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800 Words
La Marioneta Edward se dejó caer pesadamente sobre el sillón de su habitación, el peso de la frustración aplastando su pecho como una tonelada de piedra. Las palabras de su madre y su padre seguían retumbando en su cabeza, pero era la mirada de Leocadia, la imagen de su inocencia perdida, lo que lo hacía sentirse aún más atrapado. Se pasó las manos por el rostro, cubriéndose los ojos como si pudiera borrar los recuerdos que lo atormentaban. Cuando la conoció, todo parecía tan sencillo. Leocadia D’Aurial, princesa del reino de Galen, tan pura, tan perfecta en su fragilidad. Desde el primer momento, Edward vio la oportunidad de algo más grande, algo que lo elevaría a un nivel que nunca había imaginado: ser príncipe consorte. Ella, con su belleza y su título, lo catapultaría a un lugar de poder, algo que nunca lograría ser solo como el segundo hijo de un conde. Alejandro, su hermano mayor, siempre sería el heredero, pero con Leocadia, Edward podría superar esa barrera. Podría convertirse en alguien más que un simple noble. Leocadia había sido tan inocente, tan crédula. Nunca había cuestionado sus palabras, sus promesas. Ella creía en él, en su futuro juntos, en el matrimonio que había sido sellado con la esperanza de un amor que nunca existió. Edward lo sabía, pero nunca lo había dicho en voz alta. No necesitaba el amor de su esposa. Lo que necesitaba era lo que ella representaba. Era un trofeo, un símbolo para mostrar, algo que podría mostrar a la corte, a los nobles, algo que le daría el prestigio y poder que tanto deseaba. Y luego llegaron los reyes de Galen y todo se derrumbó. Los padres no estaban de acuerdo con la unión, aunque él mostró su mejor cara, encerraron a Leocadia y todo se convirtió en una novela rosa para ella. Sus cartas declarando su amor eterno solo lo fastidiaban, pero a la vez le permitieron tejer una imagen que sólo hizo que la joven se empecinara con él al punto de ser llevado al palacio para que los reyes, frustrados por la conducta de su hija, aprobaran el matrimonio. Lo que Edward descubrió más tarde fue que los reyes despojaron a Leocadia de su título, de todo su poder y con eso, la base sobre la cual Edward había construido sus sueños. Leocadia, que en sus ojos había sido la clave para su ascenso, ya no era más que un peso que tenía que cargar en el cuello sin darle ninguna ganancia, una mujer sin poder, una princesa caída de su pedestal. Y con ella, su matrimonio perdió todo valor. Sin título, sin influencia, sin nada que ofrecer más allá de su belleza, después de tres meses en el imperio, ella era ahora solo una joven hermosa en una mansión vacía. Sin utilidad para Edward, más allá de ser una decoración. Pero, al menos, tenía a Catherine. Un suspiro escapó de sus labios al pensar en ella. Catherine Pardo ¿Quién habría imaginado que una mujer como ella podría ser tan perfecta para lo que él necesitaba? Divorciada, con un par de hijas de diferentes padres, lo que la hacía aún más intrigante. Una mujer que sabía lo que quería, descarada y que estaba dispuesta a dárselo a Edward sin reservas. Catherine era fuego. Sabía mover las caderas y la boca de una manera que le desbordaba, una amante feroz y dispuesta a cumplir todas sus solicitudes. Ella no era delicada ni sensible, no necesitaba serlo. Catherine solo sabía cómo satisfacerlo, cómo mantenerlo alejado de la melancolía y el resentimiento que se acumulaban dentro de él por todo lo que había perdido. Leocadia, con su delicadeza, no era suficiente para él. Ella lo había decepcionado con su fragilidad, su falta de ambición, su esperanza ingenua, pero Catherine nunca le pediría nada que no pudiera darle. No tenía que jugar a ser la esposa perfecta, a ser una princesa, a cumplir con las expectativas de una familia que nunca la aceptó. Catherine lo aceptaba tal como era: un hombre que había tomado una mala decisión, pero que aún podía recuperar algo de lo que había perdido. Se recostó en el sillón, mirando hacia el techo, dejando que la calma lo envolviera, pero las dudas seguían acechando en su mente. Lo que había hecho con Leocadia nunca podría deshacerse y, por más que Catherine lo mantuviera ocupado, las sombras de lo que había perdido lo perseguirían. En algún rincón de su conciencia, algo le decía que había tomado el camino equivocado, pero no había marcha atrás. Ya no había esperanza de amor o redención con Leocadia. Ella era solo una pieza caída del tablero, un error que había cometido. Y en su lugar, Catherine estaba dispuesta a darle todo lo que necesitaba para olvidarlo.
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