Capítulo 3 El Demonio y la Promesa

1566 Words
El dispensario era tranquilo. Demasiado tranquilo. El lugar tenía una limpieza impecable, una luz suave, una calma que parecía fuera de lugar para alguien como Amara. Todo se sentía ordenado, tibio, casi seguro. Pero para ella, aquella serenidad no era consuelo. Era una escena ajena, un préstamo temporal que no sabía si merecía. Porque el burdel seguía dentro de su cuerpo. Los recuerdos se le acumulaban como sombras: los colchones que crujían con cada movimiento, las manos que no podía apartar, la música distorsionada en los pasillos, los sonidos que nunca quiso escuchar. Cada imagen volvía sin pedir permiso, aferrándose a ella como si no quisiera soltarla. Y, aun así, lo que más le pesaba no era el pasado. Era la calma presente. Esa calma que no sabía cómo manejar. Tragó saliva y sintió el ardor en la garganta, una punzada que la obligó a recordar dónde estaba: viva, respirando… aunque no estaba segura de si eso contaba como libertad o simplemente como otra forma de seguir sobreviviendo. —Respira hondo —dijo el médico con tono neutro, limpiando una herida profunda en su costado—. Estás fuera de peligro ahora. Amara no respondió. Sabía que el peligro podía ser cualquier cosa: una mirada de la Madame, una sonrisa fingida, una mano que parecía amable antes de destruirla. Por eso nunca confiaba en esa palabra. Un escalofrío la recorrió y giró la cabeza. Ahí estaba él. Igor. Apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, vigilante. Su ropa tenía sangre seca y la camisa abierta dejaba ver una cicatriz. No la miraba; observaba al médico con una atención que tensaba el aire. Ella lo recordaba demasiado bien. Lo había visto matar sin dudar, moverse con una seguridad que daba miedo. Esa imagen no se borraría jamás. Y cuando por fin dirigió la mirada hacia ella, no fue como los demás. No con deseo. No con repulsión. La miró como si ella fuera una persona. Y ese gesto le heló el pecho. —¿Por qué? —preguntó de pronto, su voz ronca por la falta de agua y el exceso de gritos. Igor la miró. Solo eso. Y fue suficiente para hacerla estremecer. —¿Por qué qué? —¿Por qué me ayudaste? Sus palabras colgaron en el aire como una amenaza. Como un ruego que no quería pronunciar. Amara no sabía qué era peor: recibir una mentira dulce o una verdad cruel. —Porque quise —dijo él sin moverse—. Y porque y porque ya era hora de que alguien rompiera las reglas. Ella apretó los labios. Había algo en la forma en que lo dijo, con esa voz grave, casi gutural, que le hizo temblar las piernas, aunque estuviera acostada. —Tú eres parte de esas reglas. —Soy parte de la Bratva. No del burdel. Hay diferencia. Amara ladeó la cabeza, observándolo. —No la veo. —No necesitas verla —replicó él, dando un paso hacia la camilla—. Solo necesitas entender esto: no me gustas porque seas bonita, o porque gimas bien. Me gustas porque se exactamente con quien debes pertenecer. Esa confesión fue como una caricia cruel, un dedo invisible que le trazaba el esternón. El silencio cayó como una bomba. Amara tragó saliva. Su cuerpo dolía, pero el corazón... el corazón empezaba a latir con una furia inesperada. El médico la tocó suavemente en la cadera, revisando un hematoma. Ella se sobresaltó. Igor lo notó y en dos pasos estaba junto a ella. —Él no va a lastimarte —dijo, sin quitarle la vista de encima al doctor. —Estoy bien —murmuró ella—. Solo… estoy cansada. El doctor terminó en silencio y se retiró. En cuanto salió, Igor cerró la puerta con pestillo. Ella lo observó con el corazón golpeándole en las costillas. —¿Ahora qué? Él se acercó lentamente y tomó una silla para sentarse frente a ella. Sacó un pequeño relicario de plata y lo dejó sobre la mesa junto a la cama. —Un símbolo —dijo—. Para que todos sepan que estás bajo mi protección. Era una cadena. Gruesa. Firme. Fría. —Tienes dos opciones. O regresas al burdel como si nada... y en menos de una semana estarás muerta. Amara lo sabía. Sabía que la Madame no perdonaba. Que sus chicas odiaban a las que llamaban "preferidas". Y ella había sido vendida muchas veces como tal. —¿Y la otra opción? El tono de Igor se volvió más oscuro, más bajo… con esa cadencia que arrastraba peligro como una promesa. Casi una orden. —Pertenecerme. Amara abrió la boca, pero no salió sonido. Ni