Asustando a los Cuervos
La caravana avanzó por las imponentes puertas del palacio imperial, sus estandartes ondeando bajo el viento nocturno. A pesar del cansancio, el porte de Kaelion era imponente, casi desafiante, mientras montaba su caballo con la elegancia y fuerza de un emperador. Leocadia, montada en el suyo junto a él, aún envuelta en su capa, estaba pálida, pero alerta, sus ojos fijándose en cada detalle mientras regresaban al corazón del poder.
Una vez en el patio principal, Kaelion desmontó con una facilidad que desmentía las heridas que había sufrido apenas horas antes. Rovik y otros escoltas se acercaron rápidamente, prestos a ofrecer apoyo, pero el emperador los apartó con un movimiento firme de su mano para luego ayudarla a descender del caballo.
- Rovik, lleva a la emperatriz a nuestras habitaciones. - ordenó Kaelion con voz baja, pero cargada de autoridad, girándose hacia ella con una mirada que no admitía discusión - Descansa, Leo. Ya hemos tenido suficiente drama por un día. Iré pronto.
Leocadia quiso protestar, deseaba estar a su lado para escuchar lo que se discutiera en el salón de audiencias, pero el tono de Kaelion y el brillo en sus ojos no dejaban lugar para argumentos. Asintió lentamente y permitió que Rovik la escoltara.
- Kael...- susurró antes de que él se apartara, tomándolo ligeramente del brazo. - Ten cuidado.
Una sonrisa ladeada apareció en sus labios, algo más tierna de lo que ella esperaba.
- Siempre lo tengo. - replicó antes de girarse hacia la entrada principal, con los escoltas siguiéndolo de cerca.
Kaelion entró al Palacio seguido de Eron y los otros escoltas, cuando las enormes puertas se abrieron, el murmullo de los nobles reunidos en el salón de audiencias cesó de golpe. Todos se volvieron hacia la figura que entraba con pasos decididos, su capa ondeando tras él como si fuera un estandarte de guerra.
Kaelion se detuvo frente al trono, sus ojos recorriendo a los presentes con una mezcla de burla y desafío. Entre los nobles, se veían rostros tensos, algunos fingiendo sorpresa, otros claramente contrariados. Los rumores sobre su muerte habían viajado rápido y era evidente que varios esperaban beneficiarse de su ausencia.
- Ah, qué caras tan largas - comentó Kaelion con una sonrisa arrogante, inclinando ligeramente la cabeza mientras apoyaba una mano en el pomo de su espada - ¿Acaso esperaba alguien aquí recibir noticias más... definitivas sobre mi estado de salud?
El silencio fue roto por unos pocos murmullos incómodos, pero nadie se atrevió a responder directamente. Kaelion dio un paso adelante, su presencia llenando el salón.
- Si esperaban celebrar mi muerte, tendrán que esperar un poco más - continuó con un tono que bordeaba en la diversión, pero sus ojos oscuros destellaban peligro - Aunque debo admitir que me intriga la prisa con la que algunos parecen querer ocupar mi lugar. Me pregunto... ¿Quién entre ustedes organizó ya el banquete?
Un par de nobles apartaron la mirada, sus manos tensándose alrededor de sus bastones o copas de vino. Otros permanecieron rígidos, sin atreverse a mostrar emoción alguna.
- Mi queridos nobles, - Kaelion añadió, dejando caer el tono a uno más grave - deberían saber a estas alturas que ni el acero ni el veneno son suficientes para acabar conmigo. Así que les sugiero que guarden sus intrigas y jueguen bien su parte. Porque el único que dicta el destino del Imperio soy yo.
Los escoltas de confianza que se encontraban detrás de él compartieron miradas discretas. Rovik, el más cercano, se permitió una pequeña sonrisa, conociendo bien el carácter de su señor.
Kaelion avanzó hacia el trono, pero no tomó asiento. En cambio, giró para enfrentar a los nobles con los brazos cruzados, como si les estuviera dando tiempo para procesar su presencia.
