El sótano estaba en silencio, salvo por los jadeos irregulares de la Madame, encorvada de dolor mientras el líquido amniótico y la sangre formaban un charco bajo su cuerpo debilitado.
Amara reaccionó sin pensar. Como si algo enterrado en su interior —algo olvidado, instintivo— hubiera despertado.
—Túmbate boca arriba —susurró, arrodillándose junto a ella, con la voz temblorosa.
La ayudó a recostarse sobre unos sacos improvisados, le apartó el cabello húmedo del rostro y trató de controlar el temblor incesante de sus manos. No tenía idea de qué hacía, solo que debía hacerlo.
—No quiero morir… —gimió la mujer, los ojos llenos de un miedo que Amara jamás olvidaría.
—No vas a morir —mintió, sabiendo en lo más profundo que ya era tarde.
La hemorragia era descontrolada. El bebé estaba por nacer… y ella al borde del final.
La Madame gritó. No un grito de dolor, sino de despedida. De lucha. De desesperación. Amara presionó, sostuvo, empujó sin saber si lo hacía bien. Solo sabía que no podía permitir que el bebé muriera con ella.
Entonces, el grito cesó. Y por un segundo, el mundo se volvió mudo.
Hasta que un llanto agudo, nuevo y desgarrador rompió el silencio.
—Es un niño —susurró Amara, con las manos aún temblando, ensangrentadas, sucias, pero firmes.
—Déjame verlo… —murmuró la Madame, con la voz rota—. Viktor. Su nombre debe ser Viktor.
Amara lo colocó con cuidado sobre su pecho. La mujer lo miró, lo tocó apenas con los dedos. Sonrió. Y con esa última sonrisa… se fue.
—¡No me dejes con él! —suplicó Amara, al ver cómo la vida se desvanecía de sus ojos.
Pero ya era tarde.
Viktor lloraba como si sintiera el abandono antes de comprender siquiera el mundo al que acababa de llegar.
No hubo tiempo para llorar. Amara envolvió al bebé en una manta raída, lo acunó contra su pecho y lo llevó a escondidas por los pasillos silenciosos del burdel. Lo ocultó en su habitación, dentro del clóset, entre prendas cuidadosamente acomodadas como un nido clandestino. Cada noche lo vigilaba en la penumbra, repasando mentalmente cada paso para no cometer errores.
Para alimentarlo, entregó el dije que Igor le había regalado como promesa de protección, sobornando a un cocinero que juró no hacer preguntas. Pero ella sabía que no podría ocultarlo para siempre. Tenía que encontrar la forma de sacarlo de allí… y pronto.
Días después, cuando encontraron el cuerpo sin vida de la Madame, el ambiente cambió. Nadie preguntó cómo o por qué. Pero la tensión se instaló como un gas invisible que lo impregnaba todo. El reloj empezó a correr en su contra. Y mientras el burdel seguía operando —cuerpo tras cuerpo, noche tras noche—, algo más se resquebrajaba dentro de ella.
Esa noche, sin embargo, todo se quebró distinto.
Desde el otro extremo del salón, una mirada la detuvo. No fue deseo. Fue una interrupción. Como si alguien hubiese pronunciado su nombre en voz baja dentro de su mente.
Amara alzó los ojos. Y lo vio.
Adrian Marchand.
No lo conocía, pero lo supo de inmediato. No por el traje caro, ni por la postura segura. Sino por la calma. Una calma que solo poseen quienes saben que el mundo se inclina ante ellos.
Se acercó. Con elegancia, sin prisa. Como si no fuera necesario competir con el bullicio de la noche.
—Tienes un bello nombre —dijo, cuando ella se presentó con la voz pulida por el entrenamiento.
Y entonces añadió:
—Yo soy Adrian Marchand.
Amara no respondió al instante. El apellido quedó suspendido en su mente como una amenaza elegante. Marchand. Poder. Secretos caros. Silencio envuelto en trajes de diseñador.
Igor lo había mencionado una vez, como quien nombra al diablo con respeto: “Esa familia no necesita ensuciarse las manos para destruirte. Ya lo hicieron contigo antes de que nacieras.”
—Y él es Grayson —añadió Adrian, señalando al hombre a su lado.
Grayson era encantador. Impecable. Pero su mirada la inquietó. Había algo demasiado calculado en su sonrisa, como si ocultara una historia que ella no quería conocer.
Poco después, Grayson se retiró.
Fue entonces cuando Adrian, con voz tranquila, propuso buscar un lugar más privado.
Amara asintió. No por obediencia. Algo en él arrastraba su voluntad, no como una orden… sino como un reflejo.
Mientras caminaban, uno de los encargados los interceptó.
—Señor Marchand… —dijo con una sonrisa servil—. La dirección considera que debería disfrutar la noche en la habitación privada de Amara. Es importante para nosotros que se sienta complacido… y se quede el tiempo que desee.
Adrian se limitó a mirarla. Esperaba su reacción. No dio ninguna orden.
Pero Amara lo entendió.
Claro. Él era el tipo de cliente que el burdel quería retener. Entre más tiempo pasara dentro, más dinero dejaría. Era inversión. Era codicia disfrazada de hospitalidad.
Solo que en su habitación… dormía Viktor.
El bebé que no era suyo, pero al que había traído al mundo. Su secreto. Lo más parecido al amor que había conocido.
—¿Todo bien? —preguntó Adrian, sin presionar, pero con la mirada fija en ella, como si pudiera verla por dentro.
Amara tragó saliva y forzó una sonrisa.
—Sí… por aquí.
Entraron. La habitación estaba en penumbras. Viktor no lloraba. Dormía. El silencio era fino, frágil, a punto de romperse.
Ella cerró la puerta con cuidado. Activó la cerradura desde dentro. Su pecho subía y bajaba con dificultad. No podía dejarse arrastrar por lo que sentía. No ahora.
Pero Adrian no esperó.
Se acercó por detrás y la rodeó por la cintura, con manos cálidas y firmes. Y ella… no se tensó. Por primera vez en años, no lo hizo.
—¿Puedo? —susurró junto a su oído—. Solo dime que pare… y me detengo.
Ella no dijo nada. Solo asintió.
Y al hacerlo… se odió un poco.
Adrian deslizó el cierre de su vestido con una lentitud calculada. La tela cayó como si él tuviera experiencia en desnudar secretos, no solo cuerpos. No la empujó. La atrajo con una suavidad firme, como si la deseara… pero sin dominarla.
—Eres perfecta —murmuró, más como una confesión que como un halago.
No era como con Igor. Él la había hecho sentir protegida, incluso amada. Pero jamás encendida.
Con Adrian… era fuego líquido.
Ambos se desnudaron sin palabras. No para seducirse, sino para derribar la distancia que había entre ellos.
Y justo cuando él iba a tomarla, con los labios rozando su piel…
Un sonido los interrumpió.
Un quejido suave. Apenas un suspiro ahogado entre sombras.
Ella contuvo el aliento.
No. No ahora…
El quejido se convirtió en llanto. Agudo, insistente.
Adrian se tensó. Se quedó inmóvil.
—¿Eso fue… un bebé? —preguntó en voz baja, aún sobre ella, con los ojos clavados en la puerta del clóset.
Amara cerró los ojos. Las lágrimas comenzaron a correr sin permiso. Sabía lo que venía. Sabía que ese momento iba a llegar.
—No… por favor —susurró, apenas audible.
Pero Adrian ya la estaba viendo de otra forma. No como una mujer hermosa. No como una distracción de lujo.
La estaba viendo de verdad.