Me costó meter a Gaby en la cama de nuevo, pero finalmente a las cinco de la mañana lo logré. Hacia las siete con su encanto logró convencer al doctor de diera de alta, le enviaron ejercicios para incitar a su memoria y pastillas para el dolor de cabeza y el corazón. Cuando íbamos camino a casa de mi padre, Gaby quiso parar en una panadería que olía a rollitos de canela; resultó ser que esa era la panadería en la que solía trabajar. Puse al tanto de todo a Darleen, así se dijo llamar la dueña, para que no la abrumara. Mantuvieron una cálida conversación y Darleen, enamorada de Gaby, nos regaló (o mejor dicho, le regaló) muchos rollos de canela surtidos. Una hora después estábamos en casa de su madre quién estaba más que ansiosa de recibirla. Matías esta es tu habitación y la de enfrente

