Cuando salió, Kaelion se quedó en la entrada del templo, observando a su esposa con una mezcla de admiración y asombro. Leocadia estaba terminando de repartir los suministros a los niños y las familias que se habían reunido allí. Había una suavidad en su presencia, una tranquilidad que emanaba de ella mientras atendía a los más necesitados, su calidez cautivando a cada uno de los que se acercaban.
Su mirada se detuvo cuando vio a una joven madre con un bebé en brazos acercándose a Leocadia. La mujer parecía nerviosa, pero sus ojos reflejaban una gratitud inmensa. La madre sonrió con timidez, pero su gesto se tornó apresurado cuando, sin previo aviso, le entregó al bebé en brazos de la emperatriz. Kaelion se tensó al ver la escena. Su primera reacción fue una exclamación de alarma y su mano involuntariamente fue hacia la empuñadura de su espada.
Rovik, que estaba cerca de Leocadia, también se tensó al notar la acción de la joven madre, pero antes de que pudiera moverse o intervenir, la joven levantó una mano con un gesto tranquilo, casi imperceptible, como diciéndole que todo estaba bajo control. La mirada de Leocadia se encontraba con la madre y no había temor ni desconcierto en su rostro, sino solo una calma profunda, como si entendiera que ese gesto no era un acto de agresión, sino más bien una súplica de ayuda.
- Todo está bien, Rovik. - le dijo Leocadia sin mirar directamente a su escolta, como si hubiera percibido su inquietud antes de que él siquiera hablara. La joven madre parecía más aliviada al ver la serenidad de la emperatriz, quien con suavidad aceptó al bebé en sus brazos.
Kaelion observó a su esposa mientras se agachaba con la misma calma y compasión para mirar al niño en sus brazos. No había signos de pánico o incomodidad en su rostro, ni siquiera ante la súbita sorpresa. La forma en que la joven se acercó a ella mostraba la confianza que la gente había empezado a tener en Leocadia y Kaelion no podía evitar sentirse sorprendido por la manera en que su esposa había logrado conectar con todos los que la rodeaban.
- ¿Está bien? - le preguntó Leocadia con una voz suave, acariciando con cuidado la pequeña cabeza del bebé.
La madre, algo nerviosa, pero agradecida, negó rápidamente, explicando que el bebé había estado enfermo y que necesitaba ayuda, pero que no sabía a quién acudir. No tenía dinero para que los sacerdotes del templo lo ayudaran.
Kaelion pudo escuchar un leve temblor en su voz, pero era evidente que confiaba en su esposa. Leocadia la miró con una serenidad que no solo calmó a la madre, sino que también hizo que el propio Kaelion se sintiera más tranquilo.
- Lo llevaré a un lugar donde podamos darle ayuda. - dijo Leocadia, levantando al bebé con gentileza en sus brazos. - No temas. Estaremos bien.
Kaelion observó, perplejo, cómo su esposa continuaba siendo el centro de atención de los más necesitados, su calma y su capacidad de conectar con ellos creando una atmósfera de confianza. La forma en que la joven madre había confiado a su bebé a Leocadia, sin duda alguna, era una muestra de la influencia que ella había comenzado a tener sobre el pueblo.
Rovik se acercó finalmente, pero Kaelion le hizo un gesto para que se quedara atrás. Quería observar en silencio a su esposa. Esa parte de ella, la que parecía estar destinada a sanar no solo con sus manos, sino también con su presencia, lo desconcertaba. Aunque no lo dijera, Kaelion comenzaba a entender que el poder de Leocadia era mucho más complejo de lo que había creído al principio. No solo era un don de sanación que surgía con el poder de Nerias, sino que había algo más profundo en ella. Algo que podría cambiarlo todo. Tal como lo había cambiado a él cuando estuvo en Glen.
- Va bien. - murmuró Kaelion, en voz baja para sí mismo. Pero sabía que, aunque sus palabras parecieran tranquilizadoras, aún había mucho que él no comprendía sobre su esposa y el poder que llevaba dentro de ella.
Leocadia avanzó con paso firme hacia el interior del templo, el bebé aún en sus brazos y la joven madre siguiéndola de cerca, aunque un poco indecisa. La multitud que la había seguido se quedó en la entrada, dividida por los sacerdotes que bloqueaban el paso, murmurando palabras de advertencia para que no se acercaran más. La emperatriz, sin embargo, no vaciló, llevando al niño hacia el altar donde se erguía la majestuosa estatua de Nerias, el dios de la sanación. Las manos de la estatua brillaban de un blanco puro, la luz que reflejaba iluminando todo el recinto de una forma casi mística.
Kaelion se quedó al margen, observando desde la entrada, confiando en que su esposa sabría manejar la situación. No podía evitar sentirse curioso, intrigado incluso, por la manera en que Leocadia se desenvolvía entre los suyos, tan natural, tan segura de sí misma. La gente la respetaba, no solo por su posición, sino por la forma en que hablaba, por su capacidad para entender y escuchar.
Sin embargo, cuando se acercó al altar, la expresión de Leocadia cambió. El sumo sacerdote, que había estado observando desde la distancia, se acercó con una sonrisa que no alcanzó a ser genuina.
- Majestad, me complace ver su interés en los niños necesitados, pero temo que no puedo ayudar a esta mujer ni a su bebé - le dijo con voz suave, pero con un tono condescendiente - El templo tiene muchas demandas y pocos recursos. Sin una ofrenda adecuada, no podemos garantizarles asistencia.
El rostro de Leocadia se endureció al instante. Kaelion, aún observando desde el pasillo, frunció el ceño, reconociendo la tensión en su esposa. No era solo una reacción de sorpresa; había algo más. Algo que se agitaba en su interior. Sus ojos destellaron y, antes de que pudiera pensar en intervenir, la emperatriz alzó la voz con firmeza, su tono haciendo eco en todo el templo.
- ¿Así que la ayuda del templo se mide por lo que se paga por ella? - preguntó Leocadia, sus palabras cargadas de ira contenida - ¿Por un sacrificio material que, al parecer, decide el valor de la vida de una madre y su hijo?
Kaelion sintió una extraña punzada de sorpresa. La forma en que su esposa se enfrentó al sumo sacerdote, tan directa, tan desafiante, era un reflejo claro de cómo él mismo podría haber actuado. La confianza, el dominio de la situación, el control absoluto de sus emociones… Todo eso estaba presente en su actitud y en ese momento, Kaelion no pudo evitar una sonrisa de admiración que se asomó involuntariamente en su rostro.