aire. Solo esa palabra clavada en su garganta como un anzuelo de fuego. —Si creen que me sirves en la cama, ninguna de ellas se atreverá a meterse contigo. Un estremecimiento la recorrió, subiendo por sus piernas hasta instalarse en su vientre. —¿Y qué gano yo? —susurró, temblando. No era valentía lo que la hacía preguntar, sino una desesperada necesidad de negociar con el infierno. —Respirar sin miedo. —¿Eso ofreces? ¿A cambio de mí? —Te ofrezco lo que aquí es un lujo: despertar sin temblar. Dormir sin vigilar la puerta. Que nadie más decida por ti… excepto yo. Sus ojos la mantenían cautiva. No eran promesas vacías. Eran amenazas que, por algún motivo, sonaban como salvación. —¿Y tú? ¿Qué ganas tu? —musitó. Igor se inclinó hacia ella. Su aliento rozó su piel. Su olor la envolvió: cuero curtido, humo viejo de nicotina, y un trasfondo animal, oscuro y primitivo, que se le metió bajo la piel y se instaló en su garganta como un secreto que no podía nombrar. El tipo de olor que no se olvida ni aunque uno se bañe con lejía. —A ti desde luego. Amara bajó la mirada. Una imagen la atravesó como un látigo: Vera, una de las chicas, colgada desnuda de una cañería oxidada, el cuerpo lacerado, sangre en sus muslos. Gritos ahogados. Nadie se movió. Nadie se atrevió. Amara había vomitado esa noche. Y durante semanas, sus pesadillas olían a hierro, orina y miedo. —No las odio —dijo, rompiendo el silencio. —¿A quiénes? —A la Madame. A las chicas. Hicieron lo que tenían que hacer para seguir respirando. Así funciona este lugar. Igor asintió lentamente. Un asentimiento que sabía a veredicto. —Sobrevive la más fuerte. —Y yo no soy fuerte. —Entonces aprende a dejarte proteger. Las palabras la atravesaron como un susurro indebido. ¿Protección? No conocía el sabor de esa palabra. Siempre la habían entrenado a sobrevivir, no a rendirse. Pero por alguna razón, viniendo de él… no sonaban como sumisión. Sonaban como un pacto secreto. Amara cerró los ojos. Por primera vez, no se sintió avergonzada por el peso de esas palabras. Sentirse protegida era tan nuevo como doloroso. Como un lujo que no sabía si se merecía. —Dijiste que eres parte de la Bratva. No del burdel. —Así es. —¿Eso te da poder? —Más del que debería tener alguien como yo. Se incorporó lentamente. El dolor era punzante, pero la urgencia pesaba más. La bata, floja y vieja, se deslizó apenas sobre la piel de Amara, dejando ver más de lo que pretendía. Igor desvió la mirada, pero no lo suficiente. Y ella lo sintió. Lo supo. Lo vio en la forma en que su respiración se tensó, en cómo sus manos se cerraron en puños. —¿Qué pasará con la Madame? Él se puso de pie. Su cuerpo proyectó una sombra sobre ella. Sus ojos, por un instante, no fueron humanos. Una chispa de fuego bailaba dentro. —De eso me encargo yo. La frase se le clavó en la piel como un tatuaje invisible. El silencio los envolvió como una sábana húmeda. Amara se llevó una mano al pecho. Su corazón latía con una desesperación nueva. Aún no sabía si acababa de firmar su salvación… o su condena. Y entonces, él se acercó. Rozó su mejilla con los nudillos, sin pedir permiso. Fue apenas un contacto, pero su piel se erizó como si hubiese sido azotada. No era el dolor lo que la atravesaba. Era la posibilidad. El abismo. Y él lo sabía. Con una lentitud peligrosa, Igor tomo el relicario de plata que le había mostrado. El frío del metal la hizo jadear, mientras se lo colocaba alrededor del cuello, sus dedos rozaron la piel expuesta de su clavícula. Su tacto era firme, pero delicado. Como si se obligara a no quebrarla. Y luego, la besó. Lento. Firme. Como si estuviera marcando territorio. Amara no se apartó. No porque no pudiera. Sino porque una parte de ella ardía. Igor se alejó apenas. La conexión entre sus cuerpos seguía ahí, invisible, palpitante. Si ella lo pedía, él la tomaría en ese momento. La devoraría. La haría suya. Pero no lo haría por deseo. Ni por placer. Lo haría por derecho. Por posesión. Y eso… eso era peor. El aire estaba impregnado de su olor. El metal helado aún colgaba entre sus pechos, como una advertencia. Como una promesa que la hizo pensar. “¿Estoy vendiéndole el alma a un demonio por protección… o simplemente estoy volviendo al infierno del que nunca salí?”
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