Actúa como Tal
La mañana había comenzado con un caos inusual en la Villa Azul. Dorian y Rovik, acostumbrados a la puntualidad del emperador Kaelion Verithar, habían encontrado su habitación vacía. Al principio, pensaron que simplemente había salido temprano para caminar o atender algún asunto privado, pero la preocupación creció al no encontrarlo en ninguna parte de la villa.
Cuando finalmente notaron que la puerta de la habitación de Leocadia estaba cerrada y sin movimiento, ambos se miraron, incrédulos. Rovik golpeó la puerta de la joven y esta vez, su voz era más firme.
- Kaelion, ¿estás ahí?
Dentro, Kaelion abrió los ojos, un rastro de irritación cruzando su rostro al escuchar los golpes insistentes. Leocadia, aún adormilada, murmuró algo y se acurrucó más entre las sábanas. Kaelion estaba completamente despierto ahora, su mente trabajando rápidamente al darse cuenta de la situación. Había dormido profundamente por primera vez en días, pero estaba claro que su decisión de quedarse con Leocadia no pasaría desapercibida.
El emperador se levantó con cuidado para no despertarla, arreglando ligeramente las sábanas sobre ella antes de dirigirse a la puerta. Cuando la abrió, se encontró con las miradas atónitas de Rovik y Dorian.
- Ah, ahí están mis queridos guardianes del caos. - dijo Kaelion, su tono cargado de sarcasmo.
Rovik lo miró de arriba a abajo. Su camisa estaba arrugada, los botones mal abrochados y su cabello desordenado. La puerta detrás de él, apenas abierta, dejaba entrever la figura de Leocadia en la cama.
- Bueno, parece que tuviste una noche... interesante, - dijo Rovik, cruzándose de brazos con una sonrisa maliciosa.
Dorian, por otro lado, trató de mantener la compostura, aunque el rubor en su rostro lo traicionaba.
- Majestad, esto... esto es inusual.
Kaelion levantó una ceja, como si los comentarios no le afectaran. Luego, apoyó una mano en el marco de la puerta y habló con un tono que dejaba poco espacio para la interpretación.
- Leocadia es mi mujer ahora.
El impacto de esas palabras cayó como una roca. Rovik abrió los ojos sorprendido, mientras Dorian balbuceaba algo ininteligible. Kaelion continuó, su voz más seria ahora, impregnada de autoridad.
- Puede llevar a mi hijo desde hoy. Desde ahora, es su deber protegerla con sus vidas. Si algo le sucede, se lo haré pagar a todos ustedes personalmente. ¿Entendido?
Rovik finalmente encontró las palabras, aunque no podía ocultar su asombro.
- Entendido, Kaelion, aunque podrías habernos avisado.
- Y ¿Por qué debo avisarte cuando duermo con mi mujer?
- Lo siento, majestad.
Kaelion sonrió con un toque de picardía, pero no dijo nada más. Cerró la puerta detrás de él y caminó hacia el pasillo, dejando a sus hombres lidiar con el caos que sus palabras habían sembrado.
Mientras se dirigía al salón principal, Kaelion reflexionó sobre lo que acababa de hacer. Sabía que aprovechar los rumores para blindar a Leocadia era una jugada arriesgada, pero necesaria. Si el imperio la veía como su consorte, los nobles pensarían dos veces antes de atacarla y los enemigos de la corte tendrían un motivo menos para intentar manipularla.
Dentro de la habitación, Leocadia se despertó lentamente, su mente aún desorientada por el descanso profundo cuando escuchó a Kaelion hablar con sus asesores. Al recordar los acontecimientos de la noche anterior, una mezcla de confusión y calidez la invadió. Sabía que algo había cambiado, pero aún no comprendía del todo el alcance de lo que Kaelion había decidido por ambos.
El ruido en el pasillo se intensificó mientras Dorian intentaba recuperar la calma y Rovik soltaba una carcajada.
- Bueno, parece que esto va a ser interesante - murmuró Leocadia en un susurro, un leve rubor cubriendo sus mejillas antes de dejarse caer de nuevo en las almohadas, preguntándose qué haría Kaelion a continuación.
Lo que la joven no sabía, era que en el pasillo frente a la habitación de Leocadia estaba lleno de murmullos. Los sirvientes de la Villa Azul habían comenzado a reunirse, atraídos por los ruidos y rumores que corrían como fuego. Todos habían visto al emperador salir de la habitación de la joven princesa, con su cabello desordenado y la camisa abierta. Algunos se miraban entre sí, compartiendo sonrisas cómplices; otros susurraban teorías en voz baja.
Kaelion se detuvo a medio camino al notar las miradas curiosas y los gestos disimulados. Sus ojos azules recorrieron al grupo con una calma que apenas escondía su irritación.
- ¿Qué hacen aquí? - preguntó, su tono bajo y afilado como una hoja.
Los sirvientes bajaron la mirada, algunos retrocediendo nerviosamente. Kaelion cruzó los brazos, su expresión endureciéndose.
- Preparen un baño en mi habitación - ordenó, su voz resonando en el pasillo como un trueno.
Los sirvientes se apresuraron a cumplir la orden, dispersándose rápidamente. Pero mientras caminaba hacia su habitación, algo en su mente se detuvo. Habían visto demasiado. Sabía cómo funcionaban los rumores. Si no había pruebas de lo que acababa de insinuar frente a Rovik y Dorian, las palabras corrientes se convertirían en cuchillos afilados contra Leocadia.
Con una exhalación pesada, giró sobre sus talones y regresó a la habitación.