Kotaro la observó retirarse hacia atrás y la vio encogerse cuando la cabecera detuvo su retirada. Ella parecía una venadita atrapada en los faros de un vehículo, pero esta vez ella no estaba huyendo. Él no la dejaría. Moviéndose hacia adelante, él puso una mano en cada lado de ella, aprisionándola contra la cabecera de la cama. – Kyoko, hay cosas ahí afuera en la noche de las que necesitas protección. Pero debes dejarme protegerte –, miró sus ojos destrozarse como vidrio. Él pudo ver que ella sabía la verdad pero se rehusaba a creerla. Kotaro la miró, buscando en su rostro y en sus ojos. ¿Qué tipo de dolor le causaría haciéndola admitir la verdad? Las pestañas oscuras de Kyoko estaban bajas… ensombreciendo sus ojos esmeraldas y él comprendió que ella se ocultaba de él en más de una forma

