Capítulo cuarenta y cinco. Síntomas inesperados Los preparativos de la boda estaban en su punto más intenso. Faltaban solo unos días para el gran evento y el palacio era un torbellino de costureras, decoradores y asesores reales. Pero yo no podía concentrarme en nada de eso. Porque algo en mi cuerpo no se sentía bien. Aquella mañana, la náusea me golpeó en cuanto abrí los ojos. Corrí al baño, sujetando mi cabello mientras me inclinaba sobre el lavabo. El amargo sabor en mi boca y el temblor en mis piernas me hicieron cerrar los ojos con frustración. Era la tercera vez en la semana. Intenté calmarme, diciéndome a mí misma que era solo el estrés de la boda, la presión de convertirme en reina, el peso de todo lo que estaba pasando. También me sentía más cansada de lo norm

