Capítulo treinta y uno. Una amenaza inesperada A la mañana siguiente, el palacio amaneció en un estado de alerta máxima. Las protestas se habían intensificado durante la noche. Desde mi ventana, podía ver a la multitud congregada frente a las puertas principales. Algunos agitaban banderas de Mónaco, otros sostenían pancartas con mensajes en mi contra. "¡El rey traiciona nuestras tradiciones!" "¡Mónaco necesita una reina, no una plebeya!" La visión me revolvió el estómago. Lucile entró a mi habitación con un rostro preocupado. —Odette, los medios están descontrolados. Están exigiendo declaraciones. —¿Qué dice Edmond? —Está reunido con sus asesores. Félix me dijo que está preparando una estrategia para contrarrestar la oposición. Respiré hondo. —Necesito hablar con

