Capítulo 5
En general, me sentía bastante relajado. No era muy diferente de una reunión de excursionistas, salvo que los cuchillos parecían más bonitos y más que nada para lucirlos, y que en vez de piel de venado y cuero, la mayoría vestía lana o terciopelo. Pensé que si la cosa se ponía fea y empezaban a sacrificar gallinas o lo que fuera, simplemente podría despedirme de Sascha y volver a mi coche. Rápido.
Todos se sentaron en troncos formando un círculo alrededor del fuego. Empezó bien, con algunos cánticos y campanillas. Al cabo de unos minutos, una amiga de Sascha se levantó y caminó hacia el centro, frente al fuego. Dio lo que parecía un discurso o sermón memorizado (¿acaso las brujas daban sermones?), y al cabo de unos minutos, todos empezaron a cantar. No me sabía la letra, pero eran melodías bastante agradables sobre el regreso del sol y la partida de la oscuridad.
Todas las mujeres se levantaron y bailaron; Sascha lo hacía bastante bien. Parecía una ninfa del bosque con su vestido verde y sus movimientos gráciles. Empecé a sentir un poco más de calor, y no solo por la capa de piel prestada. Me notaba balanceándome sobre el tronco que hacía las veces de banco improvisado.
Tras unos minutos de baile, todo el grupo se puso de pie, sacó cuchillos o copas elegantes y caminó en círculo alrededor del fuego, repitiendo un cántico. Los hombres mojaron los cuchillos en las copas de las mujeres y salpicaron un poco de vino con las hojas al fuego. Hecho esto, caminaron alrededor de los demás, se estrecharon las manos y sonrieron. Sinceramente, parecía el final de un servicio dominical presbiteriano, pues su comportamiento era de lo más cotidiano. Ni rastro de sacrificios de sangre.
Mientras el jefe de blanco empezaba a servir bebidas calientes de alguna parte, Sascha se acercó a mí con aire de suficiencia y me agarró del brazo. El vestido verde realzaba sus pequeños pechos, que rebotaban con cada paso. —¿Y bien, qué te pareció?—
Me encogí de hombros. —Parecía agradable. Si me hubieras dicho que íbamos a una fiesta de brujas y brujos, habría esperado más hechizos mágicos y ofrendas de sangre—.
Sascha sonrió con malicia. —¿Qué te hace pensar que eso no va a salir a relucir?—
—En realidad no somos brujas—, explicó una amiga suya, ofreciéndonos a cada una una bebida caliente—. Es neopaganismo, pero no wicca. Intentamos redescubrir nuestras raíces espirituales y reconectar con la naturaleza, pero no siempre sabemos con exactitud cómo se hacía hace miles de años. No dejaron muchos registros escritos. Así que simplemente intentamos guiarnos por la esencia de las cosas. Esto lleva ocurriendo desde los años sesenta.
Eso me pareció lógico. —A veces participo en recreaciones históricas—, respondí. —Y es algo parecido. Solo que nosotros jugamos a ser otra persona los fines de semana. Esto parece un poco más serio—.
—¿No estás asustada?— preguntó la amiga. Parecía casi decepcionada.
—No. Parecen todos simpáticos. Y la ropa está genial—.
Sascha sonrió radiante. —¿Ves? Te dije que era diferente—.
Nos quedamos casi una hora, el tiempo suficiente para que estuviera bastante segura de que me metería en un buen lío al llegar a casa. Con todo el contacto físico que Sascha me estaba dando, no me importaba que me regañara después. Justo cuando parecía que la cosa iba a terminar, una señora vestida de verde y blanco, que parecía tener edad suficiente para ser la tía de Sascha, se acercó y le dirigió a Sascha una mirada escéptica.
—¿Y bien?—
Los miré a ambos. —¿Y bien, qué?—
Sascha se sonrojó ligeramente, un rubor que se notaba incluso a la luz del fuego. —Eh... la Navidad no suele ser una fiesta de fertilidad, pero se considera de buena suerte... ya sabes, para sellar el pacto con la naturaleza—.
—¿Considerado por quién?— pregunté—. Ustedes acaban de decir que lo estaban improvisando sobre la marcha—.
Sascha agitó las manos con timidez. —No es una tradición sagrada ni nada por el estilo. Solo... una especie de reconocimiento de que la vida regresa al mundo después de que la oscuridad se impusiera. Está bien si no quieres. Solo pensé...—
Ahora era yo quien se movía torpemente de un lado a otro. —No, no. Quiero decir, sí. Me parece bien. Solo que...— Tartamudeé, consciente de que estaba a punto de arruinarlo todo. —¿De verdad te parece bien esto? Es decir, apenas nos conocemos desde hace unas horas...—
Dejé la frase en el aire un segundo. Tras intercambiar algunas miradas inquisitivas, me quedó claro que todos los demás pensaban que sería perfectamente normal acostarse con una chica en el bosque unos días antes de Navidad, después de bailar alrededor de una hoguera. Sascha no solo parecía estar de acuerdo, sino impaciente por que sucediera.
