El hilo de sus pensamientos se cortó en el momento que la boca del ruso reclamo la suya, su lengua se abría paso en su interior como un huracán arrasando todo a su paso y ella solo podía temblar y aferrarse a su cuello para no caer. — Lukyan, yo… — sentía que debía decirle algo, una pequeña retribución a cada hermosa palabra que el rubio le había dicho, pero de sus labios no salía nada. — Tu no debes preocuparte por nada, ni ahora, ni nunca, déjame todo a mí. — aseguro dejando una pequeña mordida en su cuello. — Dios. — gimió sintiendo que su cuerpo comenzaba a arder. — ¿Crees que este muy apurado tu abuelito o que puede esperar unos minutos? — coqueto, atrevido y una sonrisa que invitaba a despertar los miles de demonios que Dasha tenía en su interior. — No lo sé… — unos golpes en la

