La Joven Señora Transa ha Desaparecido
La mansión Transa estaba envuelta en una opaca quietud. Los pasillos, de por sí solemnes, se sentían aún más pesados bajo la presión de lo que ocurría en el despacho del conde. En su interior, Edward Transa estaba de pie frente a un escritorio de roble macizo, rodeado de las personas que, durante años, había considerado figuras de autoridad inquebrantables: su padre, El Conde Ferdinand Transa, sentado detrás de su escritorio y su hermano mayor, Alejandro, en un asiento cercano, quien tenía el semblante serio y calculador de alguien que siempre había asumido que todo en su vida debía seguir un orden.
La madre, Ondra, una mujer elegante, pero de mirada fría, estaba sentada en una silla alta, la expresión de desdén en su rostro ocultando el temor que la situación provocaba. Ella no se atrevía a intervenir; sabía que este no era un asunto de mujeres. Pero su mirada fulminante lo decía todo.
Edward, con las manos metidas en los bolsillos de su uniforme, parecía indiferente a la creciente tensión que llenaba el aire. Había llegado tarde esa mañana después de haberse quedado en el cuartel durante horas, demasiado ocupado con las rutinas del palacio para preocuparse por los rumores que corrían como pólvora en la capital del imperio. No le interesaban las habladurías, ni mucho menos el escándalo que la desaparición de su esposa había causado en la corte. De hecho, ni siquiera había leído los periódicos. ¿Para qué? Estaba demasiado ocupado. Y su esposa, Leocadia, era solo una molestia más.
Pero ahora, con la mirada furiosa de su padre clavada en él y las noticias de su “desaparición” apoderándose de cada rincón de la alta sociedad, se dio cuenta de que había cometido un error.
- Edward... - El conde Ferdinand habló con voz grave, casi temblando de ira. Cada palabra era una ráfaga de desaprobación - ¿En qué demonios estabas pensando? La corte está llena de rumores sobre ti y sobre tu esposa. ¡¿Qué has hecho con ella?!
Edward levantó la mirada y, por un segundo, se permitió observar la ira que iluminaba el rostro de su padre. Siempre había estado acostumbrado a los enfados de su progenitor, pero esta vez era diferente. Algo más serio se respiraba en el aire.
- No sé de qué estás hablando, padre - La indiferencia en su voz era palpable, pero algo en los ojos de Ferdinand lo hizo titubear por un momento - ¿Por qué iba a preocuparme por lo que digan esos idiotas? No he hecho nada.
Alejandro, el hermano mayor, se adelantó, su tono de voz mucho más suave que el de su padre, pero igualmente lleno de desaprobación. Alejandro, el heredero de la familia, el hombre que siempre había hecho todo de acuerdo con las expectativas de su padre y madre. Siempre había sido el hijo perfecto y ahora miraba a Edward con una mezcla de preocupación y frustración.
- No entiendo, Edward. ¿Por qué no te preocupaste de que la situación con Leocadia fuera… adecuada? Todos en la corte han hablado de su desaparición. Incluso los caballeros de la familia han estado buscándote por orden de nuestro padre. - Alejandro hizo una pausa, evaluando a su hermano - Esto no es solo un asunto de la corte, esto pone en peligro el nombre de nuestra familia.
Edward suspiró y, finalmente, se giró para mirar a su hermano. En su mente, ella no era más que una pieza más de un juego que no estaba dispuesto a jugar por más tiempo.
- Está bien, está bien - le dijo con desdén, intentando parecer despreocupado - Leocadia… simplemente… se ha ido. No me interesa lo que piensen los demás. Es lo mejor para ella y para mí.
La mirada de Ferdinand se volvió aún más furiosa, su rostro adquiriendo una palidez de ira contenida. Golpeó el escritorio con tal fuerza que las tazas de té sobre la mesa vibraron.
- ¡Lo mejor para ella, Edward?! ¡Lo mejor para ti es mantener el nombre de esta familia intacto! Lo que tú has hecho es un desastre. Nadie en la corte lo entiende ¿Cómo pudiste dejar que la princesa desapareciera sin explicaciones? Esto no es solo un escándalo, ¡Es una humillación!
Ondra levantó la mano suavemente, como si intentara calmar la tormenta en su interior. Sin embargo, su mirada se mantenía fija en Edward, los ojos fríos y llenos de reprobación.
- ¿De verdad pensaste que nadie se daría cuenta, hijo? La presentaste ayer como tu esposa -Su voz fue gélida - Tu actitud solo refleja lo que todos ya saben: eres irresponsable. Y lo que es peor, le has fallado a la familia de una manera que no puedo perdonar.
Alejandro se cruzó de brazos y miró a Edward como si estuviera observando a alguien que había fallado en algo fundamental. La imagen de Edward, de algún modo, le pareció cada vez más lejana.
- ¿Sabías que los caballeros de nuestra casa han estado buscándote? Incluso fueron al cuartel, preguntando por ti como si fueras un fugitivo. Este comportamiento no puede seguir. - Alejandro hizo una pausa un momento, haciendo un gesto con la mano hacia la ventana -Y lo peor de todo, ni siquiera tienes decencia para dar una explicación a la corte. El rumor está tomando vida propia. Ya ni siquiera importa que la princesa esté desaparecida. Se trata de tu nombre, Edward y el de nuestra familia.
-El emperador pronto nos llamará- dijo su madre - ¿Qué vamos a decir?
Edward observó a su hermano, a su madre y luego a su padre. El desprecio estaba pintado en sus rostros, pero su propio orgullo lo mantenía erguido. No iba a ser el que se humillara.
- Puedo manejarlo -Su voz se alzó un tono, forzando la calma en su interior -Solo déjenme en paz. Ya encontraré una solución.
Pero el silencio que siguió fue denso. Ferdinand, furioso y preocupado por el daño que su hijo había causado a la familia, finalmente se levantó de su asiento con determinación.
- ¡Soluciones! ¡Esto no es algo que puedas manejar por ti mismo, Edward! ¡No más juegos! ¡Si no haces algo pronto, perderás no solo el respeto de la corte, sino también el apoyo de tu propio padre! – gritó Ondra furiosa.
Un largo silencio se cernió sobre la habitación mientras Edward intentaba mantener su fachada de desprecio, pero dentro de él, la creciente sensación de miedo y frustración comenzaba a asomar, aún cuando no lo admitiera.
El silencio seguía pesando sobre el aire y el nerviosismo de Edward era cada vez más evidente, aunque su fachada de indiferencia trataba de mantenerse firme. El reproche de su padre seguía resonando en su mente, pero fue el tono de voz de Alejandro, su hermano mayor, el que finalmente quebró esa frágil calma.
- Edward, ¿Por qué te casaste con ella? - Alejandro habló, su voz suave, pero cargada de una tensión palpable. Sus ojos, que generalmente reflejaban una sabiduría fría, ahora mostraban una curiosidad profunda, como si no entendiera la decisión de su hermano -¿Qué esperabas obtener de este matrimonio? No la amabas. Todos lo sabemos ¿Qué sentido tenía?
La pregunta lo sorprendió, aunque en el fondo sabía que era una interrogante inevitable. Edward miró a su hermano, una mezcla de frustración y arrogancia cruzando su rostro. Durante años, siempre había sido el hermano menor, relegado a un segundo plano, incapaz de igualar la seriedad de Alejandro en todo lo que hacía. Sin embargo, esta vez, la calma de su hermano mayor le parecía casi insoportable. Era un recordatorio constante de que él había fallado en todo lo que esperaba hacer.
- ¿Amarla? - Edward se rio con una falsa despreocupación, cruzando los brazos sobre su pecho - ¿Qué hay que amar en ella, hermano? Es una princesa. Eso es lo único que importa.