—No busco un compromiso para toda la vida, solo a alguien agradable que me ayude a liberar energía s****l para la ceremonia—. Sascha miró a la señora mayor, quien asintió con aprobación—. No pareces el tipo de chico que va por ahí diciendo que me acuesto con cualquiera, así que...—
La imagen del tirante del vestido de Cary resbalando y sus caderas balanceándose bajo su vestido n***o de cóctel me vino a la mente. Pero estaba casada, aunque fuera con un cretino de primera. Y yo tenía 18 años y estaba cachondo, y Sascha estaba ahí mismo, ofreciéndome lo que parecía ser una oportunidad sin ataduras para echar un polvo.
No tardé más que unos segundos en sonreír como un idiota y asentir con la cabeza.
Sascha me agarró la mano con una urgencia que me aceleró el corazón y prácticamente me arrastró fuera del círculo de refugios hasta una tienda solitaria, apartada del resto. Al acercarnos, nos dimos cuenta de que se trataba más bien de un refugio con techo transparente y suelo abierto. Había unas cuantas mantas esparcidas por el suelo.
—¡Tina!— gritó Sascha—. ¡Ven a bendecir la tierra alrededor de la tienda para que no rompa el círculo!—
Me encontré sentada con las piernas cruzadas sobre la manta en el refugio, mirando las estrellas de invierno mientras oía a Sascha y a su amiga reírse fuera de la tienda. Las dos balanceaban las caderas de un lado a otro, formando un doble círculo alrededor de la tienda con lo que parecía un recipiente con sales de Morton. Su amiga Tina hacía sonar de vez en cuando un manojo de cascabeles.
Al cabo de unos minutos, Tina se marchó sonriéndonos a ambas. Sascha apartó una manta que cubría una linterna y la encendió con una cerilla. Sentadas cerca la una de la otra en el pequeño refugio, nuestras sombras parpadeaban contra la pared al ritmo de la llama. Me di cuenta de que, no muy lejos, podía oír una respiración pesada y entrecortada. Sascha también la oyó y sonrió con cierta vergüenza.
—Es decir, no suelen ser vacaciones para concebir. Pero siempre hay algunas que queremos asegurarnos de que todo salga bien—. Tiró del encaje de su vestido; este cayó sobre sus hombros y se deslizó aún más hacia su pecho—. En el solsticio de verano me daba mucha vergüenza hacer esto. Y además, todavía no tenía dieciocho. Pero ahora sí, y tampoco me avergüenza—. Me hizo un gesto—. Venga—.
Me desabroché la camisa y miré a Sascha. Tuvo que ponerse de pie para quitarse la ropa hasta quedarse en ropa interior. Dejé lo que estaba haciendo para admirar la escena; nunca había estado en un Frederick's of Hollywood ni en un Victoria's Secret, pero ahora estaba bastante seguro de que Sascha sí. Su sujetador y sus bragas eran de satén rosa con encaje en los bordes. Claramente se había arreglado para la ocasión.
Me quité los pantalones y Sascha me miró. —No está mal—, sonrió—. —Debes hacer ejercicio—.
—Lo justo para mantenerme en forma para el combate con cuchillo—, respondí—. —¿Hay alguna forma específica de hacerlo? Nunca antes he practicado... magia s****l—.
Sonrió de una forma que me hizo sentir que mis calzoncillos me apretaban demasiado. —No. Haz lo que te salga natural. Llevas protección, ¿verdad?—
Rebusqué a tientas en mi cartera, sentada en mis pantalones que me había quitado. —Sí, claro—. Jack siempre se burlaba de mí por llevar un condón encima, como si fuera un ligón empedernido. Pero, que yo supiera, él se iba a casa con medio vino y unas galletas finas, y yo estaba a punto de acostarme con una bruja guapa.
Sascha se acercó a mí, moviendo las caderas de una forma sensual y ondulante que me mareó. Sus manos se deslizaron por sus costados y su vientre, bajando un poco sus bragas antes de volver a subirlas hasta las copas de su sujetador. Juntó sus pechos y luego los dejó caer. A cierta distancia, profundos gemidos se mezclaban con la respiración entrecortada de la pareja que habíamos escuchado antes.
Para entonces, ya había llegado hasta donde estaba Sascha y la alcé en brazos, abrazándola con tanta fuerza que la derribé. Fue casi como una llave de lucha libre, pero en lugar de soltarla, me aseguré de que ambas nos dejáramos caer lentamente sobre la manta. Aun así, ella gritó y dejó escapar un pequeño y tierno suspiro. Sus ojos brillaban a la luz de las velas.