- Ahora, si alguno tiene algo importante que decir, hable ahora, - dijo finalmente, con un tono casual que era más una amenaza velada - De lo contrario, espero que recuerden quién está sentado en este trono la próxima vez que les pase por la cabeza una idea tan estúpida como subestimarme.
El salón quedó en completo silencio. Nadie se atrevió a moverse y Kaelion, satisfecho con la reacción, dejó que su sonrisa regresara mientras sus ojos brillaban con un fuego contenido.
- Perfecto. Entonces, retirémonos, - concluyó con aire despreocupado, girándose hacia Rovik. - Mañana será un día largo y algunos de nosotros estamos cansados de lidiar con idiotas.
Los escoltas lo siguieron fuera del salón mientras el resto de los nobles permanecían congelados, sus mentes trabajando rápido para medir las consecuencias de lo que acababa de ocurrir.
Intimidad Familiar
Mientras caminaba hacia sus habitaciones, Kaelion se permitió un pequeño suspiro. Su mente ya no estaba en los juegos de poder del salón de audiencias. Estaba con Leocadia, quien debía estar esperando pacientemente su regreso.
Kaelion avanzó por los corredores del palacio con paso firme, su capa ondeando a su espalda y la mirada fija en el camino. Sin detenerse, se dirigió a Rovik, que caminaba justo a su lado.
- Rovik, - llamó con tono bajo pero cargado de autoridad.
- Mi señor, - respondió Rovik al instante, inclinando ligeramente la cabeza mientras ajustaba el paso para igualar el del emperador.
- Quiero que reúnas a los tres escoltas de confianza, - ordenó Kaelion sin perder el ritmo. - Aquellos que estuvieron conmigo en la campaña de las fronteras.
Rovik asintió de inmediato. - Por supuesto. ¿Los espero en la sala de estrategia, mi señor? -
- No, en la cámara este, - corrigió Kaelion, su tono más sombrío ahora. - Y asegúrate de traer también a Dorian. Necesito que esté presente.
Rovik parpadeó una vez, reconociendo la importancia de mencionar a Dorian, el asesor de mayor confianza de Kaelion. Eso significaba que lo que se discutiría al amanecer no era algo trivial, sino de suma importancia.
- ¿Al amanecer, entonces? - preguntó Rovik, asegurándose de entender el momento exacto.
Kaelion asintió ligeramente, deteniéndose justo frente a la puerta de sus aposentos. Giró la cabeza para mirarlo, sus ojos oscuros reflejando cansancio, pero también determinación.
- Al amanecer. - confirmó. - No tardes, Rovik. Quiero claridad antes de que cualquier rumor comience a propagarse.
- Así será, majestad. - Rovik inclinó nuevamente la cabeza antes de retirarse rápidamente por el pasillo, listo para cumplir con la orden.
Kaelion esperó un momento, su mano descansando sobre la manija de la puerta. Respiró hondo, permitiendo que un instante de calma lo llenara antes de entrar en los aposentos que compartía con Leocadia. Aunque sabía que el día aún no había terminado, lo que le esperaba del otro lado de la puerta era algo muy distinto: no intrigas, no estrategias, sino sólo la presencia de su esposa.
Con un movimiento decidido, abrió la puerta y entró, cerrándola con suavidad detrás de él, dejando el peso del imperio al otro lado.
Kaelion empujó con suavidad las puertas del dormitorio, esperando encontrar a Leocadia descansando después de los tensos eventos del día. Sin embargo, la amplia cama estaba perfectamente arreglada para dormir, pero vacía. Su ceño se frunció ligeramente mientras sus ojos recorrían el espacio en busca de su esposa.
Detrás de él, la voz de Milena rompió el silencio con una calma medida.
- La emperatriz está tomando un baño, mi señor, - dijo, acompañando sus palabras con una leve inclinación y una sonrisa tenue que denotaba cierto conocimiento de los hábitos de su señora.
