Capítulo cuarenta y tres. No hay nada que temer. El palacio estaba más vivo que nunca. Sirvientes iban y venían con telas de lujo, arreglos florales y cajas llenas de decoraciones. Mi boda con Edmond estaba a solo unas semanas. Debería estar completamente feliz… pero dentro de mí, una tormenta de emociones crecía. —Lady Odette, ¿qué opináis de estas flores para la recepción? —preguntó la organizadora del evento, mostrándome un catálogo con opciones. Respiré hondo. Desde que el compromiso se hizo oficial, cada detalle estaba siendo analizado por la corte y la prensa. —Las rosas blancas son hermosas —respondí con una sonrisa. —Perfecto, las combinaremos con orquídeas doradas para simbolizar la unión con la corona. Todo tenía que transmitir un mensaje. Cada color, cada tela

