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1240 Words
Al abrir la puerta, encontró a Leocadia despierta, sentada en la cama, con el cabello revuelto y las mejillas ligeramente sonrojadas. Sus ojos, aún adormilados, se fijaron en él, llenos de una mezcla de confusión y sorpresa. - ¿Así que ahora me has tomado? - preguntó ella, su tono cargado de sarcasmo, aunque el leve temblor en su voz delataba su nerviosismo. Kaelion cerró la puerta tras él con calma, apoyándose en ella mientras la observaba con intensidad. - Lo siento, - dijo, su voz baja, pero firme. - No me gusta que me cuestionen o que duden de mí. Leocadia frunció el ceño, cruzándose de brazos. - ¿Y qué quieres decir con eso? Kaelion avanzó hacia ella, su mirada fija en la suya. - ¿Crees que me creerán si digo que nada pasó anoche, cuando salí de tu habitación? Soy un hombre y tú eres hermosa. Tendría que ser una piedra para no tocarte. Leocadia lo miró, su rostro enrojeciendo por completo ante sus palabras. - ¿Entonces ese será el juego? Que me deseas. Kaelion sonrió, ladeando ligeramente la cabeza. - Puedo ser descarado cuando quiero. Si la lujuria me domina, nadie se atreverá a tocarte. - Se inclinó ligeramente hacia ella, bajando la voz. - Nuestro matrimonio será tu cubierta para lograr tu objetivo, pero como me han visto aquí, tendremos que ser convincentes. Muy convincentes. Antes de que Leocadia pudiera replicar, Kaelion tomó un abrecartas de la mesa cercana. Con un movimiento rápido y preciso, cortó su palma, dejando que la sangre cayera sobre las sábanas blancas. - ¡Kaelion! - exclamó Leocadia, sobresaltada por el gesto. - Calla - ordenó con suavidad, aunque su tono no admitía discusión - Necesitamos pruebas. Mientras ella lo miraba, todavía atónita, Kaelion tomó el borde de su camisón y lo rasgó ligeramente en el hombro, dejando al descubierto su piel pálida. - ¡¿Qué estás haciendo?! - gritó ella, intentando cubrirse. - Quédate quieta - dijo él, su voz ahora más baja, cargada de una extraña mezcla de autoridad y algo más que no quiso nombrar. Kaelion se inclinó hacia ella, su aliento cálido rozando su cuello mientras dejaba una serie de besos cargados que se transformaron en marcas visibles. Su piel se estremeció bajo su toque y el leve jadeo que escapó de sus labios hizo que él se detuviera por un instante, sus ojos fijos en ella. Leocadia, con las mejillas enrojecidas, lo miró sin saber qué decir. Su corazón latía con fuerza, no sólo por la situación, sino por el hombre que ahora estaba tan cerca de ella. Nunca lo había visto así y el deseo latente en su mirada la desconcertaba tanto como la asustaba. Kaelion, por su parte, sintió que su control tambaleaba. La cercanía de Leocadia, el calor de su piel y la forma en que su cuerpo había cambiado, ya no sólo el de una joven, sino el de una mujer, lo desconcertaron. No debía sentir esto, no debía permitirse esta vulnerabilidad, pero allí estaba, atrapado entre su deber y un deseo que no esperaba. Cuando terminó, se inclinó para susurrarle al oído: - Si un hombre te desea, no podrá quitarte las manos de encima. Tu cuerpo mostrará marcas de amor. Y ahora... nadie dudará de lo que pasó esta noche. Leocadia lo miró fijamente, sin palabras. Había algo en sus ojos, algo más allá de la estrategia y el deber, que la hizo dudar de sus propias emociones. Kaelion se levantó, ajustándose la camisa con movimientos deliberados. Antes de salir de la habitación, se giró para mirarla una última vez, su voz baja, pero cargada de promesas: - Eres mi mujer ahora. Actúa como tal. Y con esas palabras, cerró la puerta detrás de él, dejando a Leocadia sola, confundida, pero con una nueva determinación ardiendo en su interior. Apenas Kaelion cruzó la puerta, sus palabras resonaron en su mente, envolviéndola en una mezcla de frustración y confusión. Se levantó de la cama, ajustando como pudo el camisón rasgado y abrió la puerta con un movimiento brusco. - ¡Espera! - lo llamó, su voz resonando en el pasillo. Kaelion, que apenas había avanzado unos pasos, se giró con una expresión de paciencia calculada, como si hubiera estado esperando esto. - ¿Qué significa eso de “Eres mi mujer ahora”? - preguntó ella, cruzándose de brazos - Yo no sé... yo no entiendo qué esperas de mí. Kaelion dejó escapar un suspiro, pero en lugar de molestarse, una sonrisa cargada de descaro se dibujó en sus labios. Dio un paso hacia ella, sus ojos azules fijos en los suyos y cuando habló, lo hizo con un tono bajo y peligroso, cargado de intención. - Significa, Leocadia, que eres mía. Que todo aquel que te mire, piense dos veces antes de acercarse. Que nadie podrá tocarte sin enfrentarme primero. Ella parpadeó, desconcertada por la intensidad de sus palabras, pero él no había terminado. Dio otro paso, acortando la distancia entre ellos. - Significa que, si alguien duda de tu posición, yo seré quien lo ponga en su lugar. Y si alguien intenta cuestionar lo que eres para mí, le recordaré que yo, el emperador, tengo derecho sobre cada centímetro de tu ser. Leocadia sintió cómo su rostro ardía ante sus palabras, pero algo en su interior se rebelaba. - Eso es muy... conveniente para ti. Pero yo no pedí esto. Kaelion ladeó la cabeza, su sonrisa volviéndose aún más descarada. - Tampoco lo pedí yo, pero aquí estamos. Ella abrió la boca para replicar, pero Kaelion levantó una mano para detenerla. - Escucha, Leocadia. Sé que esto no era lo que esperabas, pero te guste o no, ahora estamos en el mismo barco. Y ese barco está a punto de navegar directamente hacia el centro de la tormenta. - ¿Qué quieres decir? - preguntó ella, entrecerrando los ojos. Kaelion se inclinó ligeramente hacia adelante, su aliento cálido rozando el borde de su oído. - Significa que te llevaré al palacio, como mi esposa. Te presentaré ante la corte y los nobles, y juntos pondremos a todos en su lugar. Leocadia retrocedió un paso, sorprendida. - ¿Al palacio? ¿Así, de repente? Kaelion asintió con calma, sus ojos aún fijos en los suyos. - No hay tiempo para dudas, Leocadia. El aniversario de mi coronación es en dos semanas y tú serás la estrella de esa noche. - ¿Iré contigo? Ella sintió que su corazón latía con fuerza, tanto por la idea de enfrentarse a la corte imperial como por la forma en que él la miraba, como si no hubiera nada que no pudiera lograr. - ¿Y qué se supone que haga? - preguntó finalmente, su voz apenas un susurro. Kaelion sonrió una vez más, pero esta vez, había algo genuino en su expresión. - Actúa como mi mujer, Leocadia. Con todo lo que eso implica. Déjame ocuparme de los demás, pero asegúrate de que nadie, ni por un segundo, dude de quién eres. Antes de que ella pudiera responder, Kaelion volvió a girarse, avanzando por el pasillo con paso decidido. Leocadia, aún en la puerta, lo observó marcharse, su mente llena de preguntas y su pecho ardiendo con una mezcla de temor y desafío. Sabía que la tormenta que Kaelion mencionaba no sería fácil de enfrentar, pero algo en su interior le dijo que estaba lista para el reto.
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