Contrato

4475 Words
Capítulo #2 Contrato Eros Mi casa para mí siempre había sido mi lugar seguro, ese al que amaba llegar, acostarme en mi sofá y fumar mi cigarrillo después de una larga noche trabajando. Me había costado mucho conseguirla, pero era mi lugar. Claro que nunca imaginé que terminaría desnudo ante una loca que se me había metido en casa. —¡Ah! —solté un grito al verla y me cubrí con lo primero que vi—. ¿Qué haces aquí? Presione el cojín contra Goliat. La reconocí al segundo, seguía teniendo la mirada algo triste y las mejillas rosas. Como la noche anterior estaba vestida de rosa al estilo Barbie, con ese horrible collar de perlas estilo Lisa Simpson, el cabello rubio que se notaba no era natural y los ojos con un poco de verde algo rasgados, labios gruesos. Su mirada era sensual, lo había notado cuando me miró con esa especie de curiosidad y deseo mientas le bailaba. La pregunta importante era ¿Cómo estaba ella aquí? Estaba claro que era una de esas loquitas que se obsesionaban de nada, de alguna manera me había seguido hasta casa. —Yo viví aquí —respondió ella nerviosa. ¿Viví? —¡Un fantasma! Ella negó con la cabeza y aclaro su garganta —¡Vivo! Yo vivo aquí. —¿De qué estás hablando? —confirmado, estaba loca—. ¿Cómo me encontraste? Ella me miró de arriba abajo, sus mejillas se sonrojaron y avergonzada alargó las manos con las palmas abiertas en un intento de cubrir mi desnudes ante sus ojos. —No sé dé qué hablas, pero yo me acabo de mudar —explico ella mirando al techo—. ¿Puedes vestirte por favor? De poder podía, pero estaba tan impresionado como ella y dejé esto tan importante en el olvido. «Maldición, discutir desnudo no era bueno.» —¡Eros! —sentí un golpe seco y a Freddy llamarme. —¡Llama a la policía! se nos metieron en casa. El chico a su lado, un rubio muy alto, había dejado caer unas cajas al suelo, me miraba con la boca abierta y luego a la chica con obsesión por el rosado que aún no me daba una explicación lógica del porqué estaba en mi apartamento. La morena de cabello rojo silbó —Buen culo. Sonreí —Gracias. Si bueno, en mí no existía ni una gota de vergüenza y tenía unas nalgas lindas, no lo negaré, la perfección estaba en ellas. Freddy me tomo del brazo y tiro de mí hacia mi habitación. Por su cara sabía que me iba a caer una buena pelea y no entendía la razón. —Antes de que me digas algo, explícame que hacen todos esos en mi apartamento —exigí molesto y con los brazos como jarras. Freddy frotó su frente con nerviosismo —No, primero vístete. —A sí. Camine a mi armario y entre el desorden encontré unos pantalones grises de algodón para mí, esto era sufuciente. —Ahora dime qué hace la Barbie esa en mi salón —repetí. —Es tu nueva compañera de piso —explico él. Alce las cejas —¿Perdón? Estoy seguro de que tiene tetas y no la he visto, pero algo me dice que también v****a. Freddy se encogió de hombros —¿Eso importa? Solté una carcajada ¡Por supuesto que importaba! —No viviré con una mujer —aclaré, estaba muy seguro de eso. —Te dejé un montón de mensajes esta mañana, ya estabas avisado y respondiste «ok» —se defendió él Alce una ceja —Eso es mentira. Tome mi teléfono celular sobre la cama y revise los mensajes, ahí estaba su mensaje y un «ok» enviado por mí. ¡Mierda! —Yo suelo responder mensajes dormido —me justifiqué. —Qué mala suerte —respondió en un tono burlón. —Freddy no viviré con una mujer —repetí, lo haría hasta el cansancio. —¿Por qué no? —insistió Freddy. Parecía tonto o estaba fingiendo no conocerme Suspire —Dos razones, la primera le baile, la segunda es que está buena. —Puedes por favor dejar tu obsesión de meter tu pene en todos los agujeros —pidió él, en un tono cansado. Me crucé de brazos —No en todos… Casi todos. —Eros, ella pagará tres meses de alquiler, lo cual te ayudara mucho con tus deudas —explico. En eso tenía razón, pero seguía siendo una mujer. Restregué mis ojos —Me vio bailar. —¡Llevas una puta máscara! —me grito. Rodé los ojos —Este cuerpo no es fácil de olvidar. Freddy soltó un resoplido —No te notará, estaba borracha, además le dije que eras gay. —¿Qué? Olvídalo. Intenté pasar por su lado, tenía la intensión de salir y decirle a esta chica que no podía quedarse aquí, pero él me detuvo. —Eros llevo un mes buscándote un compañero, nadie quiere mudarse aquí —sentencio él. —Busca mejor, este lugar es genial. Solo con ver la cara de Freddy obtuve mi respuesta. El apartamento no estaba del todo bien, era algo oscuro, frío y tenía humedades, pero lo conseguí a un muy buen precio y la vecina de arriba me horneaba galletas todos los fines de semana. Era genial. —Si no la aceptas tendrás problemas por la deuda y terminarás en la calle —intento convencerme. Me crucé de brazos, tenía que hacer algo más. —Aún me quedan algunos ahorros —aun así no era sufuciente. El alzo una ceja e imitó mi posición —¿Gastarás el dinero de la exposición en deudas? Solté aire, no haría eso. Llevaba mucho tiempo ahorrando para poder abrir una pequeña exposición, esta me podría abrir muchas puertas en el mundo artístico y era una oportunidad que no quería ni alargar ni desperdiciar. —A mí no me sale eso de ser gay —no era bueno actuando. —Te aseguro que no hablamos otro idioma o hacemos algo diferente, sé tú mismo sin hablar de senos y culos —explico Freddy —No lo sé. Esto me olía a mala idea. —Eros quizás sean menos de tres meses, la chica acaba de dejar a su prometido y Brandon me aseguró que pronto volvería con sus padres —finalizo Supongo que ya me había convencido, no podía decir que no. Suspire —Bien, ella se puede quedar, pero no más de tres meses o tendrás un problema. Freddy sonrió complacido —Ya verás, serán menos de tres meses. ¿Han tenido esa sensación en el pecho cuando hacen algo malo y su mamá está a punto de descubrirlo? Bueno, yo tenía esa misma sensación, solo que era porque sabía que esto terminaría mal ¿En qué cabeza cabía que yo fuera gay? Me terminaría descubriendo, pero si quería terminar de pagar mis deudas y vivir tranquilamente tendría que sacar al actor que tenía dentro, un actor barato, pero era lo que había. Estire las manos hacia el pecho de Freddy y apreté varias veces. Este alzo las cejas —¿Por qué me tocas? —Quería asegurarme de que soy hetero —volví a apretar—. Lo soy, me siguen gustando las tetas. El le dio un empujón a mis manos —¡Ya madura y ve a conocer a tu compañera de piso! Puse mi mano en mi boca con dramatismo —¿Por qué me gritas? — limpié una lágrima imaginaria—. Ay eres tan malo. El cerro, los ojos —Eros actúa normal, eres gay, no retrasado. Aclare mi garganta —Sí, tranquilo. Seré gay, soy gay ¡Concéntrate Eros! Ya estaba listo. Abrí la puerta y salí al salón con un caminar elegante y carismático. —¡Hola chicas! Así que tú eres mi nueva compañera —me acerque a la Barbie y le di dos besos. Olía a fresas y a sexo duro contra esa ventana que tenía detrás… Ya lo estaba haciendo mal. Eliminé esos pensamientos y mostré una enorme sonrisa. —Me llamo Eros —alargue mi mano—. E-R-O-S. Ella la tomó y me dio un apretón —Mucho gustó, me llamo Mel y perdón por asustarte. La rodeé con mi brazo —Bueno, espero te guste nuestro apartamento y la pases muy bien aquí. Mire su escote ¡Madre mía! —Sí, estará bien. Freddy me empujó y me separó de ella. Era un aburrido. —Ella es Susan y Brandon mi novio —me presento Freddy. Aclare mi voz —Así que tú eres Brandon, escuché mucho de ti. Él me miró algo raro, como si estuviera molesto con mi simple presencia. —Sí, estamos muy felices, justos ¡Gracias! —¿Eh? —no había entendido nada. La morena pelirroja llamada Susan se metió en medio. —Espero seamos amigos —dijo con una sonrisa—. Si