34

1863 Words
Preparando la Expedición El pasillo ya estaba lleno de actividad. Sirvientes apresurados se inclinaban al verlo pasar, mientras los guardias enderezaban sus posturas al sentir su presencia. Kaelion avanzó con pasos firmes hacia el salón de audiencias, su mente ya trabajando en posibles escenarios sobre lo que podría estar ocurriendo en la frontera. Al llegar, encontró a Rovik esperando cerca de la puerta, con una expresión que delataba la seriedad de la situación. - El mensajero ya está dentro. - informó Rovik en voz baja. - Parece que algo importante está ocurriendo en las aldeas cercanas al paso montañoso. Kaelion asintió, ajustando la postura de su capa antes de entrar al salón. - ¿Preparaste lo necesario? - Sí, majestad. El baño estará listo cuando termine aquí. También he solicitado un mapa actualizado de la región. Kaelion le dirigió una mirada de aprobación antes de cruzar las puertas. El salón de audiencias, iluminado por el resplandor de las grandes ventanas, parecía más imponente que nunca. En el centro, un mensajero cubierto de polvo y con una expresión tensa se inclinó profundamente al verlo entrar. Kaelion avanzó hacia su asiento, tomando su lugar con una calma que contrastaba con la inquietud evidente del mensajero. - Habla, - ordenó, su tono cortante pero controlado. - ¿Qué ocurre en la frontera norte? El mensajero levantó la cabeza, tragando saliva antes de responder. - Majestad, hemos recibido informes de actividad inusual cerca de las aldeas en el paso montañoso. Hay señales de movimiento armado... pero no podemos confirmar si es una incursión o algo peor. Kaelion estrechó los ojos, su mente ya calculando posibles respuestas mientras Rovik se acercaba silenciosamente a su lado, listo para ofrecer apoyo. - ¿Algo peor? - preguntó, su voz baja pero cargada de gravedad. El mensajero dudó por un momento antes de responder. - Hay rumores de que uno de los clanes exiliados podría estar detrás de esto, majestad. Los aldeanos dicen haber visto emblemas que no se han usado desde la guerra civil. Kaelion sintió un destello de furia en su interior, pero su rostro permaneció inmutable. - Los exiliados no tienen poder suficiente para desafiarme, - declaró con frialdad. - Pero si creen que pueden probar mi paciencia, aprenderán lo equivocados que están. Se puso de pie, su figura imponente dominando la sala. - Rovik, reúne a los demás para marchar. Quiero un informe detallado de las tropas en la región y una lista de refuerzos disponibles. - A sus órdenes, majestad, - respondió Rovik, inclinando la cabeza antes de salir del salón con rapidez. Kaelion giró su atención de nuevo al mensajero. - Descansa y prepárate para un interrogatorio más detallado. No dejaré ningún cabo suelto en esto. Cuando el mensajero fue escoltado fuera del salón, Kaelion salió con pasos firmes hacia su habitación. La guerra podía haber terminado, pero la amenaza nunca desaparecía del todo. Sin embargo, mientras se dirigía a prepararse, una parte de él no podía evitar pensar en Leocadia, en la seguridad que ahora representaba para él. Y sabía que, independientemente de lo que encontrara en la frontera, haría todo lo necesario para protegerla, junto con el imperio que ambos ahora compartían. Escolta El salón de estrategias del palacio estaba lleno. Los Caballeros de la Orden Dorada, la élite del ejército imperial, habían sido convocados de manera urgente, algo que no ocurría con frecuencia. Sus armaduras doradas resplandecían bajo la luz de las lámparas y sus posturas rígidas reflejaban la tensión del momento. Entre ellos estaba Edward Transa, con la cabeza en alto pero los ojos inquietos. Sabía que el emperador no convocaba a la Orden a menos que la situación lo exigiera, pero también sentía que esta reunión tenía un propósito que