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1966 Words
Crisis El despacho de Kaelion en la Villa Azul era un espacio austero, pero imponente. Las paredes estaban decoradas con mapas del Imperio y en el centro de la habitación se alzaba un gran escritorio de madera oscura, cargado de documentos y sellos oficiales. Sin embargo, el ambiente tranquilo de la villa fue perturbado cuando Kaelion, solo en su oficina, comenzó a sentir los primeros indicios de otra crisis. Estaba revisando un informe cuando un calor sofocante comenzó a subir por su pecho. Al principio, intentó ignorarlo, concentrándose en las palabras escritas frente a él, pero el ardor creció rápidamente, expandiéndose como un incendio que consumía su cuerpo desde adentro. Su respiración se volvió errática y su mano, temblando, dejó caer la pluma que sostenía. Se llevó una mano al pecho, donde el fuego parecía concentrarse con más intensidad y su visión comenzó a oscurecerse en los bordes. - No, no ahora... - gruñó entre dientes, su voz un susurro apenas audible. Con esfuerzo, abrió un cajón del escritorio y sacó el pequeño frasco de elixir que siempre llevaba consigo. Sus dedos temblaban tanto que casi lo dejó caer. Logró destapar el frasco y tomó un sorbo del líquido amargo, cerrando los ojos mientras esperaba que el efecto comenzara. Pero esta vez, el alivio no llegó de inmediato. El calor continuaba creciendo y su cuerpo entero estaba tenso, como si estuviera a punto de romperse. Se inclinó sobre el escritorio, jadeando, mientras pequeñas gotas de sudor caían de su frente. Desde fuera del despacho, Leocadia, que se dirigía a hablar con él, se detuvo al escuchar un ruido extraño. Con cuidado, tocó la puerta ligeramente. - Kaelion, ¿Puedo entrar? - preguntó, su voz tímida, pero clara. No hubo respuesta, sólo un sonido ahogado, como un gruñido. La inquietud comenzó a crecer en su pecho, y empujó la puerta lentamente para entreabrirla. La escena que vio la dejó paralizada. Kaelion estaba inclinado sobre el escritorio, su respiración pesada y descontrolada. Su rostro, normalmente impasible, estaba marcado por una mezcla de dolor y furia contenida. El frasco de elixir estaba en su mano, pero sus dedos lo apretaban con tal fuerza que parecía a punto de romperlo. Leocadia dio un paso hacia atrás instintivamente, asustada por la intensidad de lo que estaba presenciando. - Kaelion... - murmuró, pero su voz fue apenas un susurro. Antes de que pudiera decidir si entrar o quedarse, Kaelion dejó escapar un gruñido bajo, su cuerpo temblando mientras trataba de estabilizarse. El calor en la habitación era palpable, como si su aura se estuviera manifestando físicamente y Leocadia sintió que el aire a su alrededor se volvía opresivo. El miedo la dominó. No sabía qué estaba pasando, pero todo en su instinto le decía que no debía quedarse. Cerró la puerta con cuidado y retrocedió por el pasillo, su corazón latiendo con fuerza en su pecho. - ¿Qué le está pasando? - susurró para sí misma, apoyándose contra la pared para recuperar el aliento. Por un momento, pensó en regresar, pero el recuerdo de la intensidad en los ojos de Kaelion, de su lucha contra un enemigo invisible, la hizo desistir. Se alejó del despacho, con la mente llena de preguntas y una sensación de inquietud que no podía sacudirse. Dentro de la oficina, Kaelion finalmente comenzó a sentir cómo el elixir hacía efecto, enfriando poco a poco el fuego que lo consumía. Aún jadeando, se dejó caer en la silla, cerrando los ojos mientras el sudor bajaba por sus sienes. Sabía que alguien había estado en la puerta, pero en ese momento, no tenía fuerzas para preocuparse por ello. - No pueden saberlo... nadie puede saberlo - murmuró, su voz apenas un eco en la habitación vacía. Al mismo tiempo, Leocadia caminaba hacia su habitación. No podía quitarse de la cabeza lo que había visto en el despacho de Kaelion. Aunque había intentado continuar con su