Capítulo cuatro: La Guerra Silenciosa. Isabelle El aire del atardecer entraba a través de los grandes ventanales del salón de reuniones del palacio, filtrando una luz dorada que tocaba los bordes de los muebles de madera, dándoles un aire cálido y acogedor. Sin embargo, por dentro, yo sentía una tormenta. La tensión de los días anteriores seguía pesando sobre mis hombros, y no podía quitarme de la cabeza lo que Bastian había dicho el día anterior. Me era imposible concentrarme en lo que debía hacer, en el trabajo que aún me quedaba por delante. Cada vez que pensaba en él, un torrente de emociones se desbordaba en mi pecho. Me estaba volviendo loca. Lo sabía. El Príncipe Bastian de Mónaco, el hombre que representaba todo lo que había odiado de este mundo desde el principio, era ahora el

