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1984 Words
El despacho de Kaelion Verithar, un espacio amplio y decorado con austeridad imperial, estaba cargado de un silencio tenso. Sobre su escritorio, hecho de madera oscura pulida, yacía un montón de periódicos perfectamente ordenados, aunque el contenido era cualquier cosa menos tranquilo. Los titulares, algunos impresos en tinta roja para enfatizar la gravedad de la noticia, gritaban lo que las calles del Imperio ya murmuraban: la desaparición de la esposa del joven Transa, una princesa extranjera humillada en su breve estancia. Kaelion estaba de pie junto a una ventana alta, su figura imponente recortada contra la luz tenue del atardecer. Vestía una túnica negra con bordados de hilo plateado, el uniforme informal que usaba cuando estaba fuera del campo de batalla. Sus ojos grises repasaban los titulares con una calma aparente que sólo sus más cercanos podían identificar como peligrosa. A un lado, su secretario, Dorian Lareth, un conde de aspecto delgado con cabello oscuro peinado hacia atrás y lentes de montura dorada y Rovik Tharun, su jefe de escoltas y amigo, un soldado veterano de mirada severa y cicatrices que hablaban de su lealtad, lo observaban en silencio. Ambos habían servido a Kaelion durante años y sabían leer sus estados de ánimo con precisión. En ese momento, la tensión en sus cuerpos traicionaba su desaprobación. - ¿Qué opinan? - preguntó Kaelion, sin apartar la mirada de los periódicos. Su voz, grave y pausada, rompió el silencio con el peso de una orden. Dorian fue el primero en hablar, como siempre. Era su papel ofrecer las palabras diplomáticas que suavizaban la franqueza de Rovik. - Mi señor, la situación es delicada. El Imperio no puede permitirse que las humillaciones domésticas de una casa noble lleguen a opacar la imagen de estabilidad que usted ha trabajado para construir. La corte habla y con ella, los ciudadanos. Kaelion asintió, como si esas palabras ya hubieran cruzado su mente. Luego, se giró hacia Rovik, cuya expresión de desaprobación no había cambiado desde que entraron. - ¿Y tú, Rovik? Habla claro. El soldado se cruzó de brazos, sus ojos oscuros brillando con intensidad. - Esto es un desastre, Majestad. Si quería discreción, llevarla a su mansión privada no fue el movimiento más sabio. Ahora todos saben que usted está involucrado y los Transa no tardarán en buscar venganza por lo que perciben como una afrenta. Kaelion sonrió de lado, un gesto casi imperceptible que no llegó a sus ojos. - ¿Venganza? Que lo intenten. Edward Transa no podría enfrentarse ni a un niño armado con un palo. Y Alejandro... - Su voz se endureció - ... Alejandro tiene suficientes problemas manteniendo a su familia a flote como para perder el tiempo conmigo. - Eso no cambia el hecho de que esta situación es inflamable - intervino Dorian, su tono cauteloso - Si los Transa deciden usar esto en su contra, podrían alinearse con otras casas descontentas. El equilibrio político del Imperio no es tan firme como lo parece. Kaelion volvió a sentarse, recargándose en su silla de respaldo alto. Tomó uno de los periódicos, observando el titular principal: “La Princesa Perdida: ¿Secuestro o Huida?” - Ellos no saben nada - dijo con frialdad - Sospechan, murmuran, pero no tienen pruebas. Y mientras tanto, la corte estará demasiado ocupada regodeándose en este escándalo como para conspirar seriamente contra mí. Dorian intercambió una mirada con Rovik, pero ninguno de los dos replicó. Conocían bien la mente estratégica de Kaelion; si él creía que podía controlar la narrativa, probablemente lo haría. Sin embargo, los riesgos seguían presentes, y la audacia de su emperador era tanto su mayor fortaleza como debilidad. Kaelion dejó el periódico sobre la pila con un gesto decidido. - La princesa Leocadia D’Aurial estará a salvo bajo mi protección. Los Transa pueden hacer sus juegos, pero