Abro mis ojos consternada, sorprendida, atontada por la revelación que se me acaba de confiar y siento la ira carcomer desde dentro de mi ser, siento impotencia, dolor, la injusticia crece a cada momento y ya no puedo tolerarlo más, no quiero hacerlo más. ― Qué fácil es esto ― lo escucho reír y la impotencia reverbera en mí. Tomo la empuñadura de la espada con la que amenaza mi vida y con un movimiento casi de suerte se la arrebato y lo golpeo en la cabeza con la misma, trastabilla y lo veo retroceder unos pasos, me apresuro a donde se encuentra e intento herirlo con el sable. Evade mis primeros intentos, pero soy más rápida y le asesto un puñetazo, luego otro, y otro… Para cuando cae salto sobre él, incrusto la espada en su hombro derecho hasta atravesar por completo la carne; un grito

