El viernes llegó como una promesa envenenada y una amenaza silenciosa al mismo tiempo. Elena había pasado la semana entera atrapada en una especie de limbo mental, una división interna que amenazaba con quebrarla. Sus turnos en el Hospital Privado Willow Creek se habían vuelto mecánicos; movía el cuerpo, tomaba constantes vitales y atendía a pacientes que se quejaban de nimiedades, pero su alma estaba en otro sitio. Cada vez que cerraba los ojos, incluso en las breves pausas para el café, volvía a sentir el calor de la piel de Steve bajo sus dedos y la frialdad cortante de su voz pronunciando su nombre. No había vuelto al hospital. No había llamado. Solo su nombre, Steve, flotaba en su cabeza como un secreto sucio que no quería guardar pero del que no podía deshacerse.
Decidió que necesitaba aire. Necesitaba a Sara y, sobre todo, necesitaba convencerse a sí misma de que su vida seguía siendo suya. Después del turno de tarde, se cambió en el vestuario con manos ligeramente temblorosas. Se quitó el uniforme estéril y se puso unos jeans oscuros ajustados, botas bajas y una blusa negra de seda con un escote sutil que rara vez se atrevía a lucir. Frente al espejo del baño, se soltó el pelo n***o, dejando que cayera en ondas sobre sus hombros, y se aplicó un toque de máscara de pestañas y un labial rojo intenso. Se sintió ridícula por un segundo. No sabía por qué se arreglaba más de lo habitual. O sí lo sabía, pero admitirlo significaba aceptar que estaba intentando impresionar a un fantasma.
Llegó a El Horizonte pasadas las diez. El ambiente era eléctrico, cargado del jazz moderno que caracterizaba al local y del murmullo constante de la élite del pueblo. Las luces ámbar, tenues y estratégicas, hacían que todo pareciera más caro y sofisticado. Sara, que se movía con agilidad tras la barra, la vio de inmediato y le hizo un gesto entusiasta, señalando el taburete que siempre le reservaba.
—¡Prima! Menudo cambio —dijo Sara, escaneándola con la mirada mientras le servía una copa de vino tinto sin preguntar—. Ese labial te queda de muerte. ¿Día duro?
—Normal —mintió Elena, bebiendo un sorbo generoso para aplacar los nervios—. Solo necesitaba salir de esas cuatro paredes blancas.
Sara se inclinó sobre la barra, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cargado de intención.
—Mira hacia el fondo, a la derecha. En la mesa VIP. ¿Ves lo que yo veo?
Elena giró la cabeza despacio, intentando parecer indiferente. Y entonces, el corazón se le detuvo por completo.
Allí estaba él.
Steve presidía una mesa apartada, rodeado de cuatro hombres de aspecto letal vestidos con trajes oscuros que gritaban "seguridad". Pero lo que hizo que a Elena se le revolvieran las entrañas no fueron los guardaespaldas, sino las dos mujeres que lo flanqueaban. Una rubia despampanante, con un vestido rojo que parecía una segunda piel, le hablaba al oído con una familiaridad hiriente; la otra, una morena de belleza agresiva, reía mientras apoyaba la mano en el hombro de Steve. Él no sonreía. Su expresión era la misma que en el hospital: distante, gélida, como si todo ese lujo y esas mujeres fueran apenas accesorios necesarios para su estatus. No las apartaba, pero tampoco les prestaba una atención real.
Elena sintió un pinchazo de celos puros e irracionales. ¿Quiénes eran ellas? ¿Cómo podían tocarlo con tanta libertad cuando ella apenas se atrevía a sostenerle la mirada? Sentirse así por un hombre que la había tratado con tanto desprecio la hacía sentirse pequeña, como una tonta sin dignidad.
Al lado de Steve, había otro hombre. Parecía más joven, quizás de unos treinta años, con el pelo oscuro y unos ojos claros que vigilaban el local con una sonrisa fácil y peligrosa. Era atractivo, pero de una forma menos pesada que la de Steve. Llevaba la camisa negra abierta en el cuello y un reloj de oro que brillaba bajo la luz. A diferencia de Steve, este desconocido sí bromeaba con las mujeres, aunque su mirada volvía constantemente a la entrada, como si esperara una señal.
—¿Qué pasa? Te has quedado blanca —murmuró Sara, preocupada.
—Es él, Sara. El hombre de la herida —susurró Elena, sin poder apartar la vista.
Sara abrió mucho los ojos y silbó bajito.
—¿Ese es Steve? Madre mía, Elena. No es un hombre, es un problema con patas. Han llegado hace veinte minutos. Pagan en efectivo y nadie se atreve a preguntarles nada. Mira cómo lo miran esas mujeres... se nota que son de su mundo. Olvídalo, prima. Un tipo así no sabe lo que es la palabra "respeto".
Elena no contestó. Intentó disimular bebiendo vino, cruzando las piernas y acomodándose el pelo, esperando desesperadamente que él levantara la cabeza y la viera. Quería que él viera que ella también podía ser hermosa, que no era solo la enfermera de turno. Pero Steve se mantuvo impasible. Ni una sola vez miró hacia la barra. La ignorancia de él era un golpe más fuerte que cualquier insulto.
—Me voy a casa, Sara. Tienes razón, no vale la pena —dijo Elena de pronto, sintiendo que las lágrimas de frustración empezaban a escocerle.
Se levantó y caminó hacia el baño, que estaba situado en el mismo pasillo que conducía a la mesa del fondo. Pasó lo suficientemente cerca de Steve como para oler su perfume metálico y caro. Lo hizo a propósito, esperando una reacción, pero él ni siquiera parpadeó. En el espejo del baño, Elena se miró con asco. Se sintió patética. ¿Por qué buscaba la atención de un mafioso arrogante que la trataba con indiferencia?
Al salir, un hombre de unos treinta años, con un traje barato y olor a alcohol, le bloqueó el paso en el pasillo. Tenía una sonrisa babosa que le dio náuseas.
—Ey, guapa. ¿A dónde vas con tanta prisa? —preguntó él, acercándose demasiado—. Una mujer como tú no debería estar sola un viernes noche.
—Déjame pasar. No me interesa —respondió Elena con frialdad.
Intentó esquivarlo, pero el tipo la agarró del brazo con fuerza.
—Venga, no seas estúpida. Solo quiero invitarte a una copa. No te hagas la difícil.
Elena intentó zafarse, pero el agarre era firme. El miedo, ese viejo conocido, empezó a subirle por la garganta.
—¡Suéltame ahora mismo!
—Suéltala.
La voz no era la de Steve, sino la del acompañante de ojos claros que estaba sentado a su lado hace un momento. Se encontraba en el extremo del pasillo, con un cigarrillo entre los dedos y una expresión de aburrimiento letal. Sus ojos se clavaron en el agresor con una intensidad que no admitía réplicas. El hombre soltó a Elena como si su brazo estuviera hecho de fuego.
—Solo... solo estábamos hablando, jefe —balbuceó el tipo, retrocediendo aterrorizado.
—Vete antes de que decida que tu cara no me gusta —dijo el desconocido con una calma que daba más miedo que un grito.
El agresor desapareció hacia la salida sin mirar atrás. Elena se quedó allí, recuperando el aliento, apoyada contra la pared del pasillo. El hombre se acercó despacio, apagando el cigarrillo contra un cenicero de cristal con movimientos pausados.
—¿Estás bien, Elena? —preguntó él. Su tono era cálido, casi amable, algo totalmente opuesto a la frialdad de Steve.
Elena se quedó helada. El pulso se le aceleró por un motivo diferente.
—¿Cómo sabes mi nombre? No te conozco de nada.
El hombre sonrió, una sonrisa de medio lado que recordaba vagamente a la de Steve, pero sin la maldad intrínseca.
—Digamos que mi hermano tiene una memoria excelente para las caras... y para los nombres que logran llamar su atención. Me llamo Marcus, por cierto.
Elena sintió que el calor le subía a las mejillas. ¿Steve le había hablado de ella? ¿Le había mencionado a su hermano "la enfermera que le curó"? Antes de que pudiera procesar la duda, una voz cargada de una furia gélida rompió el momento.
—¿Qué coño crees que estás haciendo, Marcus?
Steve apareció en el umbral del pasillo. Su postura era rígida, sus puños estaban apretados y sus ojos grises eran ahora dos pozos de rabia pura. No miraba a Elena; miraba a Marcus como si quisiera atravesarlo.
—Tranquilo, hermano —dijo Marcus, levantando las manos en gesto de paz—. Un imbécil la estaba molestando. Solo he hecho el trabajo que tú no estabas haciendo por estar ocupado con esas dos rubias.
Steve dio un paso adelante, invadiendo el espacio de ambos. Su presencia era tan abrumadora que Elena se sintió asfixiada. Finalmente, él bajó la mirada hacia ella. Por primera vez en toda la noche, la vio de verdad. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en sus labios rojos y en el escote de su blusa. En ese momento, Elena vio algo que no esperaba: una chispa de posesividad bruta, de celos mal disfrazados de autoridad.
—¿Estás bien? —preguntó Steve. Su voz era baja, tensa, como el gruñido de un animal que defiende su territorio.
Elena levantó la barbilla, negándose a mostrarse débil ante él después de haberla ignorado toda la noche.
—Sí. Gracias a Marcus. Él sí parece saber cómo tratar a una mujer.
Steve apretó tanto la mandíbula que Elena creyó escuchar el crujir del hueso. La miró con una advertencia clara, una que decía que pagaría por ese comentario más tarde.
—Vámonos, Marcus. Ahora.
Steve no se despidió. No le preguntó si necesitaba que la acompañaran al coche. Simplemente se dio la vuelta y regresó al bar con su hermano, dejándola sola en el pasillo oscuro.
Elena salió de El Horizonte con el corazón martilleando contra sus costillas. El aire frío de la noche no logró enfriar el incendio que sentía por dentro. Subió a su coche y se quedó mirando sus propias manos en el volante. Estaba furiosa con Steve por su arrogancia, estaba herida por las mujeres de su mesa, y estaba profundamente confundida.
¿Cómo sabía Marcus su nombre? ¿En qué momento Steve le había hablado de ella? La duda se le clavó en el pecho como un puñal. Mientras arrancaba el coche, Elena se dio cuenta de algo aterrador: ya no era solo la sombra de Steve la que la perseguía. Ahora había otra presencia, una sonrisa más amable pero igual de peligrosa, y una pregunta que no la dejaría dormir: ¿qué querían esos dos hermanos de una simple enfermera de pueblo?