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1010 Words
Dentro del palacio, la quietud era imponente. Leocadia había estado en un sueño profundo, su cuerpo agotado por el esfuerzo, el precio que pagó por tocar y usar esa energía tan vasta. La fiebre no había cedido y su respiración había sido irregular, casi como si su alma estuviera batallando por encontrar su lugar nuevamente. Durante toda la noche, Kaelion se había mantenido a su lado, sin poder apartarse, su mirada fija en su esposa, su rostro aliviado solo por momentos cuando ella parecía relajarse en su descanso. Fue en la madrugada, cuando el silencio del palacio parecía envolverlo todo, cuando Kaelion observó un cambio sutil, casi imperceptible, en el rostro de Leocadia. Su respiración se volvió más tranquila y su fiebre, que había sido alta, comenzó a ceder. El sudor que cubría su frente desapareció y su piel recobró un tono más saludable. Al principio, Kaelion pensó que era solo un sueño pasajero, pero pronto notó cómo sus párpados comenzaron a moverse ligeramente, como si Leocadia estuviera despertando lentamente. Y entonces, finalmente, sus ojos se abrieron. - ¿Kael? - susurró, su voz aún quebrada por el cansancio, pero reconocible, llena de ese tono sereno que siempre la caracterizó. Se llevó una mano a la frente, tocando su piel aún cálida y luego miró a su alrededor con confusión. No era consciente del revuelo afuera, ni de los murmullos sobre su conexión con Nerias. Solo sentía el peso de la calma que, por fin, había llegado a su cuerpo. Kaelion, aliviado, pero preocupado, se inclinó hacia ella, tomando su mano con suavidad. - Te has desmayado, Leocadia. Estaba preocupado - El tono de su voz era suave, aunque la intensidad de su mirada reflejaba la preocupación profunda que había sentido. Leocadia sonrió débilmente, mirando las flores que comenzaban a llenar la habitación, como si de alguna manera supiera que, aunque el templo había sido un lugar de intervención divina, el verdadero milagro había sido el efecto que su presencia había causado en la gente. Sin embargo, las palabras de Nerias o la interpretación de ellas, se quedaron flotando en su mente. - ¿El poder...? - comenzó, pero su voz se quebró al recordar el último momento claro que había tenido. Cuando las manos de la estatua brillaron y ella había sentido la conexión con Nerias, cuando todo pareció suceder tan rápido que no tuvo tiempo de procesarlo. Kaelion asintió, observando su expresión con una mezcla de respeto y cautela. - Nerias escuchó tus palabras, Leocadia. La gente... Todos creyeron que fue un milagro. No sabían que el poder... venía de ti. - Pausó, mirando hacia la puerta donde los sirvientes que se habían reunido, esperando noticias, antes de mirar a su esposa con una sonrisa cargada de complicidad - Pero no te preocupes, ni la gente ni los sacerdotes lo asocian directamente contigo. Ellos creen que fue la estatua quien los sanó. Aunque... hay quienes susurran sobre tu vínculo con Nerias por tu familia. Leocadia, aunque aún cansada, frunció el ceño, sorprendida por las implicaciones de esas palabras. Sin embargo, su expresión cambió rápidamente cuando notó la sonrisa de Kaelion. - ¿Qué está pasando? - preguntó con un dejo de curiosidad. - El pueblo... los plebeyos, la gente sencilla, están dejando flores y obsequios en las puertas del palacio. Y parece que tú has sido su salvadora, al menos a sus ojos. Kaelion se rio suavemente, una risa que contenía una mezcla de orgullo y algo de diversión al ver la sorpresa en el rostro de su esposa. Leocadia sonrió levemente, aunque aún algo confundida. - No... no creo que eso haya sido mío, Kael - Su voz, aunque débil, tenía la firmeza de alguien que sabía que el poder recibido de Nerias era solo un canal, no algo que perteneciera solo a ella. - Fue la estatua... y el poder de Nerias. Pero... ellos deben saber que no todo es tan sencillo. Kaelion se acercó, apoyándose suavemente en el borde de su cama mientras tomaba su mano. - Sé que no fue algo sencillo, pero eso no cambia lo que ocurrió. Estuviste dispuesta a ayudar, a arriesgarte por ellos y eso ha cambiado todo. La gente ya no te ve solo como la emperatriz, sino como alguien más. Alguien con un poder... que solo puede venir de algo divino. Leocadia suspiró, cerrando los ojos por un momento. Sabía lo que eso significaba, las repercusiones que eso traería para ella y para el imperio, pero también entendía que había sido una intervención divina. Nerias había escogido escucharla, tal vez porque veía algo en ella que no solo era el deber de una emperatriz, sino el verdadero deseo de ayudar, sin egoísmo ni segundas intenciones. - Kael... - comenzó, mirando a su esposo con más claridad ahora. - Necesito aprender a manejar esto. No puedo... no quiero que me vean solo como una herramienta de poder. Kaelion, escuchando sus palabras, asintió con comprensión. Sabía que su esposa no buscaba fama ni reconocimiento. Y, aunque su poder y su vínculo con Nerias no era algo que pudieran ignorar, él estaba dispuesto a ayudarla a controlar ese don, para que nunca lo usara en su contra o fuera malinterpretado. - Lo haremos juntos, Leo. - Le sonrió con ternura. - Te protegeré de los peligros que esto conlleva. Y te ayudaré a aprender a manejar tu poder, pero, por ahora, debes descansar. Ya tendrás tiempo para aprender. Leocadia lo miró con gratitud, pero también con una determinación en sus ojos. - Lo sé, Kael, pero por ahora, también tengo que asegurarme de que Nerias no se haya equivocado al confiar en mí. - Creo que eligió bien. – le dijo besándola en los labios – Trata de dormir. Vendré más tarde. Kaelion se retiró de la habitación de Leocadia, dejando a Milena a su lado mientras ella descansaba. La preocupación seguía pesando sobre él, pero tenía que asegurarse de que su esposa no corriera más riesgos. Tenía que hacer algo y por eso se dirigió al despacho del médico imperial.
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