un día quieres experimentar algo diferencia, llámame. —¡Susan! —la regaño Mel. —Lo tendré en cuanta. Freddy se interpuso entre nosotros —Bueno, entonces si ya todo está bien, nosotros nos podemos ir. —¿Y el contrato? —interrumpió Mel. —¿Qué contrato? —pronuncie. —¿No tienen un contrato? Necesito un contrato para estar segura de que no me echarás de aquí —pidió ella. Mire a Freddy y este con una sonrisa nerviosa hablo: —Haremos uno ahora. Odiaba los contratos, las reglas y todo lo que venía con eso. La mejor forma de hacer que algo saliera mal era ponerle un tiempo, límites o reglas, eso lo arruinaba todo. Ella parecía decidida a firmar un absurdo contrato que estaba escribiendo Freddy a mano frente a nosotros. —¿Pondrán alguna regla? —pregunto él. ¿Qué regla podría ponerle yo a la Barbie está? Se veía que era una de esas niñas que no hacían nada mal, llevaban la vida perfecta y parecían salidas de unas de esas películas donde las protagonistas despertaban con el peinado y el maquillaje recién hecho. —No, yo estoy bien —respondí. —Yo sí —hablo Mel—. La limpieza es compartida, la cocina y el baño debe tener horarios, yo lo necesito a primera hora de la mañana, no me gusta el olor a cigarrillo dentro de casa, ni las fiestas o que invites a alguien sin avisar ¿Está bien así? —¿Puedo respirar o necesito un horario para eso? — pregunté boquiabierto. —Eros —me llamo Freddy con los dientes apretados. Tome aire —Apunta. En las tardes el salón se convierte en mi estudio, por las mañanas me gusta tocar la batería y evita el ruido muy temprano porque duermo hasta las diez de la mañana. Ella revisó el esmalte de sus uñas ¿Me estaba ignorando? —Bien, si eso es todo, pueden leer y firmar —pidió Freddy. Ella tomó el bolígrafo con delicadeza y dejo una linda y fina firma en el papel. Me pasó el bolígrafo, lo tomé sin cuidado y dejé mi nombre garabateado justo al de ella. —Listo — dejé el bolígrafo a un lado. —Yo los declaro, compañeros de piso amen —anuncio Susan. Después de unos minutos en el que trajeron algunas cosas de Mel y Freddy me ayudaba a recoger todo el desorden que había dejado después de la gran fiesta que hice anoche, me escondí en mi habitación. No tenía idea de que debería hacer con ella caminando de un lado a otro por el apartamento, no sabía qué decir o como comportarme. Después de un rato se dejaron de escuchar las voces de todos y un mensaje llegó a mi teléfono celular de parte de Freddy. «No puedes quedarte escondido en tu habitación y recuerda, eres gay.» De tanto que me lo decía, al final terminaría creyéndolo. Me levanté de la cama y salí de mi habitación, el salón estaba vacío y habían cambiado muchas cosas. Un cuadro con algunas líneas rosas estaba colgado en la pared del comedor, la mesa tenía algunas flores frescas. Mi estantería dónde antes tenía algunas pequeñas esculturas que me gustaba coleccionar, estaba llena de libros y las piezas habían sido reordenadas. El resto estaba bastante bien y ella no estaba por ningún lado. Encendí un cigarrillo y me fui directo a la cocina, ya eran la una de la tarde y aún no había tomado mi café de la mañana. Me encontré con una de esas cafeteras grandes también de color rosa, algunas tasas y unas de pareja azul y rosada con orejas de conejo. Qué obsesión tan enfermiza con el color rosa ¿Sería algún tipo de trauma o fetichismo? No sé si eso sea posible. Abrí la nevera y encontré que Mel la había dividido en dos partes, la suya estaba llena de productos que no conocía y la mía tenía papás fritas, galletas y cerveza. Cerré la nevera y me sorprendió al verla con una extraña máscara blanca en la cara. —¡Ah! — grité asustado—. ¿Qué te haces en la cara? —Oh, esto, es una máscara —respondió ella ajustándola—. El estrés me hincha y me salen granitos. —A mí las pajas. Eso no tenía que haber salido