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La Preparación El bullicio de la multitud llenaba el aire mientras el carruaje imperial avanzaba lentamente por las calles que llevaban al palacio. Banderas del Imperio Celeste ondeaban sobre las cabezas del público, mientras los soldados alineados en la ruta mantenían el orden. La gente vitoreaba al ver el imponente carruaje n***o y dorado, tirado por caballos oscuros como la noche. Kaelion Verithar, el emperador, estaba allí y todos sabían que este día no sería como cualquier otro. Dentro del carruaje, Leocadia observaba por la ventana, sus manos apretadas en su regazo mientras su corazón latía con fuerza. Nunca había visto un espectáculo como este y aunque parte de ella se sentía asustada, otra parte, más profunda, comenzaba a entender la magnitud del mundo en el que ahora estaba inmersa. Kaelion, sentado frente a ella, parecía tranquilo, pero sus ojos azules brillaban con una chispa de confianza que casi podía considerarse descaro. - Disfruta la vista, Leocadia - dijo con una sonrisa apenas perceptible - Les estamos dando exactamente lo que quieren. Ella lo miró, su expresión una mezcla de curiosidad y aprensión. - ¿Qué quieren? Kaelion se inclinó ligeramente hacia adelante, sus ojos fijos en los de ella. - Un espectáculo. Algo que puedan recordar y comentar durante semanas. Y nosotros, querida mía, se lo daremos. El carruaje se detuvo frente a las escalinatas del palacio, donde una multitud de nobles esperaba ansiosa para presenciar la llegada. Los guardias abrieron las puertas y Kaelion fue el primero en bajar. Su sola presencia pareció llenar el espacio, su porte majestuoso y su capa negra ondeando ligeramente con el viento. Extendió una mano hacia Leocadia, la que aún dudaba en salir. - Ven, - dijo, su tono firme, pero bajo. - Es hora de que los veas a los ojos. Ella tomó su mano con algo de vacilación, pero cuando salió del carruaje, lo hizo con la espalda recta y la barbilla alzada. El vestido azul real que Kaelion había elegido para ella destacaba contra la sobriedad de los tonos del palacio y el murmullo de la multitud creció al verla. Kaelion no soltó su mano mientras subían las escalinatas, asegurándose de que todos los presentes entendieran el mensaje: ella era su consorte, su emperatriz. Cuando llegaron a la cima, Kaelion se detuvo, girándose hacia la multitud y levantando una mano para silenciarlos. - Ciudadanos del Imperio Celeste - dijo, su voz resonando como un trueno - hoy les presento a la mujer que se ha unido a mí, no solo como mi consorte, sino como su nueva emperatriz. Leocadia es ahora parte de nuestra familia imperial y su deber es el mismo que el mío: proteger y servir a este Imperio. El anuncio fue recibido con una mezcla de aplausos y murmullos, pero Kaelion no dejó espacio para dudas. Se giró hacia ella, sosteniendo su mano con una intensidad que casi hizo que Leocadia olvidara a la multitud. Kael tomaba su mano y, aunque tuviera miedo, él estaba a su lado. Tenía que ser mejor…Para él…No, para si misma. A tu Lado Kaelion atravesó los majestuosos pasillos del palacio, aún sosteniendo la mano de Leocadia. Los murmullos de los nobles resonaban detrás de ellos, pero él no les prestó atención. Su presencia era suficiente para callar cualquier comentario en voz alta y su andar decidido dejaba claro que no tenía intención de entretenerlos. Al llegar al pie de las escaleras que conducían a las habitaciones imperiales, Kaelion se detuvo un momento y giró ligeramente hacia el grupo de nobles que había osado seguirlo. Su mirada fría y calculadora se posó en ellos, deteniendo cualquier intento de acercarse más. - Que no me molesten - declaró con voz firme, resonando en el amplio espacio del vestíbulo - Mañana retomaremos el trabajo. Hoy es el día de atender a mi esposa. El asombro fue palpable. Algunos nobles intercambiaron miradas, otros