódico para enfocarse en ella. —¿Qué ocurre, mi niña? —preguntó, con una mirada preocu

