3. LAS TRAVESURAS DEL PRÍNCIPE

1569 Words
Capítulo tres: Las travesuras del Príncipe Un auto me recoge en mi departamento a primera hora y en apenas unos quince minutos, me encuentro cruzando el vestíbulo del Palacio Real. —He mandado a que arreglen tu habitación —anuncia el Secretario Real—. Ya debes pasar directo al trabajo. —¡Por supuesto! —en mi interior, me doy palabritas de ánimo—. Gracias por tu ayuda, Felix. —Para eso estoy —me guiña un ojo con picardía—. Bastian se encuentra en su habitación ahora mismo. —¿Qué ocurre? —pregunto al verle dibujar una extraña sonrisita. —No dejes que el príncipe te desaliente, ¿de acuerdo? —pide—. Mucha suerte. —Déjalo en mis manos —por primera vez en tres días, me siento segura de mí misma. He lidiado con un montón de pequeños traviesos. ¡También podré con el principito! Uno de los guardias me guía hacia el segundo piso y me deja a las puertas de la recámara del heredero al trono. Me dispongo a entrar, pero me detengo por un instante a observar el suelo. ¿Qué diablos será este polvo blanco? Me agacho con lentitud para tocarlo con mi dedo índice y examinarlo con más detalle. «¿Harina?» Mi mente me lleva de vuelta al suceso del roedor hace dos días. Sin dudas, esta es otra jugarreta del travieso príncipe. —Mmm —murmuro—, ¿qué estarás planeando esta vez, Bastian? Siguiendo un impulso, me acerco a la puerta antes de colocar una oreja sobre la misma y entonces, escucho su risa infantil. «El diablillo tiene otra broma preparada. Solo Dios sabrá cuál.» »Muy bien —me impulso a mí misma tras tomar una profunda respiración—, comienza la contienda. Presiento que necesitaré un escudo, por ello tomo una almohadilla de una de las sillas de estilo colonial dispuestas en el pasillo y me preparo para ganar la guerrilla. Irrumpo en la habitación con un único impulso y me lanzo hacia adelante en medio de un grito de guerra, mientras una bolsa de harina cae a unos escasos centímetros detrás de mi espalda. —Buen intento, majestad —le señalo—, pero en esta ocasión he sido más lista. —¡No cantes victoria tan rápido, Princesa Cisne! —profiere con burla y diversión al mismo tiempo—. Tengo un plan Be. ¡Mira hacia arriba! Sigo el recorrido de su dedo índice con la vista y entonces, me encuentro con un montón de armas de “paintball” suspendidas en el techo. »Veamos cómo manejas esto —agrega con una maliciosa sonrisa antes de tirar de una cuerda. Salto hacia atrás por puro instinto y de forma automática, el espacio entre los dos se convierte en un campo de batalla. Las escopetas bombardean pintura a diestra y siniestra en tanto nosotros nos enfrentamos con la mirada. «Vaya, este principito es peligroso» De pronto, diviso una bolsa negra colgando de un extremo del techo de manera sospechosa, sujeta por una cuerda. El pequeño avanza con su ofensiva sin darse cuenta que ha caído en su propia trampa y antes de que pueda efectuar cualquier otro de sus movimientos, desato la cuerda. El contenido de la bolsa cae al instante sobre su cabeza, sacándole un infantil gritito. —¿Jarabe de maíz con plumas? —remarco su ocurrencia con los brazos en jarras, en una retadora postura—. Ese es el truco más viejo de la historia, querido Bastian. —¡Oye, no es justo! —protesta sorprendido a la vez que yo sonrío victoriosa—. ¡Esa era mi trampa! —En la guerra y en el amor todo se vale, pequeño príncipe —indico retadora. Contrario a lo esperado, él comienza a reírse llevándose las manos al estómago para después acercarse a chocar los cinco conmigo. —Está bien —no para de reír—. Por esta vez has ganado, Princesa Cisne. Por fin me permito soltar el aire contenido, consciente de que por el momento, he podido resistir. —Bueno, jovencito —dispongo con gesto divertido—, es hora de limpiarse. Hasta yo debo hacerlo —reflexiono al reparar en mi desastroso aspecto. Algunas balas de pintura me han alcanzado. Lo dejo con el baño preparado antes de ser guiada hacia mi nueva recámara por uno de los guardias. Estos hombres están por todos lados… No me sorprende el lujo de mi nueva estancia, puesto que es una versión más sencilla de la del príncipe, pero aun así… es impresionante. Los bordados dorados predominan en las paredes blancas e incluso dibujan