41 | Luz y oscuridad Los ojos de Kath se agrandaron y su mirada lució un poco asustada cuando Michele inquirió que aún no terminaba. Katherine sentía aún su centro palpitar por el último orgasmo; sus piernas temblaban como gelatina y su boca estaba seca de tanto jadeo. Sin embargo, él parecía encontrarse bien, con la energía suficiente para destrozar a su frágil esposa en el calor de la habitación. Michele no preguntó a Kath si estaba dispuesta a continuar, si tenía deseos de que la follara esta vez sobre la cama o si quería parar y descansar; simplemente no deseaba hacerlo. La levantó en sus brazos y, completamente desnudo, avanzó desde el comedor por todo el pasillo hasta llegar a la escalera. El cuerpo de Kath dolía y, en su interior, agradecía no tener que caminar hasta la recámara