intentaron ocultar su sorpresa detrás de expresiones neutrales, pero ninguno se atrevió a hablar. Kaelion no esperó respuestas; simplemente se giró y continuó subiendo las escaleras, llevando a Leocadia con él. La joven lo siguió en silencio, aunque no pudo evitar sentirse abrumada por la intensidad de la situación. Cada paso que daba junto a él parecía hacer eco de su posición recién adquirida, pero también de la responsabilidad que ahora recaían sobre sus hombros. Cuando llegaron a la habitación que utilizaría en el ala imperial, Kaelion abrió la puerta y la dejó pasar primero. Luego, cerró la puerta detrás de ellos y se apoyó contra ella, observándola con una mezcla de cansancio y algo más que Leocadia no pudo descifrar de inmediato. - ¿“Atender a mi esposa”? - repitió ella, cruzándose de brazos mientras lo miraba con una mezcla de curiosidad y reproche. Kaelion esbozó una sonrisa ligera, aunque el cansancio era evidente en sus ojos. - ¿Qué querías que dijera? - preguntó, su tono despreocupado - ¿Que estoy agotado y no quiero escuchar a un grupo de viejos necios mientras intento darte un lugar digno aquí? Eso no habría sonado tan convincente. Leocadia bufó, aunque una pequeña sonrisa se asomó en sus labios. - ¿Y qué significa “atender a mi esposa”? Kaelion se apartó de la puerta y caminó hacia ella, deteniéndose lo suficiente cerca como para que Leocadia sintiera su presencia imponente. Bajó la voz, su tono tomando un matiz más suave, pero aún cargado de esa confianza descarada que parecía ser su marca personal. - Significa que hoy, todo lo que importa eres tú. Leocadia parpadeó, sorprendida por la sinceridad detrás de sus palabras. - Kaelion, yo... - No necesitas decir nada - la interrumpió él, alzando una mano - Tienes mucho por lo que preocuparte, lo sé, pero por ahora, quiero que te acostumbres a esto. A estar aquí, a ser vista, a ser respetada. Y para eso, tengo que empezar por mostrarle a todos que tú eres mi prioridad. Leocadia lo miró, un rubor ligero coloreando sus mejillas mientras procesaba lo que él acababa de decir. Había algo más detrás de sus palabras, algo que ella aún no entendía del todo, pero que poco a poco comenzaba a percibir. Kaelion se inclinó ligeramente hacia ella, su mirada intensa. - Así que relájate, Leocadia. Hoy, nadie te molestará. Con esas palabras, se giró hacia la mesa cercana, donde un sirviente ya había dejado una bandeja con vino y frutas frescas. Tomó una copa y la ofreció a Leocadia con una leve sonrisa. - Porque mañana, querida mía, empieza la verdadera batalla. Ahora quiero dormir un poco. Con descaro, apuró el vino y caminó hacia la cama sacándose la chaqueta y liberando la camisa antes de acostarse y suspirar satisfecho. Leocadia lo siguió con la mirada y suspiró caminando hacia la cama y acostándose a su lado por lo que el emperador la miró sorprendido. - ¿No te incomoda? - le preguntó. -Soy tu esposa y la cama es grande. Además, también me vendría bien una siesta. La risa de Kaelion resonó fresca en la habitación. - ¿Puedo abrazarte? -Si, me gustaría… El emperador la acercó a su cuerpo con cuidado, pero luego suspiró. -No podrás dormir con esta cosa – le dijo tocando su torso haciendo referencia a su corsé. Lo voy a soltar un poco. Leocadia se giró sorprendida, pero no habló, sólo se giró para darle acceso a su espalda. Con destreza, Kaelion soltó las cintas del vestido y descubrió el corsé firmemente apretado. Mierda, pensó cuando la sangre se agolpó a su entrepierna provocando una erección, tengo que controlarme. -Ahora duérmete…- le dijo con voz algo ronca. – Ya está suelto. - ¿No ibas a abrazarme? Kaelion se rio bajo. Esa mujer lo estaba torturando sin saberlo. -Si te abrazo y me duermo, no podrás moverte ni escapar. -No lo haré…Quiero estar aquí, a tu lado – susurró, pero el hombre la escuchó, aunque no habló.
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