de mi cerebro. —¿Qué? —¿Eh? Miró al cigarrillo en mis dedos y aclaro su garganta señalándolo con los ojos. —¿Quieres? —le ofrecí. Ella endureció su rostro, tomo aire y volviendo a sonreír hablo: —Nada de cigarrillos dentro. —Mierda lo siento, olvide eso del contrato —fui directo a deshacerme de él. Esto de seguir normas no me gustaba nada. Ella retrocedió un paso —No pasa nada. Te apetece ponerte una. —¿Una qué? —¿Una mascarilla? —¿Eso es gay? — pregunté. No me juzguen ¡Me ponía muy nervioso! Mostró una sonrisa, entre divertida y confundida. —Supongo que cuidarse la piel es para todos —respondió ella. Me encogí de hombros —Bueno. Unos minutos después estaba con la cabeza sobre un cojín que había colocado en sus piernas mientras ella me ponía algunas cremas. —Tienes el cutis muy reseco —murmuro. «No mires sus tetas, no las mires.» —Sí —respondí a lo que hubiera dicho. Olía tan bien, tan perfecta, linda, atractiva y… —¡Ay! —caí al suelo. Me había pellizcado la nariz. —Lo siento, tenías un punto n***o —se disculpo ella. Era una maltratadora, bruja, aburrida, adicta al rosado, mimada y tonta. —Creo que mejor hago esto después —me daba otro pellizco de esos y me moría aquí mismo. —Deberíamos conocernos un poco —dijo cuando estaba a punto de levantarme para volver a mi habitación. —Tú te llamas Mel y yo Eros —respondí. —¿Cuántos años tienes? —indago. Suspire —Veinticinco años haciendo del mundo un lugar más bonito. —Yo tengo veinte —respondió ella. Era una cría —Te felicito, si me disculpas. Me importaba una mierda lo que dijera Freddy, había dos razones por las que no me apetecía estar con ella, número uno: pensamientos impuros. Número dos: era muy aburrida. Por más que quisiera no podía evitarme salir de la habitación, mi estómago rugía y estaba cansado de mirar al techo. Cruce mis dedos para no encontrala en el salón, pero ocurrió todo lo contrario, ella estaba con las piernas cruzadas en el suelo, los ojos cerrados y las manos sobre sus rodillas. ¿Se había quedado dormida así? Pase por frente a ella en silencio, ni siquiera abrió los ojos. Creo que eso era a lo que llamaban meditar, yo no podía estar tranquilo en esa posición por más de cinco minutos ¿Qué tanto hacían así? Si claro, meditar, pero no pienso que se logre mucho o es que a mí no me salía bien. Me senté en mi batería, tome las banquetas y comencé a tocar. Esto era lo que me relajaba a mí durante una noche larga de trabajo y un día aburrido. —¡Eros! —me grito ella. —¡No te escucho! —respondí. Me quito una banqueta de la mano —Estaba meditando. —¿Quieres un premio? Ella abrió la boca, luego la cerro dejando sus labios en una fina línea y soltó un largo suspiro. —Necesito silencio y tu ruido no me deja concentrarme —explico ella. —¿Ruido? La Barbie viviente me estaba ofendiendo. Conté hasta mil para no terminar usando su trasero como batería, cosa que a mí me gustaría y seguramente a ella no tanto. Se cruzó de brazos esperando una respuesta de mí. Primero no me dejaba fumar a gusto y ahora esto. —Vale, puedo aplazar mi horario de batería para que tú hagas eso —esta vez cedería yo. Era el primer día, solo se trataba de acostumbrarnos al estilo de vida de cada cual. Así había sido con Freddy, lo bueno es que él es hombre y no ponía tantas reglas, de hecho no teníamos reglas. —Eso sería genial —agradeció ella—. Estaba pensando en que tal vez deberíamos salir juntos a por unas copas o algo para cenar. Eso no estaba nada mal, si seguíamos aquí acabaría lanzándome por la ventana. —Genial conozco un sitio estupendo… —Yo conozco uno —me interrumpió—. Seguro te gustará. —Bueno, mientras tenga cerveza. Después de cinco minutos ya yo estaba listo para ir a comer, la tarde estaba cayendo y era magnífico salir, pero tuve que esperar cuatro horas más para que Mel estuviera lista. —¿Te falta