Capítulo cuatro: El niño que llevamos dentro
—Nuestra batalla no ha terminado, ¿vale? —aclara el príncipe provocador—. ¡Te ganaré la próxima vez!
—No me asustas, querido príncipe —rebato con un tono jocoso—. Tu corona no me intimida. Esperaré la revancha con ansias.
—Oh, ¡puedes apostar que será pronto! —promete para después desaparecer de mi campo de visión.
—Nunca había visto al príncipe tan amigable con nadie en tan poco tiempo —declara la morena.
—¿En serio? —inquiero con ligereza. Como diga algo más, me pondré colorada por segunda vez en el día.
—Soy Lucile, por cierto —se presenta—, la Jefa de personal del Palacio.
—Odette —estrecho su mano con una sonrisa—. Un placer conocerte.
—Concuerdo con Lucile —interviene el Secretario Real con un ligero carraspeo—. Esperábamos explosiones hoy, ¿cierto, Lucile?
La aludida suelta una risita nerviosa mientras el rostro de Felix se pone de todos los colores como las luces de navidad al observarla.
«Romance en el palacio a la vista»
¿Habrá algo entre ellos?
—Odette, debes estar hambrienta —alude la joven—. ¿Por qué no vamos por algo de comer?
—¡Por favor! —agradezco frotándome el estómago—. Siento que me comería hasta un león.
Mientras caminamos, percibo cómo Felix persigue a mi acompañante con la vista. Él se da cuenta de que le he pillado y desvía la mirada hacia otro lado de forma automática.
Conversamos por un rato, conociéndonos mejor mientras disfruto de una deliciosa tortilla francesa, hasta que un chico con chaquetilla gris y sombrero aparece frente a nosotras.
—¿Y quién es usted, bella dama? —inquiere sin siquiera saludar.
«¿Por qué me observa de esa forma como si… me desnudara con los ojos?»
—¿No tienes nada mejor que hacer, Freddie? —por fortuna, Lucile salva el incómodo momento—. ¡Largo de aquí!
—¡Pero qué hostil, Luci! —el tipo retrocede al parecer desconcertado—. Olvídalo entonces.
Se marcha no sin antes guiñarme un ojo.
Años sin atraer la atención del sexo masculino y ahora resulta que me salen individuos de intenciones dudosas por todos lados.
—¿Quién era ese? —indago con el entrecejo fruncido.
—Ugh —deja ver una mueca de desagrado—, es Freddie, el chef del palacio. Le gusta flirtear con las chicas nuevas, así que cuídate de él, ¿vale?
—Gracias, Lucile.
Regreso a la hora de almuerzo a la habitación, siendo consciente de que acabo de hacer una nueva amiga. Apenas cruzo la puerta, me encuentro al joven heredero comiendo solo.
—¿Qué ocurre, Bastian? —inquiero extrañada—. ¿Por qué almuerzas solito?
—Nadie come conmigo —confiesa con cierta congoja—. Ni siquiera mi papá. Por lo general está ocupado con asuntos de Estado.
«¡Por Dios, eso es horrible!»
Puedo entender por qué el niño es como es. Sin figura materna, con un séquito de criados detrás, un padre aislado y un enorme palacio en donde él es el único menor de edad... Es muy… triste.
—Bastian, levántate —pido de un momento a otro mientras la idea surge en mi cabeza.
—¿Qué? ¿Para qué?
—Vamos a ir a almorzar con tu padre —declaro con firmeza.
Nos encaminamos hacia el comedor, ambos un poco temerosos. Esto puede resultar algo caótico.
Irrumpimos en la sala tras hacernos paso entre los siempre presentes guardias.
Tanto el rey como su secretario se ven sorprendidos, sin embargo, no comentan nada al respecto.
El príncipe le arroja una mirada fría a su progenitor antes de centrarse a un lado de la enorme mesa.
«La tensión se puede palpar con los dedos»
«¿Qué debería hacer?»