musarañas en el techo. ¡Por nuestro señor Jesucristo, la cama es un sueño! Parece sacada de una película y cuando llego al cuarto de baño, lanzo un gritito lleno de euforia. Supongo que Felix tenía razón al decir que vivir en el palacio tiene sus ventajas. Al menos aquí no me sentiré sola… puesto que siempre hay alguien pasillando por los alrededores. Bastian me está esperando envuelto en un albornoz cuando regreso a su habitación. —¡Guau! —sus ojos un poco más oscuros que los de su padre se abren de forma repentina—. Te ves… muy bien, Odette. —Oh, gracias, Bastian —incluso frente a un niño de nueve años, no puedo evitar sonrojarme. El guardarropa estaba lleno de ropa nueva y preferí usar una a ponerme a desempacar la maleta. Encima de la mesita de noche había una nota anunciando que todos los artículos dispuestos en el cuarto eran cortesía de Su Majestad, el Rey Edmond—. ¿Puedo saber por qué no estás vestido todavía? —Bueno —ahora es él quien se sonroja de una manera muy adorable. Este luce más como el pequeño que me sonrió al conocerme. No me es difícil deducir que el príncipe posee dos caras y solo él decide a quién mostrarle cada una—, mi niñera es quien normalmente escoge mi ropa. Vaya… esto es nuevo. Entonces recuerdo que no estoy cuidando a un niño normal y corriente, sino al futuro rey de Mónaco. —Oh… ¡Claro! —exclamo entusiasmada—. Vamos a buscarte ropa pues. Mientras examino el enorme armario, él parece fijar la vista en un atuendo en particular. De manera inconsciente, el propio principito ha elegido su ropa. »¿Vamos por este? —inquiero al mismo tiempo que tomo el traje de vestir tamaño miniatura entre mis manos. Estoy segura de que el azul prusia del mismo resaltará el color de los ojos del dueño. —Me gusta, pero… —esquiva mi mirada. —¿Pero? —le incito a continuar extrañada con su actitud. —Es que… mi mamá lo había comprado para mí. —Oh —de inmediato comprendo la situación—, eso es muy dulce. ¿Te gustaría usarlo, Bastian? —Si lo hago, a papá podría… no gustarle. ¡j***r! Es evidente que el tema de la reina es una cuestión delicada. ¿Qué debería hacer? Puedo apreciar a leguas las ganas del pequeño por usar ese atuendo. —Vale —cavilo buscando una solución—, puesto que soy oficialmente la Niñera Real, me toca a mí decidir, ¿no es así? —Yo… —balbucea inseguro— supongo. —Entonces, decido que vas a ponerte este traje. Por un instante deja ver una hermosa sonrisa infantil, no obstante, después su expresión decae un poco. —Pero…, ¿qué hay de papá? —¿Qué hay con él, Bastian? —cuestiono despreocupada para quitarle importancia a su preocupación, aunque por dentro siento un poco de nervios. Si algo llega a suceder con el rey, tendré que asumir toda la responsabilidad—. Si esta ropa tiene tanta importancia para ti, estoy segura de que a tu padre le encantará que lo lleves. Él me regala otra de sus cálidas sonrisas y con la emoción renovada, se desespera por vestirse. —¿Odette? —Uuh —murmuro concentrada en aprenderme los pasillos del corredor, en tanto caminamos por el mismo. —¿Tú también te irás… como la demás? —¿Eh? —me detengo en seco para centrar mi atención en el pequeño príncipe—. ¿A qué viene eso? Yo no pienso irme a ningún lado, Bastian. Empiezo a sentirme muy a gusto aquí. —Las otras, ellas… —ladea la cabeza— huyeron, pero tú… bueno, pareces diferente —muestra sus diminutos dientes de buenas a primeras—. Eres una oponente bastante hábil, por cierto. Hasta ahora todas odiaban mis bromas. Las pobres, seguro huyeron despavoridas entre invasiones de ratas y batallas de pinturas. —Bastian —me inclino hacia adelante para quedar a su altura—, por más que me gusten los juegos, también quiero que seamos amigos y te portes bien. Él asiente con cierto rastro de sensibilidad en su expresión y creo que tiene intenciones de acercarse a mí, pero Felix nos intercepta en el corredor junto a una joven morena. —Príncipe Bastian —le llama la chica—, es hora de sus lecciones. Está retrasado. El niño forma un tierno puchero con los labios antes de dar media vuelta para marcharse. Sin embargo, a medio camino me dedica una insolente sonrisa. Sí, seremos amigos, pero sin dudas habrá más travesuras.
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