mucho? — pregunté por quinta vez detrás de su puerta. —¡Me has preguntado veinte veces! —grito ella. —¡Ah, qué exagerada! —me cruce de brazos—. Llevas cinco horas. La puerta se abrió al fin —¿Me subes la cremallera? Me duelen los brazos de intentarlo. Ave María purísima, líbrame de los malos pensamientos, esos que son tan impuros y me provocan tener sexo con mi compañera de piso. Sexo del salvaje, del que debería ser ilegal. Mire su espalda desnuda, llevaba un vestido rosa, su escote de corazón con su collar de perlas que parecía no quitarse, el cabello suelto a un lado y unos grandes tacones que lograban que llegara a mi mandíbula, pues sí era muy pequeña en comparación conmigo. Como un Minion rosado, uno con la voz chillona. Trague en seco —Claro. ¿Qué podría pasar? Subí la cremallera rozando levemente mis dedos con su piel sedosa y bronceada. Era como la miel. Deseaba poner mi palma en ella, mientras empujaba contra su cuerpo. ¡Maldición! Freddy tenía razón, si quería meter a mi Goliat en todas partes. —¿Ya nos podemos ir? — pregunté en un tono duro. Ella sonrió y me miró de arriba abajo —¿Sudadera? —Muy práctica para salir ¿Lista? —insistí. Ella se encogió de hombros —Pues sí. Bajamos por las escaleras oscuras, hasta la calle, ya era de noche y odiaba conducir en la noche. —¿Dónde está tu coche? —pregunto ella. —Por aquí — señalé al callejón. Mi Harley-Davidson estaba estacionada en medio de este, en un tono rojo metálico, totalmente perfecta. Esta pequeña era el amor de mi vida, uno de mis pocos lujos y me había costado un ojo de la cara restaurarla. —¿Iremos en eso? —pregunto Mel. —Preciosa te presento a Mel —le dije a mi pequeña. —Eros, yo nunca he subido a una moto —me informo ella. Le pasé el casco —Siempre hay una primera vez. Ella miró el casco con algo de desagrado, al final se lo puso y camino hacia la moto para sentarse de lado, así es, esta tonta se había sentado de lado en la moto, con las piernas cruzadas y las manos en sus rodillas. La mire y la mire, esperando a que ella solita entendiera, pero eso no sucedió. —En la primera curva pierdes todos los dientes —le informé. —¿Qué dices? —pregunto. —¡Que te sientes bien! —le pedí molestó. —¡Tengo vestido! —me grito. —¿Y eso qué? Siéntate bien Mel —volví a repetir. —¡Que no voy a dejar que se me vea el culo! —me grito—. Me llevas o nos quedamos. Solté un bufido —Al menos agárrate y la multa la pagas tú. Cada vez la soportaba menos, era muy molesta. Tenía un montón de reglas, sin embargo, no aceptaba nada de lo que le decía, se creía el culo del mundo. Mel me señaló que camino tomar hasta llegar a un bonito restaurante que según ella era el mejor en la ciudad, tenía toda la pinta de ser uno de esos restaurantes costosos, no me importaba gastar de más siempre y cuándo la comida estuviera buena y no fuera uno de esos sitios tacaños que te servían una mini porción de lo que pedías. Nos sentamos en una de las mesas, el lugar se sentía algo rústico, natural y agradable. Ella parecía muy complacida. —Te encantará este sitio —aseguro Abrí la carta —La carta está en otro idioma. Ella abrió la suya —Es español. Eso no es español, no se entendía nada de lo que decía ahí, todo tenía nombres muy raros. —¿Ya saben que van a pedir? —pregunto la mesera. —Yo quiero Falafel y un San Roman —pidió Mel. ¿Qué carajos había pedido? Sonaba a veneno para ratas. —¿Y el señor? Volví a mirar la carta y la dejé a un lado rindiéndome. Por más que la leyera no entendí nada. —¿Tienen chuleta y cerveza? — pregunté—. ¡Ay! Mel me dio una patada por debajo de la mesa. Me froté la rodilla. —Señor, esto es un restaurante vegano —respondió la mesera. —¿Que enfermedad es esa? —pregunte confundido. Me sonaba la palabrita, pero no sabía de dónde. —¡Eros! —me regaño Mel. «Dramática» —No servimos carne —explico la