El Reino de Glen
El salón de audiencias del reino de Glen era un espacio imponente, con altos ventanales que dejaban entrar la luz del sol y reflejaban los tonos cálidos de los mosaicos en el suelo. En el centro, sobre un trono de madera tallada con intrincados diseños, se sentaba el Rey Alaric, mientras a su lado la Reina Isolde mantenía una postura rígida, pero serena.
Un mensajero imperial había llegado esa misma mañana, trayendo consigo un pergamino con el sello del Emperador Kaelion Verithar. La carta ahora reposaba abierta en las manos del rey y su contenido llenaba la sala con una tensión palpable.
El rey leyó el texto en silencio, su expresión permaneciendo inescrutable mientras sus ojos recorrían cada palabra. A su lado, la reina lo observaba con una mezcla de curiosidad y preocupación. Cuando terminó, Alaric dejó escapar un suspiro profundo y dobló el pergamino con cuidado antes de colocarlo sobre la mesa frente a él.
- ¿Qué dice? - preguntó Isolde finalmente, rompiendo el silencio.
Alaric levantó la mirada hacia su esposa, su expresión grave.
- El emperador Kaelion solicita la anulación del matrimonio entre Leocadia y Edward Transa, alegando que no fue consumado. Además... - su voz se detuvo un instante, como si las palabras fueran demasiado audaces incluso para él - ... pide la mano de nuestra hija en matrimonio.
La reina se quedó en silencio, pero sus labios se tensaron ligeramente. A pesar de su compostura, era evidente que la noticia la había tomado por sorpresa.
- ¿Kaelion Verithar? - repitió, su tono lleno de incredulidad. - ¿El joven emperador quiere casarse con Leo?
Alaric asintió lentamente, y una sombra de recuerdos pasó por sus ojos.
- Han pasado diez años desde que lo vimos por última vez, pero parece que el destino sigue encontrando formas de entrelazarnos. ¿Recuerdas por qué vino aquí, Isolde?
La reina asintió, su mirada perdida mientras las memorias regresaban.
- Era solo un joven entonces, apenas un hombre. Su padre y su tío luchaban por el trono y su vida corría peligro. Trajo consigo una escolta reducida, buscando asilo en nuestro reino.
Alaric dejó escapar una risa amarga.
- Asilo y algo más. Sabía que no podría sobrevivir solo con protección militar. Nos ofreció una alianza: armas, suministros, hombres, a cambio de nuestra protección. El precio fue alto, pero su padre ganó esa guerra. Ahora, ese mismo joven pide la mano de nuestra hija.
La reina inclinó la cabeza, reflexionando.
- Kaelion siempre fue ambicioso, pero también práctico. No haría esta petición sin un propósito mayor. ¿Por qué ahora?
El rey tomó la carta nuevamente, señalando una línea específica.
- Porque sabe que Leocadia es un símbolo. Si la convierte en su esposa, consolida su poder frente a la nobleza del Imperio y desarma cualquier intento de usarla en su contra.
- ¿Y qué hay de nuestra hija? - preguntó Isolde con un tono de preocupación maternal que no podía ocultar.
Alaric se quedó en silencio por un momento, luego miró a su esposa con seriedad.
- Kaelion nunca ha sido un hombre impulsivo. Si ha decidido pedir esto, es porque cree que puede protegerla. Y si me baso en el hombre que era hace diez años... cumple lo que promete.
La reina lo observó, tratando de encontrar alguna duda en sus palabras, pero no había ninguna.
- Entonces, ¿Aceptarás su propuesta?
El rey se levantó de su trono, sus manos cruzadas detrás de su espalda mientras caminaban hacia uno de los ventanales. Desde allí, observó los jardines reales, recordando la figura de un joven Kaelion, más delgado, más vulnerable, pero con los mismos ojos calculadores que ahora lo miraban desde la distancia a través de esta carta.
- Lo consideraré, - dijo finalmente, su tono pensativo. - Pero antes de enviar mi respuesta, quiero saber exactamente qué ha ocurrido en ese Imperio. Si Kaelion está dispuesto a arriesgar tanto para casarse con Leocadia, algo importante está en juego. Y no entregaremos a nuestra hija sin saber todos los detalles.
La reina asintió lentamente, aunque una sombra de preocupación seguía reflejándose en sus ojos.
- Solo espero que esta vez, el joven emperador no esté buscando solo protección. Leocadia merece algo más que ser un instrumento de poder.
Alaric no respondió, pero en su mente sabía que Kaelion no había cambiado tanto. Siempre había sido un hombre de estrategias, incluso cuando era un joven fugitivo. Ahora, era el emperador, y esa ambición no había hecho más que crecer.
La reina Isolde se levantó de su asiento, sus manos temblando ligeramente mientras alisaba las finas arrugas de su vestido. Caminó hacia el rey, deteniéndose junto a él frente al ventanal. Sus ojos estaban llenos de una mezcla de preocupación y dolor reprimido, emociones que había guardado durante meses desde la partida de Leocadia hacia el Imperio.
- ¿Le devolverás su título? - preguntó finalmente, rompiendo el silencio con una voz tenue, pero cargada de significado.
El rey Alaric mantuvo su mirada fija en los jardines, evitando por un momento responder. Sabía que la pregunta iba más allá de la restauración de un título. Era una súplica de una madre que no había dejado de preocuparse por su hija, incluso cuando las decisiones políticas las habían separado.
- Cuando tenga más información, lo decidiré - respondió finalmente, su tono medido, casi frío. - Pero si el emperador la protege como dice y esta unión fortalece la alianza entre el Imperio y Glen, podría ser beneficioso para ambas partes.
La reina cerró los ojos, como si sus palabras le pesaran profundamente.
- Títulos, alianzas... siempre es lo mismo, Alaric. Cuando decidimos castigarla por su obstinación con ese hombre, apoyé tu decisión porque sabía que era necesario, pero me rompió el corazón.
El rey finalmente giró hacia ella, su expresión suavizándose levemente al ver la angustia en el rostro de su esposa.
- No fue una decisión fácil para ninguno de nosotros, Isolde. Pero Leocadia debía aprender que el mundo no es indulgente con los caprichos.
- ¿Y crees que lo ha aprendido? - preguntó la reina, su voz llena de un dolor que no podía esconder - La dejamos desprotegida, Alaric. Tú mismo se lo dijiste: ‘Sin títulos, sin poder, estás sola’. Ahora, ni siquiera sabemos cuánto ha sufrido en el Imperio. ¿Qué madre puede dormir tranquila sin saber qué ha sido de su hija?
El rey bajó la mirada, sus manos apretadas detrás de su espalda.
- Ella eligió este camino, pero si el emperador ha decidido intervenir, puede ser nuestra oportunidad de enmendar las cosas.
Isolde lo miró fijamente, sus ojos húmedos por las lágrimas que se negaba a dejar caer.
- ¿Y si la está usando? ¿Y si esta alianza no es más que otra estrategia para ganar poder? No puedo perderla de nuevo, Alaric.
El rey colocó una mano en el hombro de su esposa, un gesto poco común en su relación, pero que en ese momento era lo único que podía ofrecerle.
- Lo descubriremos. Antes de decidir nada, sabremos toda la verdad. Si Kaelion la protege, entonces podemos confiar en él. Si no... - Su voz se endureció - ... Glen no se quedará de brazos cruzados, pero hasta entonces, debemos actuar con cautela. El Imperio es poderoso y un movimiento precipitado podría poner en riesgo mucho más que a nuestra hija.
Isolde apartó la mirada, incapaz de encontrar consuelo en las palabras de su esposo. Sabía que hablaba como rey, no como padre. Y aunque entendía la necesidad de pensar en el reino, su corazón seguía siendo el de una madre que quería proteger a su hija.
- Sólo espero que no sea demasiado tarde para Leocadia - murmuró, más para sí misma que para él.
El rey Alaric la observó en silencio, sus pensamientos girando entre el deber y la familia. Aunque no lo admitiera, sabía que las palabras de su esposa tenían razón.