2- Ladrona

753 Words
Capítulo 2 Ladrona Sofía Había trabajado más horas de lo habitual. La casa estaba llena de invitados, las órdenes no terminaban y cuando por fin la cocina quedó vacía, el hambre me dobló por dentro. El estómago me ardía. Vi el pan sobre la mesa y dudé. Miré alrededor. Nadie. Tomé un trozo pequeño, casi insignificante, y me lo llevé a la boca con culpa, como si masticar fuera un delito. —¿Qué estás haciendo? La voz me heló la sangre. Me giré despacio. La prometida de Dante estaba allí, impecable, observando con una sonrisa que no prometía nada bueno. —Tenía hambre —empecé a decir, con la voz baja. —No te pregunté eso —me interrumpió—. ¿Robaste? El miedo se me clavó en el pecho. —Yo solo… —Responde sí o no —ordenó, acercándose—. No te pagan para hablar. Dante apareció detrás de ella, silencioso, con esa presencia que hacía que todo se detuviera. Iván estaba unos pasos más atrás, callado, observando sin expresión. —¿Es cierto? —preguntó Dante—. ¿Robaste algo? Abrí la boca para explicarme, para decir que era solo pan, que no había malas intenciones, pero ella habló antes. —Sí —dijo con calma—. Tomó uno de los tenedores de plata. Sentí que el aire se me iba de los pulmones. La miré, incrédula. —Yo… —intenté decir algo. —¡Solo di si tomaste algo sin pedir! —insistió Dante, sin mirarme. Las demás sirvientas siguieron trabajando, como si no estuviera ocurriendo nada. —Sí —susurré al final. El silencio fue inmediato. —Eso pensaba —dijo Charlotte, satisfecha. Iván me miró entonces. No dijo nada. No hizo nada. Su silencio pesó más que cualquier palabra. —Patético —murmuró Dante—. Ni para eso sirves. Siempre terminas descubierta. Bajé la cabeza. No lloré. No pedí perdón. Sabía que no serviría de nada. —Vete —ordenó—. Y agradece que hoy no tengo ganas de castigar ladrones. Quédate en el cobertizo hasta que aparezca ese tenedor. —¿El cobertizo? —pregunté sin pensar. Ese lugar era húmedo, frío, desolado. No había probado bocado en todo el día. —Sí —respondió—. Allí. Luego miró a una de las sirvientas. —¿No es así? Ella asintió sin mirarme, obligada a seguirle la corriente. Me di la vuelta. Iván ya no estaba allí. Caminé despacio, con el estómago vacío y la vergüenza ardiendo por dentro. Al cruzar el pasillo, lo vi. Iván estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados. No me detuvo, pero habló cuando pasé a su lado. —No pensé que fueras así —dijo. No me miró. Eso fue lo peor. —No lo soy —respondí sin pensar. Iván soltó una risa breve, seca. —Claro que lo eres —dijo—. Todas lo son aquí. Siempre intentando tomar algo que no les pertenece. Seguí caminando sin responder. Pero sus palabras se quedaron conmigo, clavadas, recordando que en esa casa no importaba la verdad, solo lo que ellos decidían creer. El cobertizo era más pequeño de lo que recordaba. La puerta se cerró tras de mí con un sonido seco y el silencio cayó como un peso. El aire estaba húmedo, denso, y el frío se me metió en los huesos casi de inmediato. No había cama, solo un banco de madera áspera y un balde con un poco de agua. Me senté despacio, abrazándome los brazos, intentando conservar algo de calor. El hambre volvió a retorcerme el estómago. Bebí un sorbo de agua para engañarlo, pero no sirvió. Las lágrimas llegaron sin permiso, calientes al deslizarse por mis mejillas heladas. No lloré en voz alta. Nunca lo hacía. Llorar fuerte era llamar la atención, y eso siempre tenía consecuencias. La noche pasó lenta. El frío me mantuvo despierta. Pensé en mis padres, en si alguna vez habían imaginado esto cuando me dejaron allí. Pensé en Iván. En su silencio. En su mirada. Eso fue lo que más dolió, no entendia la razón tampoco... El día siguiente transcurrió igual. Nadie abrió la puerta. Nadie preguntó si seguía viva. El sol se coló apenas por una rendija alta, suficiente para marcar el paso de las horas. Bebí el resto del agua con cuidado. El hambre se volvió un dolor sordo, constante. Me acurruqué en el banco, temblando, con la ropa aún húmeda por el frío de la noche.
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