mujer. —¡Herbívoros! —me levanté del lugar—. Vámonos Mel, este sitio no es para nosotros. No pagaría semejante cantidad de dinero, por lo que sea que sirvieran ahí, no era necesario ponerle nombres tan raros a un poco de ensalada. Qué sitio tan tonto. Sentí el taconeo de Mel hasta que llegamos a la moto. —¡Me has avergonzado! —me grito ella. —¡Tú me has avergonzado! —yo también estaba molesto—. ¿Cómo se te ocurre traerme aquí? —Es uno de los mejores locales de la ciudad, vengo aquí seguido y ya no podré hacerlo más —se quejó ella. —Sube a la moto, yo te voy a enseñar lo que es la mejor comida de esta ciudad. Aunque estaba molesta conmigo, término sentándose en la moto, por supuesto, a su manera. La llevé a uno de los puestos de comida que se encontraban cerca de una pequeña plaza, ahí servían los mejores tacos de la ciudad. —¿Qué es esto? —miro al lugar con desagrado. —Tacos, lo mejor que se ha hecho en México —me acerque con ella al puesto—. ¿Has estado en México? Negó con la cabeza —Solo he ido a Italia. —Pues no sabes lo que te pierdes, los mejores sabores están en Latinoamérica —le informe. Había viajado mucho y sabía de lo que hablaba. Ella alzó una ceja —Por supuesto. Ordené una buena cantidad para ambos, bastante variado, ya que sería la primera vez que Mel probaría uno. Tome el pedido y me acerque a ella que esperaba con los brazos cruzados junto a la moto. —Aquí tienes los tuyos —ofrecí, ella no los tomó. —¡Soy vegana! —me grito. ¡Maldición! Por supuesto, no me había dado cuenta. Me giré hacia el puesto —¿Los haces solo con lechuga? La noche no pudo ir peor, después de comerme solo doce tacos y comprarle una horrible ensalada a Mel volvimos a casa. Ella no estaba nada contenta, pero agradecí que nada más entrar se encerrará en su habitación. Hoy había sido nuestro primer día viviendo juntos y fue horrible tal y como imaginaba que sería, pero no por mí, yo lo intente. Nada más tocar la cama me quedé dormido, quien diría que vivir con ella fuera tan agotador. Cuando desperté a las diez de la mañana y la busque por el apartamento descubrí que no se encontraba. Genial, anduve por la casa desnudo, baile mientras bebía café e hice la fotosíntesis en la ventana. Adoraba la soledad y la tranquilidad. «Ven a verme en un par de horas» Cómo decía, adoraba la paz, pero Freddy siempre me interrumpía. Veía bien ir a verle, quería decirle unas cuantas cosas, así que me fui a vestir con una sudadera gris y pantalones sueltos para hacerle una visita a mi amigo traidor. Si tan solo él no se hubiese enamorado y mudado, yo estaría bien. No era uno de esos hombres que se negaban al amor, por lo que lo entendía, a mí también me gustaría sentir lo que él sintió, solo que se me hacía difícil y no quería fingirlo como hacía la mayoría. Toque a la puerta del apartamento que compartía Freddy con Brandon. Este me abrió la puerta. —Hola traidor —dije nada más verlo. —¡Te dije en un par de horas! —recordó él. —¿Tú también me vas a poner horarios? —entre el apartamento—. No sé de dónde la sacaste, pero devuélvela. —¡Eros cállate! —pidió Freddy. —No me mandes a callar —le pedí caminando por el salón —Esa loca con la que me estás haciendo vivir es insoportable, cancela el contrato y busca a alguien más. No me intentes convencer, no lo soporto, es vegana, escandalosa y esos colores que usa me están causando migraña. —¡Eros! —¿Ya hiciste café? Entre a la cocina. Estaban todos, Susan con un trozo de pan en la boca mirándome con los ojos muy abiertos. Brandon tenía una sonrisa forzada y lo peor era Mel, estaba sentaba en la encimera con una camiseta rosa que llevaba un beso en el pecho, los brazos cruzados y la mirada molesta. Si alguien tenía una máquina del tiempo que la sacará ya, este era un buen momento.
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