Atención
Los primeros rayos del sol se filtraban a través de las gruesas cortinas de la habitación, bañando los tejidos oscuros con un resplandor cálido. El aire estaba impregnado de un aroma dulce y familiar, una mezcla del perfume de Leocadia y el calor de los cuerpos que compartieron la cama.
Kaelion despertó lentamente, su cuerpo relajado de una manera que no recordaba haber sentido en mucho tiempo. Sus músculos, usualmente tensos por el peso de sus responsabilidades, ahora estaban en calma. Parpadeó, dejando que sus ojos se acostumbraran a la luz mientras su mente revivía los momentos de la noche anterior.
Su mujer estaba a su lado, su cabello claro enredado sobre las almohadas y su respiración tranquila. La sabana apenas cubría su piel desnuda, dejando al descubierto una pierna y parte de su espalda. Kaelion la observó en silencio, sin atreverse a moverse, temiendo romper la magia que todavía parecía flotar en el aire.
La noche había sido más de lo que imaginó que sería.
Al principio, había sido él quien llevó la iniciativa, explorándola con una mezcla de deseo y reverencia, descubriendo cada rincón de su piel, cada susurro y jadeo que escapaba de sus labios, pero pronto, Leocadia había tomado las riendas, guiándolo con una curiosidad y una pasión que lo desarmaron por completo.
Ella lo sorprendió.
Cada caricia, cada beso, había sido una declaración silenciosa de que estaba allí con él por elección, no por obligación. Su cuerpo había respondido al suyo con una intensidad que nunca había experimentado antes y cuando finalmente se rindieron el uno al otro, fue como si el mundo entero desapareciera, dejando solo el calor compartido de sus cuerpos.
Kaelion nunca se permitió ser vulnerable. Era el emperador, el hombre que todos miraban con temor y respeto, pero con ella, en esa cama, había sentido algo diferente. Una conexión más profunda, algo que no podía etiquetar fácilmente.
Su mirada se suavizó mientras seguía observándola. Extendió una mano, dejando que sus dedos rozaran suavemente su hombro, bajando lentamente por su brazo desnudo. La textura de su piel, aún cálida bajo su toque, lo hizo sonreír.
- Leo - susurró, su voz apenas un murmullo.
La mujer se movió ligeramente, un suspiro escapando de sus labios antes de abrir los ojos. Lo miró, todavía adormilada, pero con una sonrisa tranquila que lo desarmó.
- ¿Ya es de día? - preguntó, su voz suave y cargada de la calma que solo el sueño podía dar.
Kaelion asintió, inclinándose hacia ella para besar su frente.
- Sí, pero no tenemos prisa.
Leocadia se giró hacia él, apoyando su cabeza en su pecho mientras deslizaba una mano por su costado, explorándolo de nuevo, como si estuviera memorizando cada línea de su cuerpo.
- ¿Siempre eres tan... generoso? - preguntó con una chispa de diversión en su tono, recordando cómo había insistido en llevarla al clímax más de una vez, como si su único propósito fuera verla rendirse ante el placer.
Kaelion soltó una risa baja, su pecho vibrando bajo su toque.
- Solo contigo, al parecer.
Ella lo miró, su sonrisa transformándose en algo más suave, más íntimo.
- Anoche... fue más de lo que esperaba.
Kaelion deslizó una mano por su espalda, trazando círculos suaves en su piel.
- Para mí también. - admitió, su tono más vulnerable de lo que habría permitido frente a cualquier otra persona.
Leocadia se incorporó ligeramente, apoyando una mano en su pecho mientras lo miraba a los ojos.
- ¿Por qué?
Kaelion la observó, su mirada intensa, pero llena de algo que parecía... gratitud.
- Porque contigo no hay máscaras, Leo. Por primera vez, no tuve que ser el emperador. Anoche, solo fui un hombre.
Ella sintió que su pecho se apretaba, una emoción cálida extendiéndose por su interior. Inclinándose hacia él, lo besó suavemente, dejando que el gesto hablara por ella.
Mientras el sol seguía subiendo, bañando la habitación en luz dorada, Kaelion supo que la noche anterior había marcado un cambio. Leocadia no solo era su consorte. Era su igual, su refugio y la única persona que podía hacerle bajar la guardia.
Y mientras la sostenía en sus brazos, con el calor de su cuerpo aún grabado en su piel, supo que no había vuelta atrás.
- Duerme un poco más...- susurró sobre su cabello.- Estoy aquí.
El resplandor dorado del amanecer iluminaba la habitación, pero Kaelion apenas lo notó. Su atención estaba fija en Leocadia, cuyo cuerpo descansaba plácidamente entre las sábanas. Su cabello desordenado enmarcaba su rostro y sus labios, aún ligeramente hinchados por sus besos, estaban curvados en una pequeña sonrisa que parecía un vestigio del placer que compartieron.
