Capítulo treinta y seis. Un corazón dividido Las horas pasaban y la lista de invitados se hacía cada vez más larga. Ministros, nobles, dignatarios extranjeros… y Marcus Laurent. Todavía no podía creer que su nombre estuviera allí. —¿Seguro que está bien? —preguntó la organizadora con cautela. Respiré hondo y asentí con rigidez. —Sí. Agréguelo a la lista. No dije nada más. No confiaba en mi voz en ese momento. No estaba lista para perdonarlo. Tal vez nunca lo estaría. Pero tampoco podía fingir que no existía. El resto del día transcurrió entre ajustes en la decoración, pruebas de menú y reuniones interminables con asesores reales. Pero mi mente seguía atrapada en la idea de que, dentro de unas semanas, Marcus estaría en la misma habitación que yo. Que me vería ves

