Capítulo cinco: Tierra de nadie. Isabelle No sé qué me molesta más: si el hecho de que Bastian me esté esperando en la puerta de la sala de conferencias con su sonrisa perfecta y sus manos metidas en los bolsillos como si la vida fuera una pasarela… o el hecho de que mi corazón se acelere al verlo. Detesto esa sensación. Esa traición interna. Ese nudo extraño en el estómago. —Llegas tarde —me dice, y aunque no lo dice en tono de reproche, su voz me atraviesa como si lo fuera. —Llego a tiempo. Mi reloj no miente —respondo sin mirarlo directamente. Si lo hago, estoy perdida. Esas malditas pestañas suyas me distraen. —Entonces mi reloj miente —replica, alzando una ceja—. Lo sumaré a la lista de cosas traicioneras esta semana. —¿Ya tienes una lista? Qué meticuloso de tu parte. ¿Quién má