le concernía de manera personal. Cuando las puertas se abrieron, un silencio absoluto cayó sobre la sala. Kaelion, vestido con una túnica oscura y su capa imperial, avanzó al centro, seguido de Rovik, quien se mantuvo a un lado con una expresión estoica. - Caballeros, - comenzó Kaelion, su voz resonando en el espacio como un trueno. - Han sido convocados porque el Imperio los necesita. Los hombres intercambiaron miradas rápidas, algunos con expresiones de sorpresa, otros de interés. - Partiremos mañana al amanecer hacia la frontera norte, - continuó Kaelion, con la mirada fija en sus caballeros. - hay movimientos hostiles cerca de las aldeas en el paso montañoso y no pienso esperar a que se conviertan en una amenaza real. El murmullo entre los caballeros fue inevitable. Que el emperador liderara una expedición militar personalmente no era algo común después de la guerra y muchos no pudieron ocultar su asombro. Uno de ellos, un hombre mayor con cicatrices visibles en su rostro dio un paso adelante. - Majestad, con el debido respeto, acaba de casarse. ¿Es prudente abandonar el palacio tan pronto? Kaelion lo miró directamente y aunque su rostro permanecía inmutable, sus ojos mostraban un destello de desafío. - La seguridad del Imperio no espera por ceremonias ni tradiciones. Mi deber es proteger estas tierras y a quienes las habitan. El caballero asintió lentamente, retrocediendo a su lugar, mientras otros permanecían en silencio, aceptando la decisión del emperador. Kaelion continuó, su voz firme: - Rovik escoltará a la emperatriz durante mi ausencia. Sé que estará en buenas manos. La mención de Leocadia provocó algunas miradas más entre los caballeros, pero Kaelion las ignoró. Sus ojos se dirigieron entonces hacia Edward, quien intentaba mantener la compostura. - Edward Transa, - dijo Kaelion, haciendo que el hombre se tensara inmediatamente. - Serás parte de mi escolta personal durante esta misión. Te asigno esta responsabilidad porque quiero verte actuar como el caballero que dices ser. Espero no equivocarme. La declaración cayó como un golpe en el salón. Edward tragó saliva, sintiendo las miradas de sus compañeros sobre él. - Sí, majestad, - respondió finalmente, inclinando la cabeza, aunque el resentimiento ardía detrás de su fachada. Kaelion no mostró ninguna reacción, pero Rovik, observando desde su posición, no pudo evitar una leve sonrisa. El emperador sabía exactamente lo que hacía. - Prepárense, caballeros. Mañana al amanecer, partimos. Quiero que estén listos para enfrentar cualquier cosa. Kaelion giró para marcharse, pero antes de salir del salón, se detuvo y añadió: - La responsabilidad que asumen no es solo la de proteger estas tierras. Es la de proteger todo lo que este Imperio representa. No espero menos que la excelencia de cada uno de ustedes. Cuando las puertas se cerraron tras él, los caballeros comenzaron a discutir en murmullos, algunos mostrando entusiasmo por la misión, otros preocupados por la implicación del viaje del emperador. Edward, sin embargo, permaneció en silencio, su mente ardiendo con preguntas y frustraciones. Kaelion había dejado claro su lugar, pero Edward estaba decidido a demostrar que podía recuperar algo de control. Mientras tanto, Rovik caminaba junto a Kaelion en el pasillo. - ¿Transa? - preguntó Rovik con una ceja levantada. Kaelion sonrió levemente, aunque había un filo en su expresión. - Mantener cerca a tus enemigos es una lección que no se olvida, Rovik. Quiero verlo bajo presión. Quiero saber hasta dónde puede llegar... y hasta dónde puedo controlarlo. Rovik asintió, sabiendo que Kaelion siempre tenía un plan detrás de cada decisión. Esta misión no solo sería un enfrentamiento con las amenazas externas, sino también con las internas. Tienes Que Regresar La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz tenue de una lámpara en la mesita junto a la cama. Leocadia estaba acurrucada contra el pecho de Kaelion, sus dedos dibujando círculos perezosos sobre su piel mientras ambos disfrutaban del breve momento de calma antes del amanecer. Kaelion exhaló profundamente, dejando que la calidez de su cuerpo lo tranquilizara, pero sus pensamientos eran un torbellino. Sabía que la misión en la frontera norte era necesaria, pero la idea de dejarla en el palacio, sola entre los lobos de la corte, lo inquietaba profundamente. - Leo - dijo finalmente, su voz baja, pero cargada de intensidad. Leocadia levantó la cabeza, sus ojos buscando los de él en la penumbra. - ¿Qué ocurre? Kaelion trazó una línea suave por su mejilla con la yema de los dedos, su mirada más vulnerable de lo que ella había visto antes. - Prométeme que no te arriesgarás mientras esté fuera. Sé que eres capaz, pero aún no conoces del todo la dinámica de la corte. Hay quienes te observan, esperando el momento para actuar. Leocadia se quedó en silencio un momento, su mente procesando sus palabras. Sabía que él tenía razón; la corte imperial era un terreno peligroso y, aunque había aprendido mucho, aún era nueva en ese mundo lleno de intrigas y peligros disfrazados de cortesías. - Dorian y Rovik estarán a tu lado - continuó Kaelion, apretándola ligeramente contra él, como si eso pudiera protegerla incluso en su ausencia. - Confío en ellos, pero también sé cómo funciona esto. Habrá quienes intenten probarte, quienes busquen tus debilidades. Leocadia asintió, pero sus ojos brillaron con determinación mientras deslizaba una mano hasta su rostro, obligándolo a mirarla directamente. - Tendré cuidado, Kaelion, te lo prometo, pero solo si tú también lo tienes - dijo, su tono suave pero firme - Eres el emperador, pero también eres mío. Tienes que volver, porque esto no termina aquí. Kaelion frunció el ceño ligeramente, intrigado por sus palabras. - ¿Qué quieres decir? Leocadia esbozó una leve sonrisa, pero había un destello frío en su mirada que hizo que Kaelion entendiera de inmediato. - Tienes que volver para ayudarme a completar mi plan. Todavía hay personas en este palacio y más allá que deben pagar por lo que hicieron. No puedes dejarme sola en esto, Kaelion. Te necesito. Kaelion la miró durante un largo momento, procesando el peso de sus palabras. Había algo en ella, algo feroz y decidido, que lo fascinaba tanto como lo preocupaba. Ella no solo estaba aprendiendo a sobrevivir. Estaba aprendiendo a tomar el control. - Entonces estamos en el mismo dilema. - murmuró finalmente, una leve sonrisa curvando sus labios. - Yo también te necesito como mi emperatriz. Y si alguna vez te arriesgas sin pensar en mí, te aseguro que pagarás las consecuencias. Leocadia soltó una risa suave, aunque sus ojos brillaban con emoción. - ¿Es una amenaza, majestad? Kaelion inclinó la cabeza, sus labios rozando los de ella en un beso lento pero cargado de intención. - Es una promesa. Leocadia respondió al beso, dejando que el calor de sus palabras la envolviera, pero cuando se apartó, habló con una determinación que dejó claro que estaba lista para enfrentar lo que viniera. - Volverás, Kaelion. Y cuando lo hagas, estaremos más cerca de destruir a quienes intentaron destruirme. Kaelion no respondió, pero la intensidad en su mirada fue suficiente para confirmar que entendía. La abrazó con fuerza, dejando que el momento se grabara en su mente antes de que el deber lo arrancara de su lado. Mientras la noche avanzaba, Kaelion se inclinó para cubrirla con su cuerpo una vez más, sabiendo que lo que los unía iba mucho más allá de las palabras. Era un pacto silencioso, un compromiso que los haría imparables juntos.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD