Epílogo: El Regalo de bodas. La noche después de la boda es nuestra. Cuando las últimas luces del festejo se apagan y el castillo queda en silencio, Edmond y yo nos encontramos solos por primera vez como marido y mujer. Él me observa con una intensidad que me hace estremecer. —Ahora sí, mi reina. Finalmente eres solo mía. —Siempre lo fui —susurro, enredando mis dedos en su cabello mientras me acerca a su cuerpo. Me besa con la misma pasión con la que siempre lo ha hecho, pero esta vez hay algo más. Una promesa. Una certeza de que nada ni nadie podrá separarnos. Las capas de tela que nos cubren caen una a una, y bajo la luz tenue de la luna, nos entregamos sin reservas. Cada caricia, cada susurro, cada jadeo es un recordatorio de todo lo que hemos atravesado para llega

