Capítulo 14 — La luz

496 Words
Isla no buscó justicia. Buscó visibilidad. Porque lo que no puede esconderse, no puede desaparecer del todo. Camila estaba frente al portátil, temblando. —Si haces esto… —No hay vuelta atrás —completó Isla. —Van a venir por ti. Isla asintió. —Ya vinieron. Solo que en silencio. Isla conectó el disco externo. Abrió la carpeta. Decia Helios en la portada. Registros de donaciones cruzadas con sentencias judiciales. Transferencias trianguladas. Correos filtrados por Dante antes de desaparecer. Nombres. Fechas. Patrones. —Esto no es una denuncia —susurró Camila—. Es una bomba. —No —corrigió Isla—. Es una luz. Isla marcó un número. —Ramírez. —¿Qué estás por hacer? —Salvar a alguien. —Eso no suele ser legal. —Entonces asegúrate de que sea imposible de borrar. Silencio. —¿Qué necesitas? —Que lo mires. Y que no lo sueltes. Isla pulsó “publicar”. El artículo salió en tres portales independientes a la vez. Luego en redes. Luego en medios. “La fundación que compraba sentencias.” “La red invisible detrás de la filantropía.” “El nombre que no aparece en los expedientes.” Helios dejó de ser limpia. Se volvió ruido. Se volvió pregunta. Se volvió riesgo. La gente comenzaba a cuestionar y a indagar. El teléfono de Isla vibró de inmediato. Número desconocido. —¿Qué hiciste? —la voz era tensa, baja. —Lo que no me dejaron hacer antes. —¿Quieres que muera? – pregunto la voz. —Quiero que no puedas tocarlo sin que todos lo vean. – contesto Isla con determinación. Silencio. —Esto no te va a salvar. —No —dijo Isla—. Pero no es para mí. La llamada se cortó. Minutos después, llegó otro mensaje: “Está en camino de regreso.” Isla se apoyó contra la pared. Cerrando los ojos. No alivio. No victoria. Solo aire. —¿Funcionó? —preguntó Camila. Isla asintió. —Sí. Si. —¿Y ahora? Isla miró la pantalla llena de notificaciones, titulares, nombres que caían como piezas. —Ahora empieza lo que no se puede controlar. Una hora después, el nombre de Calderón era tendencia. Dos horas después, Helios anunció auditoría interna. Tres horas después, un juez pidió medidas cautelares. Cuatro horas después, la furgoneta reapareció en el sistema. Dante estaba vivo. Isla se sentó por primera vez en todo el día. El teléfono vibró. —Estoy en tránsito. Isla cerró los ojos. El alivio que sintió en el momento que escucho su voz la dejo paralizada. —¿Estás bien? —Lo suficiente. —Lo siento.- dijo mientras se abría el llanto. —No.- dijo él. —¿No? —Gracias. Isla respiró. —Esto nos expuso a todos. —Sí. —Eso no te asusta. —No —dijo Dante—. Lo que me asusta es lo que viene después. Isla cerró los ojos. —A mí también.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD