Ahora, tumbado en la cama desierta y desarreglada, Elliot empezó a preguntarse dónde estaría Olivia. La llamó por su nombre, pero no obtuvo respuesta del cuarto de baño. Finalmente, la curiosidad pudo más que el letargo, se levantó de la cama y entró en el cuarto de baño. Una toalla arrugada en el suelo era la prueba de que se había duchado y había salido de la habitación... no podía imaginar con qué propósito. El chorro urticante de la ducha empezó a despertarle del todo y, después de estar en ella casi diez minutos, giró el mando de la temperatura hasta el punto de enfriamiento. Eso ahuyentó los últimos vestigios de sueño. Aún estaba bajo el chorro cuando oyó abrirse la puerta exterior del cuarto de baño y la voz de Olivia gritar: —Buenas tardes, dormilón. —Hola—, le gritó y cerró el g

