Capítulo veintitrés. No tengo otra opción. El silencio entre Edmond y yo se siente pesado mientras caminamos por los pasillos del palacio. Afuera, la prensa sigue aglomerada, esperando una declaración, una imagen, cualquier cosa que pueda alimentar el escándalo. Pero aquí adentro, el verdadero huracán apenas está comenzando. —Necesito hablar con mi equipo de prensa —dice Edmond finalmente—. Pero antes quiero asegurarme de que estés bien. Me río sin humor. —¿Bien? ¿Cómo podría estar bien? —Lo miro fijamente—. En un día pasé de ser la niñera de Bastian a la mujer más odiada de Mónaco. Edmond frunce el ceño. —No eres la mujer más odiada de Mónaco. —Dímelo cuando revises las noticias otra vez. Tira de mi mano con suavidad, atrayéndome hacia él. Su calor es reconfortant