La agarré por las caderas y nos restregamos el uno contra el otro. Empezó a gemir con deseo, y yo me sorprendí gruñendo. Aunque ya me había empezado a restregar contra ella, de repente se me ocurrió algo.
—Esta... esta no es la primera vez, ¿verdad? —pregunté.
Negó con la cabeza, respirando con dificultad. —No. ¿El tuyo?—
—No. Un par de veces antes—.
—Yo también—, dijo, humedeciéndose los labios—. Quiero probar algo en un minuto. Si tenía algo más que decir, se le apagó entre los labios mientras la besaba. Su lengua se deslizó entre sus labios y pronto estábamos entrelazados. Se movía suave y sensual contra mí, retorciéndose en mi agarre. Nuestra respiración se entrecortaba y pude oír a la pareja, un poco más allá, a punto de llegar al clímax.
Aunque me preocupaba la idea de besarnos apasionadamente en el estacionamiento con otros autos cerca, me resultaba mucho menos difícil tener sexo en una tienda de campaña cerca de otras parejas que hacían lo mismo. Tan solo las paredes de nailon de la tienda bastaban para disipar mi timidez. Ni siquiera conocía a nadie allí, lo cual ayudaba. Bueno, eso y el hecho de que Sascha me acababa de agarrar el pene a través de los calzoncillos.
La apreté con más fuerza. Mis caricias anteriores habían revelado que el broche de su sujetador estaba delante, así que, mientras arqueaba la espalda, metí la mano izquierda entre sus pechos y lo desabroché. Las copas de satén rosa se desprendieron de su cuerpo y jadeó al sentir el aire fresco en sus pezones. Se endurecieron al instante y su agarre alrededor de mi pene se hizo más fuerte.
Mi otra mano presionaba su monte de Venus por encima de sus bragas, que ella restregaba contra mí con creciente frecuencia. Deslicé mis dedos sobre sus labios sedosos, como si pulsara las cuerdas de una guitarra clásica. Ella se estremeció y emitió una serie de gemidos suaves y urgentes. Perdido en esas sensaciones, no tenía ni idea de qué sonidos emitía.
—Uuuh... oh, Diosa—, gimió. Abrió el envoltorio del condón con un poco de esfuerzo y me bajó los calzoncillos rápidamente. Tenía una erección tan dura que mi pene casi saltó como un muñeco de resorte. Ella soltó una risita y me puso el condón. Sintiendo algo de vergüenza, seguí acariciándola, moviendo la mano de un lado a otro sobre sus bragas. Volvió a estremecerse.
—Vale, toma—, dijo con voz entrecortada mientras la ayudaba a quitarse la braguita rosa, que quedó colgando arrugada sobre una de sus rodillas. Me echó la otra por encima del hombro y se sentó sobre mis muslos, dándome la espalda—. Nunca lo había intentado así, y quiero mirar al cielo cuando llegue al orgasmo—.
Asentí con un gruñido, más allá de cualquier conversación larga. Mi pene estaba erecto y sentía como si todo mi cuerpo palpitara. Ella se incorporó un poco y luego se dejó caer sobre mí, su calor envolviendo mi pene. Gimió mientras me deslizaba dentro de ella en un proceso que pareció interminable. Juraría que sus labios se aferraban a mí.
Una exnovia mía ya lo había hecho antes, así que creía saber qué esperar. Sin embargo, en vez de rebotar, se balanceaba hacia adelante y hacia atrás, con las manos sobre mis rodillas. Puse las manos en sus caderas y la ayudé a mecerse. Una piedrecita se me clavaba en el hombro, pero no me importó; me concentré en penetrarla al ritmo de su balanceo.
Ahora respiraba más rápido y hacía ruidos más fuertes. De vez en cuando jadeaba algo como —Sí, así— o —justo ahí—, y yo intentaba hacer lo que creía que le gustaba. Era casi imposible concentrarme, y aunque solo habían pasado unos minutos, estaba a punto de estallar.
—Voy a... voy a...—
—¡Hazlo!— jadeó—. ¡Por todos los dioses, hazlo! —Echó la cabeza hacia atrás, se agarró los pechos y empezó a rebotar sobre mí—. ¡Hazlo, hazlo, hazlo! ¡Fóllame!—
Me dejé llevar y eyaculé. Sentí cómo su v****a se contraía alrededor de mi pene al correrme dentro del condón. Un gemido lastimero salió de su garganta y arqueó las caderas. Tras un momento sudoroso y sin aliento, la oí reír entre dientes. —¡Guau! ¡Guau, qué bien estuvo! ¿Estás bien?