El capitán se quedó en silencio por un momento, observándome con esos ojos oscuros que me hacían sentir pequeña, expuesta, completamente vulnerable. Su respuesta había sido clara, tajante. Si me decía su nombre, tendría que matarme. Y aunque sonara como una advertencia, algo en su tono me decía que no bromeaba.
Pero yo ya había tomado mi decisión.
Me acerqué a él, subiendo lentamente a su regazo, sintiendo la dureza de su cuerpo bajo el mío. Sus manos permanecieron sobre los apoyabrazos de la silla, como si me estuviera dando el control por un instante… aunque ambos sabíamos que la verdadera autoridad la tenía él.
—Quiero que me folles, papi. —Mi voz sonó más suplicante de lo que quería.
Él no se movió. Solo inclinó la cabeza levemente, evaluándome.
—¿Sabes lo que estás pidiendo, ángel?
—Sí. —Mis caderas se movieron sutilmente contra su erección, aún contenida bajo su ropa. Sus manos me atraparon con fuerza por la cintura, inmovilizándome.
—No. No tienes idea.
De un solo movimiento, me tumbó sobre la cama, quedando él sobre mí, dominándome con su tamaño y su peso. Su mano grande se deslizó por mi muslo, separándome las piernas con facilidad.
—¿Eres consciente de que, si te tomo ahora, no hay vuelta atrás?
Yo ya estaba perdida en él, en su presencia, en la forma en que su cuerpo irradiaba un peligro adictivo. Mi respiración era errática, mi piel ardía, y cada fibra de mi ser lo necesitaba.
—No quiero vuelta atrás. —Lo desafié con la mirada.
Su risa fue oscura, burlona.
—Entonces prepárate, ángel… porque no voy a ser suave contigo.
Y cuando finalmente me tomó, supe que tenía razón.
No había marcha atrás.
Era la segunda vez que estábamos juntos, y ya me estaba volviendo adicta a su polla. Irónico, ¿no? Una mujer que estaba harta de tener sexo con hombres… y ahora había encontrado uno al que, sin vergüenza alguna, le rogaba que la follara.
Sentirlo así dentro de mí me volvía ansiosa, necesitada. Cada embestida me hacía querer más, como si nunca fuera suficiente, como si mi cuerpo estuviera hecho para él. Sus manos eran fuertes, dominantes, pero no me marcaban. Era brutal, sí, pero había un extraño control en su forma de tocarme, como si midiera cada uno de sus movimientos con precisión quirúrgica.
Y, aun así, me poseía como si le perteneciera.
Su mirada recorría mi cuerpo con una intensidad casi enfermiza, como si estuviera memorizando cada centímetro de piel, cada curva, cada expresión de placer en mi rostro. Su pasamontañas ocultaba su boca, pero sus ojos… esos ojos me decían todo. Me devoraban, me exigían, me hacían sentir completamente suya.
—Papi… —gemí su nombre como una súplica cuando sentí su ritmo acelerarse.
—Mírame.
Su voz era un gruñido grave, una orden inquebrantable.
Le obedecí. Y en el instante en que nuestras miradas se encontraron, un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Él gimió, un sonido ronco y profundo, y ese maldito sonido me hizo explotar en un orgasmo tan fuerte que me dejó temblando debajo de él.
No podía creerlo.
Me estaba volviendo adicta a él. A su cuerpo. A su forma de follarme.
Y, lo peor de todo…
Sabía que esto solo era el comienzo.
Cuando terminamos, me vestí al mismo tiempo que él. Se colocó su camisa negra, ajustó su cinturón con el arma y caminó hacia la puerta sin decir mucho. Justo cuando la abrió, se detuvo y me miró.
—Volveré en ocho días exactos. No me esperes antes.
Asentí, pero antes de irse, me sujetó de la cintura con firmeza y acercó su rostro al mío. No me besó. No dijo nada más. Solo respiró profundamente contra mi cuello, como si quisiera memorizar mi olor, y después, sin despedirse, desapareció.
Cuando la puerta se cerró tras él, me di la vuelta y lo vi.
El gerente estaba allí, observándome fijamente con una expresión inescrutable.
Lo ignoré. No quería darle la satisfacción de ver ninguna reacción en mi rostro. Me dirigí al dormitorio y, apenas crucé la puerta, Milú corrió hacia mí.
—¡Dime que es mentira! —susurró, con los ojos abiertos como platos.
—No lo es —murmuré, sentándome en mi cama.
Le conté todo, y aunque ella no podía creerlo, ambas sabíamos que no podíamos ilusionarnos. Él había dicho que regresaría, pero en este lugar, las promesas no significaban nada.
La mañana siguiente, el sonido estridente de la alarma de revisión nos sacudió a todas.
El dueño iba a venir.
Ese maldito hombre al que odiaba con todo mi ser.
Nos apresuramos a arreglar el dormitorio y nos colocamos de pie junto a nuestras camas, esperando su llegada. La puerta se abrió y él entró con su típica arrogancia, sus ojos oscuros recorriendo la habitación hasta posarse en mí.
—¿Alex? —una sonrisa perversa se formó en su rostro—. Wow… te estás poniendo más hermosa cada día. Tal vez más tarde podamos pasar un momento como en los viejos tiempos.
El asco me recorrió el cuerpo, pero antes de que pudiera responder, el gerente intervino.
—Señor, lo que pasa es que un cliente la compró para que nadie más la tenga. Pagó una gran suma en efectivo.
El rostro del dueño se transformó en una máscara de furia.
—¿Eres idiota o qué? ¿Vas a perder dinero así? —Su voz era pura rabia contenida—. Sé inteligente. Cuando él no venga, dásela a otros clientes. Solo ten cuidado de que no se golpee, mantenla limpia y que esta zorra mantenga su sucia boca bien callada. ¿Entendido?
El gerente estaba pálido. Sabía que no podía negarse.
—Sí, señor —murmuró.
El dueño volvió a mirarme, su sonrisa asquerosa regresando a sus labios.
—En media hora te quiero en mi oficina. Y ponte algo bonito.
Luego se marchó, dejando su sombra venenosa en la habitación.
El gerente me lanzó una mirada fría.
—Ya sabes, Girasol… calladita. No queremos problemas. Además, tal vez si él llega a enterarse de que alguien más te tocó… te deseche.
Dicho eso, se fue, dejándome con un nudo en el estómago y el miedo helado en mi piel.
Porque sabía que no tenía escapatoria.
Y la pregunta que me atormentaba era…
¿Qué haría él si se enterara?