CAPÍTULO VEINTISÉIS PETERS observó cómo se acercaban y sintió que el nudo se le apretaba en las tripas. Las órdenes de Cole habían sido precisas: disparar para asustar a los caballos. Cole sabía, al igual que él, que una vez que comenzara el tiroteo, Monroe y su pandilla pelearían. Hasta la muerte si era necesario. Asustar a los caballos podría funcionar, pero solo si Cole actuaba rápido. Desde el lugar donde estaba, agachado detrás de un grupo de rocas y matorrales secos, no había ni rastro del viejo explorador. El pulso de Peters se aceleró, llenando una garganta ya seca de ansiedad. Incapaz de tragar, tomó su cantimplora y tomó un largo trago. El agua golpeó la parte posterior de esta garganta como si estuviera hirviendo, y tosió y farfulló, presa del pánico en caso de que alguno de

