Orden Imperial
El carruaje se detuvo frente a la villa privada, rodeada por altos cipreses que ocultaban su ubicación de las miradas indiscretas. Kaelion Verithar descendió rápidamente, su capa oscura ondeando a sus espaldas mientras subía las escaleras de la entrada. La mansión, aunque discreta, emanaba el aire de un refugio cuidadosamente seleccionado, alejado de la vorágine de la corte y sus rumores.
En la puerta, Rovik aguardaba con gesto preocupado, pero no dijo nada mientras su emperador pasaba a grandes zancadas. Kaelion no se detuvo hasta llegar al pasillo principal, donde un hombre bajo y delgado, vestido con el atuendo sobrio de un médico, lo esperaba. El rostro del médico reflejaba una mezcla de tensión profesional y algo más: una sombra de compasión que a Kaelion no le gustó.
- ¿Cómo está? - preguntó Kaelion, deteniéndose frente a él, su voz baja pero cargada de autoridad.
El médico inclinó la cabeza en un saludo respetuoso antes de hablar.
- Majestad, la dama está descansando, pero debo ser franco. Su estado es delicado. - Sacó un pequeño cuaderno de notas, hojeándolo antes de continuar. - Está desnutrida, con signos evidentes de abuso físico prolongado. Las marcas en su espalda y extremidades sugieren golpes recientes, algunos graves. Hay hematomas que apenas están comenzando a sanar. Y aunque físicamente está fuera de peligro inmediato, el maltrato ha dejado cicatrices profundas que no se curan con facilidad.
Kaelion apretó los puños, sus labios tensándose en una línea fina. Había anticipado que Leocadia no estaría bien, pero escuchar el desglose clínico del médico hizo que algo oscuro se agitara en su pecho.
- ¿Qué necesita? - preguntó con voz firme, obligándose a mantener la calma.
- Comida nutritiva, descanso y tiempo. Mucho tiempo. - El médico guardó su libreta. - Pero también necesita sentirse segura. Majestad, su cuerpo sanará eventualmente, pero lo que le han hecho a su espíritu... eso requerirá algo más que cuidados médicos.
Kaelion asintió bruscamente. Sin decir nada más, empujó la puerta que conducía a la habitación de Leocadia. El aire en el interior era cálido y la luz del mediodía se filtraba suavemente por las cortinas entreabiertas. Ella estaba acostada en la cama, su figura cubierta por sábanas ligeras, pero incluso desde la distancia, él podía ver la palidez de su piel, los rasgos afilados de su rostro por la falta de alimento, las sombras bajo sus ojos.
Se acercó en silencio, sus pasos amortiguados por la alfombra. Se detuvo junto a la cama, observándola dormir. Había algo tan frágil en su apariencia que lo hizo sentirse impotente, una sensación que no era habitual en él. Era un emperador, un hombre que había enfrentado guerras y complots, pero esta batalla era diferente.
Leocadia se movió ligeramente, dejando escapar un suave quejido que lo hizo fruncir el ceño. Instintivamente, extendió una mano, pero se detuvo a medio camino, temiendo despertarla. Observó las vendas que asomaban por debajo de la ropa ligera que le había proporcionado la servidumbre de la villa.
- Lo que te han hecho... - susurró, su voz apenas audible, cargada de algo entre culpa y rabia contenida.
Los ojos de Leocadia se abrieron lentamente, parpadeando mientras enfocaban la figura alta y oscura de Kaelion. Por un momento, su mirada mostró confusión, como si no pudiera reconocer donde estaba ni quien estaba junto a ella. Luego, un destello de alivio cruzó sus ojos.
- Kael... - su voz era un susurro débil, roto por el cansancio.
Se inclinó ligeramente, permitiéndose acercarse un poco más.
- Estoy aquí - dijo con firmeza, aunque en su interior sentía un torbellino de emociones. - Nada te dañara mientras yo lo pueda impedir.
Leocadia intentó incorporarse, pero el dolor la hizo detenerse y Kaelion inmediatamente colocó una mano sobre su hombro para evitar que lo intentara.
- No, no te esfuerces. Necesitas descansar.
Ella lo miró fijamente, sus ojos llenos de algo más que agotamiento. Había desconfianza, había miedo, pero también había una chispa de algo más. Quizás gratitud, quizás esperanza.
- Por qué haces esto? – le preguntó, su voz temblorosa.
Kaelion sostuvo su mirada, sin apartarse ni por un instante.
- Porque quiero hacerlo.
Leocadia cerró los ojos de nuevo, demasiado cansada para seguir hablando. Kaelion se quedó ahí, sentado junto a la cama, observándola mientras respiraba lenta y profundamente. La promesa que había hecho no sería fácil de cumplir, pero en ese momento, sabía que haría lo que fuera necesario para restaurar lo que los otros habían destruido.
Fuera de la habitación, Rovik y el médico esperaban en silencio. La tensión en sus rostros era evidente, pero ambos sabían que Kaelion no aceptaría que nada, ni siquiera el peso de los rumores o la oposición de los Transa, le impidiera protegerla.