Intentando abrir la puerta del automóvil, Kendall luchó con la sonrisa que deseaba escapar. Girando, contempló a su pareja sentado a su lado, silbando de lo más inocente del mundo en lo que observaba hacia todos lados menos a él. —Morgan —advirtió. —¿Qué sucede, mi hermoso Muffins? —preguntó, observándole con inocencia que obviamente no tenía de nada. —La puerta —indicó. —Está a tu derecha —le sonrió. —Muy chistoso —resopló, divertido—. Tienes que quitarle el seguro a la puerta para que yo pueda bajar y volver a mi departamento —le recordó. —Pero... ¿Por qué? —se quejó Morgan nuevamente, como había hecho desde el mismo instante en que comentó que se daría una vuelta por su departamento. —¿Otra vez? Creí que ya habíamos tenido esta conversación, alfa —expresó con un suspiro. —Siempr