Anoche había sido brutalmente honesto.
Le había dicho que deseaba poseerla, que la quería con un fervor casi primitivo, pero no había pronunciado palabras de amor. No podía. El amor era un terreno peligroso y Kaelion no era un hombre que se permitiera ser vulnerable. No aún.
Se recostó ligeramente, apoyando un brazo bajo su cabeza mientras la observaba dormir. Sus pensamientos vagaron, llevándolo a un tiempo que había mantenido enterrado durante años: su juventud, cuando no era emperador, sino un príncipe exiliado, un niño que había perdido todo.
Había llegado al reino de Glen como un refugiado, huyendo de las garras de su tío. Apenas tenía trece años, pero la carga de la traición y la pérdida ya pesaba sobre sus hombros. Glen le ofreció refugio, pero la corte no le brindó más que miradas de desdén. Un príncipe sin reino no era más que un mendigo con un título.
Excepto por ella.
Leocadia tenía solo siete años entonces, una niña pequeña y curiosa que no entendía del todo quién era ese muchacho silencioso que se quedaba en las sombras del palacio, pero su inocencia y su energía infantil no permitieron que Kaelion permaneciera aislado por mucho tiempo.
La primera vez que interactuaron fue en los jardines.
Kaelion estaba sentado bajo un árbol, leyendo un libro sobre estrategia militar, cuando un carruaje pequeño y tosco se detuvo cerca. Desde dentro salió una niña vestida con un sencillo vestido azul, sus rizos rubios rebotando mientras corría hacia él con una sonrisa despreocupada.
- ¡Hola! - dijo, inclinándose para observarlo con ojos curiosos.
Kaelion levantó la vista del libro, su ceño fruncido reflejando su incomodidad.
- ¿Qué quieres? - preguntó, su tono más brusco de lo que pretendía.
La niña no se inmutó.
- Eres el príncipe de otro reino, ¿verdad? - preguntó con la inocencia de alguien que no entendía el peso de esas palabras.
- No soy príncipe de otro reino - respondió él, volviendo su atención al libro, tratando de ignorarla.
Pero Leocadia no se fue. En cambio, se sentó en el césped frente a él, doblando las piernas bajo su vestido.
- Eso no es verdad, - dijo con firmeza, cruzando los brazos. - Mi mamá dice que, si tienes un título, nadie puede quitártelo. Eres un príncipe.
Kaelion la miró, desconcertado por su insistencia. Nadie más en el palacio lo trataba con tanto respeto, mucho menos con esa terquedad infantil.
- ¿Y por qué te importa?
Leocadia sonrió, una sonrisa amplia y llena de confianza.
- Porque los príncipes son importantes. Y porque tú pareces muy triste. - dijo, inclinando la cabeza como si lo estudiara. - ¿Quieres jugar conmigo?
Kaelion había estado a punto de rechazarla, pero algo en su actitud lo desarmó. Esa pequeña princesa de siete años no lo veía como un refugiado, ni como un fracaso. Solo veía a alguien con quien quería pasar el rato.
Durante los años que siguieron, ella se convirtió en su sombra.
Leocadia lo buscaba en los jardines, en los pasillos del palacio, incluso en la biblioteca. Aunque al principio lo molestaba, con el tiempo comenzó a encontrar su presencia reconfortante. Sus preguntas interminables, su risa y su manera de insistir en que él era importante le dieron algo que había perdido: un sentido de pertenencia.
Pero entonces, todo cambió. Cuando cumplió quince años, Kaelion tuvo que regresar a su reino para reclamar lo que le pertenecía después de que su padre fue asesinado. Esa fue la última vez que la vio antes de su llegada al Imperio como esposa de Edward Transa.
Ahora, mientras la observaba en la cama, esos recuerdos lo golpearon con fuerza.
La niña curiosa y la mujer apasionada eran la misma persona, pero él no era el mismo príncipe exiliado. El niño que había sido, vulnerable y roto, había muerto en el momento en que sostuvo la espada de su tío.
Ahora era el emperador y Leocadia estaba a su lado, aunque el miedo seguía ahí.
El miedo de perderla, de que su propia oscuridad la destruyera. De no ser lo suficiente para ella.
Kaelion alargó una mano, rozando suavemente su mejilla con el dorso de los dedos. Leocadia suspiró en sueños, moviéndose hacia su toque como si su cuerpo lo buscara incluso en la inconsciencia.
- No sé si puedo darte lo que necesitas, Leo, - murmuró, aunque sabía que ella no podía escucharlo - Pero juro que nunca te dejaré caer.
Y mientras el sol seguía alzándose, Kaelion decidió que, aunque el amor no era algo que pudiera darle aún, la protegería con todo lo que era. Porque, de alguna manera, ella lo había salvado una vez y ahora, era su turno de salvarla.