yo tengo mis propios tableros. Dorian, prepara una respuesta oficial para desviar la atención hacia la ineficacia de Edward como esposo y la falta de decoro de su familia. Que el Imperio sepa que ellos son los responsables de esta situación. Dorian inclinó la cabeza en señal de comprensión y se retiró para cumplir la orden. Rovik, sin embargo, permaneció, cruzado de brazos, mirando a su emperador. - Hablaste con ella - dijo tras un momento de silencio - ¿Está segura? Kaelion lo miró fijamente, con una intensidad que delataba que sus pensamientos habían vuelto al balcón donde la había encontrado. La imagen de Leocadia, frágil y rota, pero con un fuego oculto en sus ojos, no había dejado su mente desde entonces. - Lo estará - dijo finalmente - Leocadia no es como ellos. Ella tiene algo que los Transa nunca entenderán: dignidad. Y yo me aseguraré de que nadie vuelva a pisotearla. Rovik inclinó ligeramente la cabeza, su desaprobación suavizándose un poco ante la firmeza del emperador. Finalmente, rompiendo el silencio, dijo con voz grave: - Y ahora, Kaelion, dime algo... ¿Cómo vas a explicarles a los Transa que la sacaste de su propia mansión? No van a aceptar esto como una simple intervención. Para ellos, es un secuestro - Aunque no compartiera todas las decisiones de su señor, sabía que Kaelion era un hombre que siempre cumplía sus promesas, incluso cuando estas lo llevaban al borde del caos. Kaelion se quedó en silencio, su mirada fija en el ventanal. La pregunta había dado en el blanco y por primera vez desde que comenzó todo, su confianza pareció tambalearse. Sus dedos tamborilearon sobre el borde del escritorio antes de que hablara con voz baja, casi en un murmullo: - No lo sé, Rovik. Aún no tengo una respuesta. Rovik frunció el ceño, cruzó los brazos y avanzó un paso hacia él. Su tono, aunque firme, llevó un deje de preocupación: - Eso no es suficiente, Kaelion. Los Transa no son un adversario cualquiera. No van a quedarse de brazos cruzados mientras su nombre se mancilla. Si no tienes un plan, esto podría explotar más rápido de lo que puedes contenerlo. Kaelion se giró hacia su escolta, la tensión evidente en su rostro. - ¿Crees que no lo sé? Pero ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Que la dejara ahí para que la destruyeran lentamente? - Su voz se alzó, pero luego la moderó, bajándola a un tono más controlado - Tomé una decisión, Rovik. Una que era necesaria. Ahora solo debo encontrar la manera de manejar las consecuencias. Rovik no apartó la mirada. - Entonces empieza por decidir si quieres enfrentarlos o dejarlos caer por su propio peso, pero no te quedes en el medio, Kaelion. Eso no te hará ningún favor. No después del costo que tuvo estabilizar el imperio después de la guerra. Kaelion se volvió hacia el escritorio con un movimiento decidido, como si apartar la vista del ventanal pudiera ordenar sus pensamientos. Tomó uno de los periódicos de la pila y lo giró entre sus manos, pero sus ojos no se detuvieron en las palabras impresas. Estaba distraído, atrapado entre la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros y el impulso de volver a la villa donde había dejado a Leocadia horas atrás. - Convocaré a los Transa al palacio. - Su voz rompió el silencio con firmeza, aunque internamente dudaba. No era solo la decisión de llamarlos lo que lo inquietaba, sino la falta de una excusa convincente para justificar el acto. Rovik, que seguía de pie junto a la puerta, lo observó en silencio durante unos segundos antes de cruzar los brazos y dar un paso adelante. Su voz, siempre franca, era la de un amigo que sabía hasta dónde podía presionar. - ¿Y qué les dirás? - preguntó, su tono sereno, pero cargado de implicaciones. - ¿Admitirás que tomaste a su esposa de su propia casa? ¿O inventarás alguna farsa que suene remotamente creíble? Kaelion cerró los ojos un momento, inhalando profundamente. La idea de enfrentarse