Emito un pequeño suspiro para después sacar la silla de al lado de Bastian y sentarme. El pequeño se gira a verme con evidente agradecimiento. Su personalidad resulta bastante compleja; por un lado, luce como un malcriado niño de cinco años y por otro, hace gestos y pronuncia respuestas no acordes a su edad, sino a un muchacho más maduro.
El almuerzo procede con una incómoda tensión, debido a que todo el mundo mantiene su propia charla con su compañero. Bastian apenas prueba bocado y con renovada insistencia, le pregunto si desea algo en particular.
—Oh —el rostro se le ilumina de repente. Me pregunto si alguna vez alguien se ha detenido a preguntarle al príncipe lo que en realidad quiere—, me gustaría un poco de queso. Está justo a tu lado.
—Nunca he… —balbuceo al ver el plato— visto un queso así. ¿Qué es esto?
—Es queso azul —diserta el pequeño—. Huele raro, pero a mí me encanta.
Le sirvo un poco para luego ofrecerle al rey, pero él hace una mueca despectiva y lo aleja.
—Oh, no, no, señorita Dupont —niega de forma repetida—. Soy extremadamente alérgico al queso azul.
—Oh —formo una diminuta "o" con los labios, sin saber cómo actuar. ¿Cómo no voy a conocer las alergias de mi rey? Apuesto a que están en todos los medios—, lo lamento.
—No se preocupe —es amable—, solo encárguese de mantenerlo lejos de mí. ¿Cómo estuvo tu día hoy, Bastian?
—Bien —responde el aludido de manera escueta.
—¿Y qué tal el paseo a caballo? —el monarca no se da por vencido.
—Renuncié a eso hace meses —proclama su hijo con hastío.
—¿Espera qué? —el padre luce sorprendido y son pocas las veces que le he visto cambiar su indescifrable expresión—. ¿Por qué no me dijiste nada?
—¡Sí lo hice! Pero como siempre, no estabas escuchando.
Bastian emite un gruñido enfadado antes de estrellar su plato contra la mesa, enviando la comida a volar como hace dos días hice yo con el roedor.
Está perdiendo el control y no puedo dejar que eso suceda. Después de todo, venir fue mi idea.
«Piensa, Odette»
Entonces, hago la mayor locura que he hecho en mi vida y antes de que alguien pueda gritar o protestar, recojo un poco de puré de patatas con un dedo para tirárselo encima al rey.
«Tonta»
«Perdona a tu inconsciente sierva, señor», rezo visualizando cómo soy echada a la calle en mi primer día.
—¿Acabas de…?
—¡Sí que lo hice? —reafirmo. Ya que lo he decidido, debo mantenerme firme.
La expresión del hombre pasa de la estupefacción a mostrar una sonrisa y unos segundos después, el Rey de Mónaco se encuentra atacándonos a su hijo y a mí con dos piezas de pollo.
El príncipe ríe divertido antes de gritar:
—¡Guerra de comida!
El caos se desata en el amplio comedor, pero a todos nos da igual. Por unos minutos nos olvidamos de todo y nos centramos en vencer a nuestros oponentes. Bien dicen por ahí que todos llevamos un niño escondido dentro… incluso el serio, cortante e impoluto monarca de un país.
—Papá, tienes crema batida en la nariz —se burla el pequeño sin parar de reír. Su risa llega a mis oídos como una melodiosa canción. Es muy bonita y me encargaré de sacarla a la luz más a menudo—. ¡Y Felix tiene pasta en la cabeza!
—¡Mira quién habla! —suelto un ruidoso bufido—. El señor Pudín.
Uno de los mozos nos trae servilletas y pañuelos para limpiarnos un poco, una vez hemos terminado de lanzarnos toda la comida. Ahora que veo el desastre, me compadezco de los chicos de la limpieza.
«Yo y mis locas ideas»
—Querido —una voz femenina irrumpe en el local—, ¿me he perdido de algo?
El rey gira la cabeza para ver a la mujer que acaba de entrar y su rostro decae de manera repentina.
»¡Mi amor! —continúa la bonita y estilizada rubia—. ¡Por fin he conseguido reservar el lugar para nuestra boda!
¿El Rey tiene prometida? ¿Y por qué la idea no me agrada para nada?