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Correspondencia El despacho imperial de Kaelion Verithar en el palacio estaba impregnado de la tranquilidad previa a la tormenta. El sol de media tarde se colaba por los altos ventanales, iluminando los mapas extendidos sobre la mesa y los documentos acumulados en pilas organizadas. Kaelion estaba inclinado sobre un informe militar, sus ojos azules analizando cada línea con precisión. El silencio fue interrumpido por un golpeteo suave en la puerta. - Adelante. - dijo sin levantar la vista, su voz cargada de autoridad. Un sirviente entró con pasos medidos, sosteniendo un sobre lacrado con el emblema del reino de Glen. Kaelion alzó la mirada, su interés evidente al reconocer el sello. - ¿Qué es? - preguntó, aunque ya lo sabía. El sirviente inclinó la cabeza en señal de respeto. - Una respuesta de sus majestades de Glen, mi señor. Ha llegado hace unos minutos. Kaelion tomó el sobre, haciendo un gesto para que el sirviente se retirara. Una vez solo, observó el sello durante unos segundos antes de romperlo con cuidado. Sacó el pergamino del interior y lo desenrolló, sus ojos recorriendo el contenido con una mezcla de atención y prudencia. El tono de la carta era formal, pero directo, como cabía esperar de Alaric y Isolde, los reyes de Glen. “A Su Majestad Imperial, Kaelion Verithar: Hemos recibido su propuesta, así como su solicitud de anulación del matrimonio entre nuestra hija Leocadia y Edward Transa. Tras deliberar cuidadosamente, hemos decidido aceptar su solicitud bajo las siguientes condiciones…” Kaelion frunció el ceño ligeramente, continuando con la lectura. “Primero, la anulación será reconocida oficialmente por ambas partes, con una declaración que limpie el nombre de nuestra hija y la libre de cualquier responsabilidad asociada al fracaso de dicha unión. Segundo, el matrimonio entre Leocadia y usted será aprobado únicamente si se garantiza su protección y se refuerzan los lazos entre el Imperio y el Reino de Glen mediante una alianza comercial que beneficie a ambos territorios.” El emperador dejó escapar un resoplido suave, una mezcla de satisfacción y diversión. Sabía que los reyes de Glen no aceptarían sin negociar algo a cambio. Continuó leyendo, deteniéndose al final de la carta. “Por último, esperamos que esta unión sea un símbolo de estabilidad y no de oportunismo. Nuestra hija ha sufrido mucho desde que dejó nuestro hogar y confiamos en que, bajo su protección, encontrará la fuerza para reclamar su lugar en este mundo. Atentamente, Rey Alaric y Reina Isolde de Glen.” Kaelion dejó la carta sobre la mesa, apoyando los codos y entrelazando las manos mientras meditaba en las palabras. El tono de la carta era diplomático, pero había una advertencia implícita. Los reyes de Glen confiaban en él, pero también lo estaban poniendo a prueba. El sonido de la puerta abriéndose de nuevo lo sacó de sus pensamientos. Rovik entró, su mirada fija en el rostro del emperador. - ¿Noticias? - preguntó, señalando la carta. Kaelion asintió, pasándole el pergamino. - Los reyes de Glen han aceptado, pero, como era de esperarse, con condiciones. Rovik tomó la carta y la leyó rápidamente, su expresión permaneciendo neutra hasta que terminó. - Nada que no puedas manejar. Kaelion esbozó una leve sonrisa. - Por supuesto que no, pero esto confirma algo: Leocadia es más valiosa de lo que incluso ellos saben. Ahora es mi deber asegurarme de que esa alianza sea más que un simple contrato. Rovik inclinó la cabeza, estudiando al emperador. - ¿Y ella? ¿Sabe lo que implica? Kaelion se recostó en su silla, sus ojos fijos en el techo como si las respuestas estuvieran allí. - Lo sabrá pronto, pero antes de eso, hay algo que debemos hacer. Rovik alzó una ceja, esperando la explicación. Kaelion se puso de pie, recogiendo la carta de la mesa y guardándola en un cajón. - La llevaremos al palacio esta misma semana. Si los nobles quieren verla, la verán. Y si los reyes de Glen esperan que sea fuerte, me aseguraré de que todos lo sepan. - Entonces, ¿La presentación oficial será en la celebración de tu coronación? Kaelion asintió, sus labios curvándose en una sonrisa que no alcanzó sus ojos. El estratega hablaba. - Exacto. Pero no como una princesa caída. La presentaré como mi emperatriz. Rovik asintió, una sombra de respeto y preocupación cruzando su rostro. - Entonces será mejor que la prepares bien. La corte no será amable con ella. Kaelion miró por la ventana, su expresión endurecida. - Que intenten lo que quieran, pero a partir de ahora, Leocadia no estará sola. Y si alguien se atreve a desafiarla, tendrá que enfrentarse a mí. Kaelion apoyó las manos en la mesa, sus dedos tamborileando ligeramente sobre la madera mientras sus ojos azules se perdían en el horizonte más allá de la ventana. La carta seguía sobre la mesa, pero su mente estaba trabajando más rápido que nunca. Leocadia era más valiosa de lo que incluso los reyes de Glen comprendían. No solo era la llave para reforzar una alianza entre el Imperio y Glen, sino un símbolo que podía usar para consolidar su poder frente a los nobles que todavía lo desafiaban. La habilidad de la familia real de Glen, conocida en todo el continente, podría convertirse en una bendición estratégica tanto como personal, pero había algo más. Algo que lo desconcertaba. Leocadia era más que una herramienta para su juego político. Había algo en su fragilidad aparente, en la forma en que luchaba contra su propio dolor, que lo atraía. Ella era un misterio y Kaelion no podía evitar sentir curiosidad por desentrañarlo. Veía capas más profundas de su personalidad cuando la joven iba confiando en él. Mientras sus pensamientos se enredaban en estas reflexiones, su mandíbula se tensó. No podía permitirse distracciones. Si la corte iba a verla como su consorte, como su emperatriz, entonces debía asegurarse de que estuviera lista para el desafío. Levantó la cabeza y se giró hacia Rovik, quien aún estaba en el despacho, observándolo con una mezcla de paciencia y expectación. - Llama a la boutique imperial, - ordenó Kaelion, su tono firme y directo. - Quiero que preparen un nuevo vestuario para ella. Todo lo necesario: vestidos de gala, atuendos para el día a día y un ajuar completo. Ropa interior y de noche... agradable a mis ojos. Rovik parpadeó, claramente sorprendido por la especificidad de la orden, pero no dijo nada. Solo asintió, acostumbrado a las excentricidades de su emperador. - También trae un mensajero, que sea veloz. Responderé personalmente al rey de Glen. Rovik se inclinó ligeramente antes de salir de la habitación, dejando a Kaelion en el despacho. El emperador volvió a sentarse, tomando un pergamino limpio y una pluma. Mientras esperaba que trajeran la tinta mezclada con oro, su mente seguía trabajando. Leocadia debía ser más que una consorte. Debía ser una fuerza que nadie pudiera ignorar. No solo para los nobles del Imperio, sino también para el mundo que los observaba. Si los reyes de Glen confiaban en él para protegerla, se aseguraría de que ella se convirtiera en alguien que pudiera protegerse a sí misma. Pero mientras escribía las primeras líneas de la respuesta al rey Alaric, una idea persistente lo asaltó: ¿Era solo estrategia, o había algo más detrás de su deseo de fortalecerla? Sacudió la cabeza, apartando ese pensamiento. No podía permitirse esa vulnerabilidad. No ahora.
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