18 | Pensamientos perversos Con el corazón desbocado y la respiración entrecortada, Kath tomó la toalla y la colocó sobre su pecho desnudo. En la inmensidad de la habitación, aún podía sentir las manos grandes de Michele aferrándose a su cuerpo. Su piel estaba cubierta de un sudor frío y cada fibra de su ser temblaba a causa de lo que él había provocado. Kath secó la humedad entre sus piernas y caminó lentamente hasta la orilla de la cama; sus rodillas flaqueaban. «Dios, ¿qué fue eso?», se preguntó sin poder creer que había experimentado un orgasmo tan intenso. Mientras ella trataba de reponerse, Michele caminó hasta la habitación contigua y recargó la espalda en el muro junto a la puerta. Elevó el rostro y cerró los ojos respirando hondo; después, dirigió la mirada a su entrepierna

