Kath respiró con pesadez, sintiendo que el aliento le faltaba, con el dorso de su brazo tocó el nacimiento de su cabello, justó donde se había golpeado con el mueble. Un quejido salió de su garganta y su ceño se frunció; la sangre seguía fresca y esa parte de su cabeza zumbaba. Como pudo, Kath se puso de pie, miró a su alrededor tratando de encontrar algo que pudiera usar para cortar la cuerda en su mano, pero fue inútil, ahí no había nada. Se sentía débil, mareada por el golpe y la herida que se formó en su mano a causa de los cristales del jarrón que le rompió a aquel sujeto en la cabeza estaba sucia y comenzando a inflamarse. La mansión que resguardaba a Kath era un maldito laberinto. La oscuridad invadía cada rincón, y el silencio solo se rompía por los pasos ligeros de Michele y Matt