día, sus pensamientos volvían una y otra vez al recuerdo de su rostro, contorsionado por el dolor y al aire opresivo que parecía emanar de él. Era como si todo lo que había creído saber sobre el imponente emperador se hubiera desmoronado en un instante. Buscando Respuestas Esa noche, mientras estaba sentada en su habitación, el silencio de la villa la rodeaba, pero su mente no encontraba calma. Caminó de un lado a otro, mordiéndose el labio mientras reflexionaba. Había algo profundamente perturbador en la escena que había presenciado, pero también algo... humano. Por primera vez, Kaelion no le había parecido invulnerable. Ni siquiera cuando había vivido en el reino de Glen había mostrado debilidad alguna a pesar de ser un joven príncipe. Finalmente, tomó una decisión. Se levantó y salió de su habitación, caminando por los pasillos hasta encontrar a Rovik, quien estaba de guardia cerca del despacho de Kaelion. - Quiero hablar con el emperador - dijo, su voz firme, aunque una pizca de duda aún se filtraba en sus palabras. Rovik la observó con una mezcla de sorpresa y cautela. Sabía que Kaelion estaba descansando tras su última crisis y, aunque normalmente no permitiría que nadie lo interrumpiera, algo en la determinación de Leocadia lo hizo dudar. - No creo que sea el mejor momento, princesa - respondió Rovik, manteniendo su tono respetuoso. - No estoy pidiendo permiso, Sir Rovik. Necesito respuestas y las necesito ahora. Rovik suspiró, cruzando los brazos mientras se colocaba frente a la puerta. - Si realmente quiere ayudarlo, entonces mantenga su distancia. El emperador no está en condiciones de hablar en este momento. Hay cosas que no está listo para compartir, ni siquiera con usted. Forzarlo a hablar solo empeorará las cosas. Leocadia lo miró fijamente, tratando de descifrar el significado detrás de sus palabras. Finalmente, dejó escapar un suspiro, aceptando que no iba a obtener respuestas de Kaelion esa noche. - Entonces dígame usted, Rovik. ¿Qué le pasa? El escolta bajó la mirada por un momento, como si estuviera considerando cuidadosamente sus palabras. - No puedo hablar de lo que no me corresponde - dijo finalmente. - Pero supongo que fue usted a quien el emperador escuchó esta tarde…lo que vio... no es la primera vez que sucede. Es una carga que Kaelion ha llevado durante toda su vida. Una carga que lo ha convertido en el hombre que es hoy. Leocadia se cruzó de brazos, su mente trabajando rápidamente para conectar las piezas. - ¿Es peligroso? ¿Para los demás? ¿Para sí mismo? Rovik la miró directamente a los ojos, su expresión seria. - Solo para él, pero eso no significa que no lo consuma, poco a poco. Leocadia asintió, aunque las respuestas de Rovik solo habían despertado más preguntas. - Lo único que sé, princesa, es que, si realmente quiere ayudarlo, no lo enfrente como si fuera un extraño o el emperador. Leocadia se quedó en silencio un momento, dejando que las palabras de Rovik calaran en su mente. Luego, se giró y lo observó, más decidida que nunca a descubrir la verdad. - Si él cree que puede cargar con todo solo, está equivocado - murmuró para sí misma - Yo también he llevado cargas que creí insuperables. Si él no me dice qué sucede, encontraré otra manera de saberlo. - Alteza, el emperador no lo dirá, pero necesita a alguien que lo comprenda y lo vea por si mismo. Alguien en quien pueda confiar. Usted pronto será su esposa…y tendrá que decidir que tipo de matrimonio quiere esta vez… Leocadia bajó la mirada, procesando las palabras de Rovik. Su tono firme, aunque no carente de respeto, la hizo sentirse pequeña por un momento, como si su presencia añadiera un peso innecesario sobre los hombros ya cargados de Kaelion. - Princesa, necesito que sea discreta - continuó Rovik, su voz baja pero cargada de gravedad. - El emperador está bajo mucha presión en este momento. La resistencia de los nobles sigue creciendo y el aniversario de su coronación se acerca. Es un recordatorio constante de la guerra civil que terminó con él en el trono, pero no de la paz que muchos aún se niegan a aceptar. Leocadia levantó la vista, su expresión dolida. - ¿Y protegerme lo está estresando aún más? Rovik asintió lentamente, sus ojos reflejando una mezcla de empatía y sinceridad. - Sí. Pero no por usted como persona, sino por lo que representa. Traerla aquí fue una decisión que cambió la dinámica del Imperio. Cada movimiento que hace está siendo observado por quienes buscan cualquier oportunidad para atacarlo. Las palabras de Rovik cayeron pesadas en el corazón de Leocadia. Sintió una punzada de dolor al darse cuenta de que, sin quererlo, estaba contribuyendo al sufrimiento de Kaelion. Pero esa sensación pronto fue reemplazada por otra: una chispa de determinación que comenzó a crecer en su interior. - No puedo seguir así - dijo finalmente, su voz más firme. - No puedo esconderme detrás de él mientras carga con todo. Si quiere protegerme, debo convertirme en alguien que valga la pena proteger. Debo hacerme más fuerte. Rovik la observó por un momento, evaluando el cambio en su expresión. Finalmente, asintió, como si aceptara la resolución en sus palabras. - Eso es algo que él respetará, princesa, pero tenga cuidado. La fuerza no siempre significa enfrentarse al peligro de frente. A veces, es saber cuándo actuar y cuándo esperar. Leocadia asintió, pero su mente ya estaba trabajando en un plan. - Rovik, mencionaste el aniversario de su coronación. ¿Cuándo será? El escolta frunció el ceño, preguntándose por qué querría saber eso, pero respondió de todos modos. - En dos semanas. Habrá una celebración en el palacio. Es un evento importante, lleno de nobles y dignatarios de todo el Imperio. Leocadia asintió, su mirada ahora resuelta. - Quiero participar. - ¿Participar? - repitió Rovik, claramente sorprendido. - Sí - dijo ella con firmeza - No puedo quedarme al margen, observando cómo todos juzgan mis acciones desde lejos. Necesito conocer este Imperio, a su gente, a sus costumbres. Y si voy a empezar a fortalecerme, este es el momento. Rovik cruzó los brazos, claramente pensativo. - Es un evento delicado. Cada palabra, cada movimiento será analizado. Si está decidida, necesitará más que determinación. Necesitará preparación. Leocadia lo miró directamente a los ojos, sus palabras cargadas de honestidad. - Entonces ayúdame. No conozco este Imperio ni a su gente, pero tú sí. Enséñame lo que debo saber. Ayúdame a convertirme en alguien que pueda estar a la altura. Rovik la miró fijamente, su expresión seria. Finalmente, dejó escapar un suspiro y asintió. - Está bien, princesa. Si esto es lo que realmente desea, la ayudaré. Pero debe prometerme algo. - ¿Qué? - Sea prudente. No todo lo que verá o escuchará será agradable, pero debe mantenerse firme. Este camino que está eligiendo no será fácil. Leocadia sonrió débilmente, pero había una chispa de esperanza en sus ojos. - No espero que sea fácil. Pero si voy a ser parte de este mundo, debo aprender a enfrentar sus desafíos y ayudar a Kaelion. Rovik inclinó ligeramente la cabeza, reconociendo su determinación. - Entonces comencemos. Tenemos mucho que preparar antes del aniversario. Mientras Rovik comenzaba a explicarle los primeros pasos, Leocadia sintió por primera vez en mucho tiempo que estaba tomando el control de su destino. Sabía que el camino sería duro, pero también sabía que no estaba sola en esta nueva etapa de su vida. Esa noche, mientras el silencio volvía a envolver la villa, algo cambió en Leocadia. La imagen de Kaelion, vulnerable y humano, ya no le provocaba miedo, sino una extraña determinación. Había llegado al Imperio sintiéndose perdida, pero ahora tenía un propósito: no solo entender al hombre que había jurado protegerla, sino encontrar una manera de equilibrar el poder que tanto lo atormentaba.
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