Kaelion relajó la postura, aunque su rostro seguía mostrando la seriedad habitual. Asintió, dándole a la doncella una orden clara.
- Que no nos molesten, yo la atenderé. - declaró con firmeza. Luego se giró ligeramente hacia ella, su tono cambiando apenas, pero suficiente para que Milena supiera que debía actuar con diligencia - Pide a mi ayuda de cámara que prepare ropa para trabajar y te la entregue. Me vestiré aquí
- ¿Aquí, mi señor? - Milena levantó apenas la mirada, sorprendida por la instrucción poco convencional, pero rápidamente corrigió su postura. Se suponía que el emperador, luego de dormir con su esposa, debía regresar a su habitación para iniciar el día ya que su vestidor y sus cosas estaban en ella.
- Aquí. - confirmó Kaelion sin mirarla, ya enfocado nuevamente en los próximos pasos - Una vez listo, saldré directamente hacia el despacho desde los aposentos de mi esposa. Asegúrate de que todo esté dispuesto.
- Como desee, mi señor. - respondió Milena, inclinándose antes de salir del dormitorio para cumplir con las órdenes.
Kaelion se quedó en el umbral del dormitorio por un instante, su mirada fija en la puerta que conducía al baño. Podía escuchar el suave murmullo del agua al otro lado. Su mente, siempre alerta, trabajaba en el plan que pondría en marcha al amanecer, pero parte de su atención seguía anclada a la mujer al otro lado de aquella puerta.
Con un suspiro breve, se apartó del umbral y comenzó a quitarse los guantes con movimientos calculados. Aunque no lo diría en voz alta, ese espacio compartido con Leocadia, incluso vacío, tenía una calidez que nunca había sentido en los vastos y fríos salones del palacio.
Kaelion se quedó un momento en silencio, escuchando el leve chapoteo del agua al otro lado de la puerta. Sus manos se movieron con calma mientras desabrochaba su cinturón y se quitaba la chaqueta, dejándola caer sobre el respaldo de un sillón cercano. Sus botas, guantes y finalmente el resto se unieron a la prenda, hasta que quedó completamente desnudo, sin apresurarse, pero con una intención clara.
Empujó la puerta del baño con suavidad, el vapor lo envolvió al instante y el sonido del agua se hizo más claro. Leocadia estaba sumergida en la bañera, su cabello recogido en un moño suelto que dejaba al descubierto la elegante curva de su cuello. Parecía ensimismada, sus ojos cerrados mientras descansaban.
Kaelion se acercó en silencio, hasta que sus pies descalzos hicieron un leve ruido contra el suelo de mármol. Ella abrió los ojos y giró la cabeza hacia él, sorprendida al principio, pero una sonrisa suave curvó sus labios al verlo allí.
- ¿No deberías estar descansando también? - preguntó ella con un deje de reproche cariñoso.
- Es difícil descansar cuando sé que mi esposa está aquí sola, disfrutando de un baño sin mí. - replicó Kaelion con una leve sonrisa.
Sin esperar respuesta, entró en la bañera detrás de ella y se sentó para acomodarla entre sus piernas extendiendo una mano para tomar el paño que descansaba a un lado. Con movimientos tranquilos, la sumergió en el agua tibia antes de acercarla a los hombros de Leocadia.
- Déjame atenderte. – le dijo en un tono que no admitía discusión, pero con una calidez que le robó a ella cualquier intención de protestar.
Leocadia se acomodó, apoyando la espalda contra su pecho, permitiéndole recorrer con la esponja su piel húmeda, sus hombros, brazos y espalda. Los movimientos de Kaelion eran pausados, casi reverentes, como si aquel momento no fuera solo de cuidado físico, sino de conexión.
- Kael…- susurró ella después de un rato, con los ojos cerrados, disfrutando de la sensación.
- Estoy aquí, Leo. - respondió él suavemente, su voz grave resonando en el pequeño espacio disfrutando del momento.- Estoy aquí.