a los Transa no lo asustaba; lo que lo preocupaba era el impacto que esto podría tener en el equilibrio del Imperio. Edward Transa era insignificante, un hombre débil, pero Alejandro era un estratega astuto y Ondra, su madre, una mujer con una lengua venenosa y una influencia considerable entre las mujeres de la corte sumado a la ambición de su esposo. - No lo sé aún, Rovik, pero no puedo permitir que ellos controlen la narrativa. Los rumores ya están fuera de control y no podemos darnos el lujo de esperar. Rovik lo observó por un instante antes de asentir lentamente. Luego, con un tono más bajo, añadió: - Y mientras tanto, ¿Qué harás con Leocadia? ¿Dejarla sola en la villa mientras manejas este desastre? La mención de su nombre provocó una punzada en el pecho de Kaelion. Había dejado a Leocadia al amanecer, sabiendo que no podía quedarse más tiempo sin levantar sospechas, pero la imagen de ella, tan frágil y rota, seguía rondando su mente. Sabía que necesitaba su ayuda y que ella dependía de su protección más de lo que estaba dispuesta a admitir. - Quiero ir a verla - confesó finalmente, casi en un susurro - No estaba lista para enfrentar esto sola. Necesito asegurarme de que está bien. Rovik lo miró con una mezcla de preocupación y aprobación. Su emperador, el hombre que solía poner el deber por encima de todo, ahora parecía dividido entre sus responsabilidades y un deseo más personal. - Entonces decide rápido, Kaelion - dijo con firmeza - Porque no puedes estar en dos lugares al mismo tiempo. Los Transa no esperarán eternamente y cada segundo que pasa, las cosas se complican más. Kaelion apretó los dientes y dejó el periódico sobre la pila. Sabía que Rovik tenía razón. Tenía que moverse, y rápido. Convocar a los Transa era una prioridad, pero en el fondo, el impulso de proteger a Leocadia lo consumía. Con una última mirada a los documentos sobre su escritorio, se levantó de la silla, su decisión aún por tomar. - Prepara todo para la reunión con los Transa - ordenó - Y asegúrate de que no sepan de mi paradero hasta entonces. Rovik inclinó la cabeza, sin dejar de mirarlo. Mientras su emperador salía del despacho, el escolta y amigo sabía que Kaelion no solo enfrentaba a sus enemigos, sino a todo el imperio. Dorian se acercó a Rovik, su voz apenas un susurro para que nadie más escuchara cuando regresó. ¿Qué estaba pensando el emperador? Al anunciar que la princesa Leocadia está bajo su protección, solo ha hecho que las serpientes de la corte tengan un nuevo objetivo. Rovik, con su rostro marcado por las cicatrices de viejas batallas, asintió con gravedad. - La corte siempre buscará cualquier señal de debilidad para atacar. Proteger a la princesa es noble, pero los rumores de que es su amante ya comienzan a circular. No será fácil controlar esta situación. Dorian frunció el ceño, sus ojos oscuros reflejando la intensidad de su preocupación. - Sabemos que el emperador no hace nada sin una razón. Pero esto... Esto podría poner en peligro no solo a la princesa, sino también a su propia posición. Rovik apoyó una mano en el hombro de su compañero, su mirada severa pero comprensiva. - Kaelion siempre ha sido un estratega. Quizás vea algo que nosotros no, pero debemos estar preparados para lo que venga. La seguridad de la princesa será nuestra prioridad absoluta. Dorian suspiró, su mente llena de posibles consecuencias y planes de contingencia. - Esperemos que el emperador sepa lo que está haciendo. Porque si no, podríamos estar cavando nuestras propias tumbas. Con un acuerdo silencioso, ambos hombres se separaron, cada uno dirigiéndose a cumplir con sus deberes, pero con la misma preocupación grabada en sus rostros. La protección de Leocadia se había convertido en una cuestión de honor y supervivencia. El juego de poder había comenzado y ellos debían estar listos para cualquier cosa.
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