3 | Un encuentro interesante
Los ojos de Kath escudriñaron a Michele; como si fueran dos misiles, se clavaron en él justo antes de que elevara la mano y la presionara sobre su muñeca para retirar su agarre.
Lo detestaba. Su maldita seguridad al proclamarla como suya la exasperaba. Aunque no le estaba diciendo nada nuevo, en realidad todo eso Kath ya lo tenía claro. Sabía que aquel compromiso pactado desde antes de su nacimiento era irrevocable. Se había mentalizado para aceptarlo sin reproches. Sin embargo, verlo con esa mujer había sido como un pequeño rayo de esperanza de que Michele quisiera romper el compromiso… cosa que no sucedió.
«¿Qué mierda se cree este tipo?», pensó Kath al presionar su mano sobre la muñeca de Michele, que aún sujetaba su rostro, y tirar de su cuerpo para zafarse. Aun así, no pudo evitar fijarse en la forma en que su traje se ajustaba a la perfección a su cuerpo, en las cejas tupidas y negras que endurecían sus facciones y en lo malditamente sexy que se veía con esa prepotencia que mostraba sin pudor.
No obstante, cualquier respuesta quedó atorada en su garganta cuando notó la hinchazón en los nudillos de Michele al tomarle la muñeca para apartarlo. La piel estaba ligeramente rasgada y expulsaba un hilo de sangre. Michele tenía la mano herida.
—¿Por qué tus nudillos están lastimados? —preguntó Kath, pestañeando dos veces. Su mirada reflejaba curiosidad; quizá eso tenía que ver con su retraso, aunque no justificaba la boca de otra mujer sobre la de su prometido.
Michele tensó la mandíbula, observó la expresión de Kath y retiró también la mano con la que la había acorralado contra la baranda.
—Por nada importante —respondió con una voz mucho más suave; incluso su tono resultó ligeramente sexy.
Kath mantuvo la mirada fija en la mano amoratada de Michele sin que él intentara ocultarla. Luego alzó los ojos hacia los suyos y frunció el ceño. La tensión entre ambos era palpable. No se conocían, solo se habían visto una vez en la vida y, aun así, permanecer en silencio frente al otro no resultaba incómodo.
Tal vez se debía a que ambos sabían quién era el otro, y eso bastaba para generar una extraña confianza.
—Piénsalo. Lo que estoy proponiendo no es algo malo —espetó Kath, acomodándose el tirante sobre la piel blanca de su hombro—. Te ofrezco la posibilidad de seguir con tu vida como hasta ahora, de follar con las mujeres que te venga en gana, todo a cambio de libertad para mí, de que finjas que no existo en tu vida y de que llevemos vidas separadas.
Kath sabía que su prometido era un hombre despiadado; aun así, también era consciente de lo atractivo que resultaba. A juzgar por la escena con la rubia de hacía un momento, pensó que era el tipo de hombre que siempre estaba rodeado de mujeres de pechos grandes y cuerpos exuberantes, que probablemente tenía una distinta cada semana.
—Lo que dices es una completa estupidez, no tiene sentido —espetó Michele, sin darle lugar a las palabras de Kath.
¿Por qué quería tal cosa? ¿Por qué no le molestaría que su esposo tuviera amantes? Eran preguntas que se formulaba mentalmente.
Cuando Michele planeó ir a la fiesta de cumpleaños ese día, lo hizo con la sola intención de cerrar un negocio más, de cumplir con uno de sus deberes: presentarse ante la joven que acababa de cumplir veintitrés años y que pronto se convertiría en su esposa. Dejarle claro que aquel acuerdo se mantenía en pie y reiterarle que el compromiso se llevaría a cabo.
Jamás imaginó que Kath lo encontraría en una situación comprometedora y mucho menos que usaría aquello para proponerle algo tan absurdo como una vida de libertinaje durante el matrimonio.
—¿Tienes un amante? —preguntó Michele después de un largo silencio.
Los ojos de Kath se abrieron, al igual que su boca.
—¿Qué? —preguntó, sin comprender cómo había llegado a esa conclusión.
—Algún enamorado, alguien a quien pretendes seguir viendo después de nuestro matrimonio —espetó Michele con el gesto frío, convencido de que esa era la única razón por la que Kath le propondría algo tan estúpido como permitirle tener amantes.
Kath se quedó sin palabras por un momento, lo que solo incrementó la sospecha de Michele.
—Si tienes una relación con alguien, la terminarás de inmediato. No me obligues a buscar a ese sujeto y hacerlo yo mismo —advirtió con voz amenazante. Su mirada dejaba claro que no estaba mintiendo; buscaría a cualquiera que se interpusiera en su camino y lo apartaría sin titubear.
—¡No estoy viendo a nadie! —espetó Kath con indignación ante la acusación.
Los ojos de Michele se clavaron en los suyos y volvió a acercarse.
Kath se tensó cuando su pecho, duro como el acero, se pegó al suyo. Michele la tomó por la cintura e inclinó el rostro lo suficiente para susurrarle al oído.
—Más te vale que sea así, porque te casarás conmigo y te haré mi esposa en todos los malditos sentidos. No existe algo como una relación abierta. Así que prepárate, porque este es solo el comienzo de toda una vida a mi lado —sentenció.
Los vellos de la nuca de Kath se erizaron. La voz de Michele era amenazante, pero sus palabras no encajaban con el hombre que ella había creído conocer.
«¿Qué demonios sucede?», pensó Kath cuando Michele se irguió, soltó su cintura y se alejó dos pasos.
Su familia y los invitados se encontraban dentro del salón de fiestas; nadie podía escuchar aquella conversación. En medio del bullicio y la música, estaban relativamente solos.
—¿Y quién es esa mujer para ti? Porque ahora dices eso, pero antes la estabas besando —preguntó Kath, cruzándose de brazos.
Michele sonrió con altivez y negó con la cabeza. Era el líder de la mafia; jamás rendía cuentas a nadie. A la única persona a la que daba explicaciones era a su padre, y siempre relacionadas con negocios.
No le importaba aclarar lo sucedido, explicar los motivos ni pedir disculpas por el lugar ni las circunstancias.
—No es nadie. Puedes estar segura —dijo con la mandíbula tensa.
Kath no era una mujer fácil. Michael James no había criado a una hija sumisa. Su mirada era mordaz y, pese a quién era él, no le tenía miedo. Eso era algo que a Michele empezaba a gustarle.
Cuando Kath estaba por formular otra pregunta, uno de los hombres de Brown se acercó y le susurró algo al oído. Michele frunció el ceño de inmediato.
—Este encuentro ha sido interesante, pero, como sabrás, soy un hombre de negocios y ahora mismo tengo un par que atender —dijo, alzando la mano que no estaba lesionada y acariciándole la mejilla.
Kath elevó el mentón y afiló la mirada gris.
—El compromiso sigue en pie. Enviaré a uno de mis hombres a recogerte el sábado. Quiero que fijemos la fecha del compromiso y, por supuesto, la de la boda. Nos casaremos a más tardar en tres meses. Tengo un viaje que hacer a Italia y tú vendrás conmigo —avisó Michele mientras acomodaba los gemelos de oro en los puños de su saco n***o.
—¿Tres meses? —preguntó ella, impactada. No esperaba que quisiera llevar a cabo la boda tan pronto.
—En tres meses serás mi esposa, y adivina qué —dijo Michele, acercando su boca peligrosamente a la de ella. Percibió la respiración agitada de Kath y ladeó una sonrisa—. Cuando eso pase, serás completamente mía.
Ajustó su fina corbata y abandonó la fiesta junto a sus hombres, luego de despedirse del padre de Kath.
Cuando Michele salió del lugar, lo hizo pensando en las palabras de Kath. La idea de que ella tuviera un amorío seguía rondándole la cabeza, y no permitiría que eso sucediera.
—Investiga a Katherine James. Quiero saber todo sobre la gente que la rodea, en especial si hay alguien importante en su vida… algún hombre —ordenó con determinación a uno de los suyos, quien asintió de inmediato.
Michele no confiaba en nadie; solo en los gemelos Moretti, y necesitaba asegurarse de que Kath no le estuviera mintiendo.
—¿Qué hacemos con Diane? —preguntó el mismo hombre, con cautela.
Michele giró el rostro hacia él. El sujeto era al menos quince centímetros más bajo. Exhaló con la mirada ensombrecida; esa mujer le había causado demasiados problemas.
—Mantén a esa maldita loca lejos de mi vista —ordenó, estirando los dedos de la mano diestra. El dolor se había intensificado ahora que la mano estaba fría.